Hades

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6. Bienvenida a mi mundo

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Bienvenida a mi mundo

Miré a mi alrededor, aterrorizada y temblando bajo mi delgado vestido de satén. No recordaba en absoluto cómo había llegado hasta allí. Tenía el cabello empapado de sudor y las mullidas alitas del disfraz habían desaparecido. Supuse que se me habrían caído durante la turbulenta carrera en la moto.

Nada en ese lugar me resultaba remotamente familiar. Me encontraba sola en un oscuro callejón de adoquines. Unos hilos de niebla se arremolinaban a mis pies y el ambiente estaba imbuido de un olor penetrante y extraño. Olía a algo podrido, como si el mismo aire estuviera muerto. Me pareció que me encontraba en una parte abandonada de alguna ciudad, porque se veía el turbio perfil de unos rascacielos y chapiteles a lo lejos. Pero no parecían reales, eran como los edificios de alguna fotografía desvaída y antigua, borrosos y sin ningún detalle. A mi alrededor solamente había unas paredes de ladrillo llenas de groseros grafitis. El cemento se había desprendido en algunos puntos y muchos de los agujeros habían sido tapados con papeles de periódico. Oí (o me pareció oír) el correteo de ratas detrás de ellas. Había contenedores repletos desperdigados por todas partes y los muros a ambos lados del callejón no tenían ninguna abertura excepto en dos casos: dos ventanas que habían sido tapiadas con tablones de madera. Levanté la cabeza y no vi el cielo, solamente una inquietante extensión de oscuridad, pálida en algunas partes y densa como el alquitrán en otras. Era una oscuridad que parecía respirar como un ser vivo, mucho más que la simple ausencia de luz.

Una farola antigua que emitía un resplandor lechoso me permitió distinguir una motocicleta negra que se encontraba solamente a unos metros de mí. No se veía al motorista por ninguna parte. Al verla, todo a mi alrededor empezó a darme vueltas y tuve que hacer un esfuerzo por concentrarme en la situación en que me encontraba. Quería comprender qué había sucedido, pero la memoria me fallaba. Recordaba retazos de imágenes que no formaban ninguna secuencia coherente: una casa desvencijada al lado de una carretera, una sonriente calavera de calabaza iluminada por dentro, las risas y las bromas de unos adolescentes, el áspero rugido de un motor y alguien que me llamaba por mi nombre. Pero eran como las imágenes de un rompecabezas que se empieza a recomponer. Era como si mi propia mente me prohibiera tener acceso a unos recuerdos que me resultarían imposibles de soportar. Solamente podía darles caza en unos fragmentos que no significaban nada. De repente, una vívida imagen pareció cruzar la barrera de la memoria y no pude reprimir un grito ahogado: me encontraba de nuevo arriba, paralizada por el miedo, mientras una moto conducida por un chico de cabello negro se precipitaba temerariamente a través de una grieta abierta del suelo. ¿Cómo era eso posible?

Me pareció que llevaba mucho tiempo en ese callejón desierto, aunque no hubiera podido decir cuánto. Mis pensamientos eran lentos y espesos, me resultaba arduo navegar entre ellos. Me apreté las sienes y se me escapó un gemido. Fuera lo que fuese lo que hubiera pasado, notaba las consecuencias incluso físicamente: las piernas me temblaban como si acabara de correr una maratón.

—Hacen falta un par de días para acostumbrarse —oí que decía una voz dulzona.

Jake Thorn apareció por entre las sombras y vino a mi lado. Me hablaba con familiaridad, como si él y yo nos conociéramos tanto que toda formalidad fuera superflua. Su repentina presencia me puso alerta.

—Mientras tanto, es posible que notes cierta desorientación y la garganta seca —añadió.

Su actitud despreocupada resultaba asombrosa. A pesar de mi confusión, deseé gritarle; lo habría hecho si no hubiera sentido la garganta tan reseca.

—¿Qué has hecho? —conseguí decir con voz ronca—. ¿Dónde estoy?

—No tienes por qué alarmarte —contestó.

Pensé que intentaba mostrarse tranquilizador sin conseguirlo y que por eso su tono resultaba condescendiente. Lo miré sin hacer ningún esfuerzo por ocultar mi escepticismo.

—Relájate, Beth, no corres ningún peligro.

—¿Qué hago aquí, Jake? —fue más una orden que una pregunta.

—¿Es que no es evidente? Eres mi invitada, Beth, y voy a encargarme de todo para que tu estancia aquí sea placentera.

Su mirada tenía una expresión inesperadamente ansiosa, y por un momento no supe qué contestar. Lo miré con los ojos muy abiertos.

—No te preocupes, Beth. Este lugar puede ser muy divertido si estás con las personas adecuadas.

Casi como confirmando esa afirmación, la tierra empezó a vibrar bajo nuestros pies y una canción que recordaba del verano anterior resonó en las paredes. Parecía venir de detrás de unas sólidas puertas de acero que había al final del callejón. Tenían el aspecto de ser la entrada a una prisión de máxima seguridad. Pero no se trataba de una cárcel: un cartel de neón que parpadeaba sobre las puertas indicaba que era una especie de local llamado ORGULLO. La palabra se desplazaba a lo largo de la fachada por encima de unas plumas de pavo real.

—Orgullo es uno de nuestros clubs más populares —explicó Jake—. Y es la única manera de entrar. ¿Vamos?

Con un ademán cortés me indicó que caminara delante de él, pero mis piernas parecían haber echado raíces en el suelo y se negaban a cooperar. Jake tuvo que tomarme del brazo y llevarme hasta allí.

La niebla se despejó y un hombre y una mujer aparecieron, de pie, delante de las puertas. La mujer era pálida y delgada como un insecto, vestía solamente unos pantalones cortos negros con lentejuelas y un sujetador de piel, y calzaba unos zapatos que tenían la plataforma más grande que yo había visto nunca. Unas finas cadenitas plateadas y colgadas de unos ganchitos plateados en el sujetador le llegaban hasta el ombligo formando una cortina que le cubría el torso. Llevaba el pelo rubio platino, muy corto. Entre los labios sujetaba un cigarrillo. Me sorprendió ver que el aspecto del hombre era incluso más elaborado que el de su compañera: en los ojos se había dibujado una raya que los destacaba con fuerza, llevaba las uñas pintadas de color negro, se cubría el pecho desnudo con un chaleco de cuero y los pantalones, de cuadros, se le estrechaban en los tobillos. Llevaba piercings en todas las partes del cuerpo que quedaban a la vista. La mujer se pasó la lengua, que lucía una bolita plateada, por los labios con expresión lasciva. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una mirada hambrienta.

—Vaya, vaya —susurró cuando nos acercamos a la entrada—. Mira lo que ha cazado el gatito. Si es una muñequita reluciente.

—Buenas noches, Larissa… Elliott.

El saludo de Jake fue recibido con una inclinación de cabeza de ambos. El hombre sonrió y miró a Jake con aprobación.

—Parece que alguien se ha llevado algo que no le pertenece. Jake esbozó una sonrisa satisfecha.

—Ah, sí que me pertenece.

—Bueno, está claro que ahora sí.

La chica soltó una carcajada grave y gutural. Se había pintado los ojos con una línea que se curvaba hacia arriba y le confería una expresión felina en la mirada.

Esa manera de hablar de mí como si yo no estuviera presente me resultó inquietante. Me hacía sentir como si fuera una especie de trofeo. Si no me hubiera sentido tan desorientada, me habría quejado. Pero solamente fui capaz de preguntar una cosa, y lo hice con una voz que me sonó infantil y desamparada:

—¿Quiénes sois?

El chico chasqueó la lengua con desaprobación.

—Es evidente que no sale mucho.

—¡Eso no es asunto tuyo! —repliqué.

Los dos estallaron en carcajadas.

—Además es divertida —comentó la mujer. Ambos bajaron la cabeza hacia mí y me estudiaron con una concentración enervante—. ¿Qué más sabe hacer?

—Oh, lo típico —contesté, cortante y enojada—: volteretas hacia atrás, lanzamiento de cuchillo, ese tipo de cosas.

Jake suspiró, repentinamente aburrido.

—¿Podemos pasar a otra cosa, por favor?

La mujer asintió con un encogimiento de hombros y se agachó un poco para mirarme directamente a los ojos:

—¿Quieres saber quiénes somos, muñequita? —preguntó—. Somos los perros de la puerta.

—¿Disculpa? —Me había quedado perpleja.

—Vigilamos las puertas. Nadie puede entrar ni salir sin nuestro visto bueno.

—Pero como sois unos VIP —el hombre hizo un ademán hacia ambos lados de su cuerpo—, podéis entrar directamente, ¿o debería decir «bajar»?

—¿Y si no quiero hacerlo? —repuse, desafiante.

El hombre arqueó una ceja con expresión burlona e hizo un gesto con la mano indicando el callejón.

—Cariño, ¿es que ves algún otro sitio adónde ir?

Tuve que admitir que tenía razón. En el callejón no había nada más que una negrura opresiva y mareante capaz de devorar a cualquiera. Solamente había una puerta, una dirección que tomar. Aunque la sola idea de atravesarla me intranquilizaba, sabía que no podía ser tan peligroso como caminar por esa oscuridad a solas. No sabía quién o qué podía encontrar por allí. Todavía no sabía dónde me encontraba. Sentí el aliento caliente de Jake en la oreja.

—No pasa nada —murmuró—. Yo te protejo.

Me resultaba extraña la manera en que todos ellos esperaban que tomase una decisión. Como si de verdad tuviera alternativa.

Hinché el pecho y di un paso hacia delante con fingido atrevimiento.

La mujer sonrió ampliamente mostrando todos sus dientes. Me tomó la muñeca y me hizo girar el brazo hacia arriba. Su contacto era frío, como el de una garra, pero mantuve la calma. Me sujetó la muñeca hacia arriba mientras Elliott apretaba algo en la parte interna de mi brazo. Creí que me iba a doler, pero me di cuenta de que solamente me había hecho una marca con tinta en la piel. Era el sello de admisión al local, un dibujo de un rostro sonriente.

La chica apretó un botón y las pesadas puertas se abrieron. Jake me cedió el paso hacia un enorme vestíbulo enmoquetado del cual partían un sinfín de retorcidos tramos de escaleras que se perdían en todas direcciones, como en un laberinto. No tuve tiempo de inspeccionarlo más a fondo, pues Jake me empujó rápidamente hacia la escalera central. A medida que descendíamos bajo el suelo, el volumen de la música se iba haciendo más fuerte. Al final era tan sobrecogedor que eché un vistazo hacia atrás, en dirección a las puertas abiertas. La chica pareció leerme la mente.

—Demasiado tarde para cambiar de opinión, cariño —dijo—. Bienvenida a nuestro mundo.

Y cerró las puertas a nuestras espaldas.

Continué bajando las estrechas escaleras detrás de Jake hasta que llegamos a una gran pista de baile en la cual se apiñaban multitud de cuerpos. Los puños se elevaban en el aire y las cabezas se agitaban siguiendo el ritmo de la música. El suelo de la pista era un ajedrez de luces que se encendían y se apagaban. Me sorprendió ver que había personas de todas las edades: los miembros delgados y cubiertos con vestimentas de cuero de los mayores suponían un potente contraste al lado de la descubierta piel de los jóvenes. Y mi asombro aumentó al ver que allí también había niños: les habían asignado la tarea de limpiar las mesas y servir las bebidas. Lo único que tenían todos en común —tanto los jóvenes como los viejos— era la expresión vacía del rostro. Parecía que su presencia fuera solo física y que una parte vital de ellos hubiera sido borrada. Semejaban sonámbulos sometidos a ese baile mecánico que solo interrumpían para tomar otro trago de alcohol. Ocasionalmente, bajo esas caras como máscaras, advertí unos ojos inquietos o un tic nervioso, como si algo nefasto estuviera a punto de suceder. La música que sonaba era una pieza hecha con ordenador que únicamente decía una frase: «Estoy en Miami, zorra». El suelo de cemento pulido se iluminaba bajo el parpadeo de las luces y formaba sombras sobre los cuerpos que no dejaban de moverse siguiendo el tiempo de la música. La mezcla del olor a tabaco, alcohol y perfume era abrumadora.

Yo nunca había entrado en un club, así que no podía compararlo con nada, pero este me parecía surrealista. El techo se encendía en una miríada de pequeñas luces y las paredes estaban tapizadas de terciopelo rojo: parecían sofás puestos en vertical. Por todo el perímetro de la sala había unos cubos blancos que servían como mesas, además de unos asientos bajos de terciopelo que se veían ajados por el uso. Unas lámparas de forma cónica resplandecían encima de las mesas, y la barra, que se curvaba a lo largo de uno de los laterales del club, reproducía la forma de la lava derramada. Allí, sentados en unos altos taburetes, unos impávidos guardas de seguridad vestidos con trajes negros sujetaban sus bebidas. Tras la barra, una mujer muy atractiva manejaba vasos y lanzaba botellas con una habilidad propia de una artista de circo. Una melena de rizados mechones que despedían destellos dorados le enmarcaba el rostro. Llevaba un vestido de color rojo muy ceñido y confeccionado como si un vendaje de ropa le rodeara el cuerpo, y unas tiras de tela dorada se le enroscaban en los brazos. Nos miró con gesto distraído y ni siquiera cuando alguien le pidió una copa cambió de actitud.

Jake y yo avanzamos lentamente por entre la masa de cuerpos en dirección a la barra. La gente se apartaba poco a poco para dejarnos paso. Sin dejar de bailar, sus ojos seguían todos nuestros movimientos. Incluso alguien alargó la mano para tocarme. Jake emitió un siseo amenazador y le lanzó una mirada asesina, y la curiosidad del mirón se desvaneció al instante. Al llegar a la barra, Jake saludó a la camarera con un formal gesto de cabeza y ella se lo devolvió con expresión de inseguridad.

—¿Qué querrás tomar? —me preguntó Jake. El volumen de la música le obligó a gritar para hacerse oír.

—No quiero beber nada. Solo quiero saber dónde estoy.

—Ya no estás en Kansas —dijo, como Dorothy en El mago de Oz. Jake se rio de su propio chiste.

De repente sentí la urgencia de hacer que me escuchara, de hacerle saber lo asustada que me sentía.

—Jake —insistí, agarrándolo del brazo—. No me gusta esto. Quiero marcharme. Por favor, llévame a casa.

Jake se quedó tan perplejo por el contacto de mi mano que pareció que le costaba contestar.

—Debes de estar muy cansada —dijo finalmente—. He sido poco considerado al no darme cuenta. Por supuesto, te llevaré a casa.

Hizo una señal a dos hombres de traje negro y gafas de sol que parecían unos armarios y que estaban de pie ante la barra. Era absurdo que llevaran gafas, puesto que estábamos casi a oscuras en un local subterráneo.

—Esta señorita es mi invitada. Llevadla al hotel Ambrosía —ordenó Jake—. Aseguraos de que llega sana y salva al piso ejecutivo, arriba de todo. La están esperando.

—Espera, y tú, ¿dónde vas? —pregunté.

Jake dirigió sus ardientes ojos hacia mí y sonrió, como disfrutando al ver que dependía de él.

—Tengo unos asuntos que atender. Pero no te preocupes, ellos se encargarán de todo. —Miró a los guardaespaldas—. Sus vidas dependen de ello.

Sin modificar la expresión impasible de su rostro los guardaespaldas asintieron brevemente con la cabeza. Al momento me encontré en medio de dos muros de músculos que me acompañaron fuera del club apartando sin miramientos a cualquiera que se acercara demasiado.

Al llegar al vestíbulo de la entrada miré por detrás de mis guardaespaldas y vi que el Orgullo solamente era uno de los varios clubes que, como catacumbas, reposaban bajo tierra. De las tenebrosas profundidades de una de las escaleras nos llegaron unos gemidos ahogados y por ella aparecieron casi de inmediato dos hombres con traje que arrastraban a una chica de aspecto desaliñado con el rostro surcado por las marcas de las lágrimas sobre el maquillaje. Llevaba un corsé con blondas y una falda de algodón que ni siquiera le cubría la parte alta de los muslos. Se debatía por soltarse de los dos hombres sin conseguirlo. Sus ojos tropezaron con los míos y me di cuenta del terror que sentía. De forma instintiva di un paso hacia delante para ayudarla, pero uno de mis guardaespaldas me lo impidió.

Me sacudí sus manos de encima y, en un intento por mostrar desenfado, imité la forma de hablar de las chicas de la escuela:

—Qué mal rollo, ¿no? —Pensé que cuanto más alarmada me mostrara, menos información me darían.

—Por su aspecto, diría que la suerte la ha abandonado —contestó uno de los guardaespaldas.

El otro acababa de marcar un número en el móvil y estaba comunicando nuestra localización a una persona al otro extremo de la línea.

—¿Suerte? —pregunté, repitiendo la palabra.

—En la sala de juego —contestó él, como si fuera algo evidente.

—¿Adónde se la llevan?

Esta vez el guardaespaldas se limitó a menear la cabeza, como si no pudiera creer mi ignorancia, y me acompañó hasta un coche grande de ventanillas ahumadas que acababa de aparcar ante la puerta del club. Era extraño ver un coche allí dentro, pero me di cuenta de que los túneles subterráneos eran lo bastante anchos para que dos coches pudieran pasar a la vez, así que se utilizaban como calles. Me abrieron la puerta trasera y los guardaespaldas se sentaron cada uno a mi lado, de tal forma que quedé hundida entre sus dos voluminosos cuerpos. Sus ropas desprendían un fuerte olor a tabaco.

El coche avanzó un buen rato por el sinuoso túnel que parecía abrirse en espiral hacia ninguna parte. De vez en cuando algunos juerguistas se apartaban al vernos llegar. Cuando nos hubimos alejado de la zona de los clubes, la gente con que nos cruzábamos no parecía estar de fiesta: vagaban sin rumbo, con los ojos vacíos y los rostros inexpresivos, como muertos vivientes. Al fijarme en ellos, me di cuenta de que su piel tenía un tono grisáceo.

Finalmente, al otro extremo de un túnel que bajaba en marcada pendiente nos encontramos con un altísimo edificio que había sido, quizá, blanco, pero que ahora mostraba un tono apergaminado. Debía de tener, por lo menos, veinte pisos de altura. Su estilo era clásico, con unas molduras que adornaban la parte superior de las ventanas.

Entramos por una puerta giratoria a un amplio y opulento vestíbulo. El hotel estaba construido de tal forma que los distintos pisos y las habitaciones daban al hall desde todos los ángulos, así que la impresión era la de encontrarse en un laberinto. El vestíbulo estaba presidido por una cortina de luces doradas que colgaban desde el techo hasta el suelo, pasando por detrás de una fuente de mármol que se encontraba en el centro y que estaba decorada con ninfas y cupidos retozando en el agua. Al lado de la mesa de recepción estaba el ascensor, una gigante caja transparente con forma de cápsula. El personal del hotel vestía pulcros uniformes y se movía con aire muy ocupado en comparación con el abandono que imperaba en los clubes.

Cuando entré, todos se quedaron inmóviles y me miraron como buitres durante un instante; luego regresaron a sus quehaceres. A pesar de que su aspecto era en apariencia normal, percibí que sus miradas tenían algo salvaje, algo que me hacía sentir incómoda. Me alegraba de estar escoltada por esos dos fornidos guardaespaldas: no me hubiera gustado encontrarme allí en medio sola.

—Bienvenida al Ambrosía —me dijo una mujer desde detrás de la mesa de recepción en un tono alegre y despreocupado. Con su traje chaqueta y el moño con que se recogía el cabello rubio hubiera sido la viva imagen de la eficiencia de no ser por su fija mirada de tiburón—. La estábamos esperando. Sus habitaciones están listas. —Una mirada penetrante desmentía el tono de desenfado con que hablaba mientras sus dedos, de manicura impecable, bailaban sobre un teclado con un sonido suave y metálico—. Le hemos reservado el ático.

—Gracias —dije—. Es un bonito hotel. ¿Le importaría decirme dónde estoy?

—¿Jake no se lo ha dicho? —preguntó la mujer olvidándose por un momento de su actitud de profesionalidad.

Miró a mis guardaespaldas con incredulidad, y estos se miraron con asombro, como diciendo que su trabajo consistía solamente en cumplir las órdenes. Empezaba a costarme contener el miedo que me atenazaba el estómago: parecía estar extendiéndose por todo mi cuerpo como una colonia de hongos.

—Bueno, querida —los ojos de la recepcionista brillaron, oscuros—, se encuentra usted en Hades. Siéntase como en su casa.

Deslizó una tarjeta de plástico por encima de la pulida mesa en dirección a mí.

—¿Perdón? —repuse—. ¿No querrá decir… no puede ser que…? —Se me cortó la voz.

Por supuesto, al instante supe lo que había querido decir. Gracias a mis clases sabía incluso que la traducción literal era «lo no visto». Pero mi cabeza se negaba a aceptar que fuera verdad. Hasta que no me lo dijeran en voz alta, no tendría que creerlo.

—También conocido como Infierno —añadió la recepcionista—. Pero que Jake no oiga que lo llama así. Él prefiere el nombre más clásico de Hades. Y ya sabe usted lo pedante que puede ser un príncipe demoníaco.

Solo pude comprender una parte de lo que decía, porque había dejado de escucharla. Las rodillas me temblaban. Lo último que vi fue a mis guardaespaldas precipitándose hacia mí y el suelo de mármol que se acercaba velozmente a mi cara.

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