Gloria

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El escritor Bubnov (que solía comentar con satisfacción cuantos nombres de literatos rusos distinguidos del siglo XX empezaban con la letra B) era un hombre rudo, de treinta años, con frente muy ancha, ojos húmedos y mentón cuadrado. Fumaba en pipa, ahondando notoriamente los carrillos en cada bocanada, usaba una vieja corbata de lazo negra, y consideraba a Martin un petimetre y un forastero. En cuanto a Martin, estaba muy entusiasmado con el modo de hablar enérgico y rotundo de Bubnov y con su fama plenamente justificada. Bubnov, cuya carrera literaria había comenzado en el exilio, había dado a luz tres excelentes novelas publicadas por un editor ruso emigré en Berlín, y ahora estaba escribiendo una cuarta. El héroe de esta era Cristóbal Colón, o, para ser más exactos, un escribano moscovita que, después de muchas correrías, había terminado de marinero en una de las caravelas de Colón. Bubnov no conocía otro idioma que el ruso, de modo que, cuando tenía que ir a la Biblioteca del Estado para hacer sus averiguaciones y Martin estaba libre, lo llevaba gustosamente consigo. Al ser mediocre el dominio que Martin tenía del alemán, se alegraba cuando algún texto estaba casualmente escrito en francés, inglés o, mejor aún, en italiano. A decir verdad conocía menos este idioma que el alemán, pero apreciaba particularmente su escaso conocimiento, recordando cómo acostumbraba a leer Dante con la melancólica ayuda de Teddy. El apartamento de Bubnov era frecuentado por todo el mundillo literario emigré: escritores de ficción, periodistas, jóvenes poetas con acné. Según Bubnov, toda aquella gente era de talento mediocre, y él reinaba entre ellos justamente, escuchando cada vez, con la mano puesta sobre los ojos, un nuevo poema de la nostalgia por la patria o evocaciones de San Petersburgo (con el Jinete de Bronce siempre presente) y diciendo luego, mientras descubría sus salientes cejas y se acariciaba el mentón: «Sí, es bueno». Después, enfocando sus pálidos ojos en algún punto fijo, repetía «Bueno» en un tono menos convencido, y, cambiando nuevamente la dirección de la mirada, agregaba: «No está mal», y luego: «Solo que, sabes, muestras un San Petersburgo muy portátil». Y así, decreciendo gradualmente la evaluación, llegaba al punto en que murmuraba en tono hueco, con un suspiro:

—Todo ese asunto está mal, es innecesario.

Y meneaba la cabeza decepcionado, después de lo cual, abruptamente, con vivo entusiasmo, tronaba al recitar un poema de Pushkin. Cierta vez, cuando un joven poeta se ofendió, aduciendo: «Ese es de Pushkin, y este es mío», Bubnov reflexionó un momento y respondió:

—Aun así, el tuyo es peor.

Después, nuevamente habría ocasiones en que algún recién llegado trajera una obra realmente buena, debido a lo cual Bubnov —en especial si la obra estaba escrita en prosa— se ensombrecía de un modo extraño y permanecía malhumorado durante varios días. La amistad de Bubnov con Martin, que nunca escribía nada (excepto cartas a su madre y por esto un chistoso lo llamaba «nuestra Madame de Sévigné»), era sincera y libre de recelos. Incluso hubo una noche en la que, relajado y transparente después de su tercera jarra de Pilsener, Bubnov empezó a hablar soñadoramente (y esto trajo a colación una fogata de campamento en las montañas de Crimea) de una muchacha cuya alma era una canción, cuyos oscuros ojos cantaban, cuya piel era pálida como una porcelana preciosa. Luego, con fiera mirada, agregó:

—¡Sí, esto está muy trillado, es nauseabundo, uf! Despréciame, si quieres. Puedo carecer de todo talento, pero estoy enamorado de ella. Su nombre es como el domo de una iglesia, como el susurro de las alas de las palomas. Veo una luz radiante en su nombre, esa luz especial, el

kanainum de los antiguos sabios del Khadir. Una luz de allá, de Oriente. Ah, ese es un gran misterio, un misterio pasmoso… —Bajando la voz a un suspiro demente, añadió—: El encanto de una mujer es una cosa terrible, comprendes, terrible. Y sus pequeñas y pobres chinelas están gastadas en los talones, sí, muy gastadas…

Martin se sentía incómodo y afirmaba en silencio con la cabeza. En compañía de Bubnov experimentaba siempre una extraña sensación, como si todo fuera un sueño, y en cierto modo no tenía plena fe en él ni en los ancianos del Khadir. Las otras amistades de Sonia, por ejemplo el alegre e ingenioso Kallistratov, un antiguo oficial que ahora estaba en el «negocio del transporte en automóvil», o la amena y rolliza muchacha Veretennikov, de piel muy pálida, que tocaba la guitarra y cantaba Hay un alto pico en el Volga con una rica voz de contralto, o el joven Iogolevich, un muchacho inteligente, viperino y taciturno, de gafas con armazón de asta, que había leído a Proust y a Joyce, eran de lejos menos complicados que Bubnov. Mezclados con estos amigos de Sonia estaban los viejos conocidos de sus padres, todos respetables, activistas políticos, gente de buen corazón, ampliamente merecedores de un obituario de cien impecables renglones. Pero cuando, en un día de julio, el viejo Iogolevich cayó a plomo en la acera, muerto de un paro cardíaco, y los periódicos emigres publicaron extenso material sobre la «pérdida irremplazable» y el «verdadero trabajador», y Mihail Platonovich Zilanov, impropiamente descubierto y con el portafolios bajo el brazo, caminó a la vanguardia del cortejo fúnebre entre las rosas y el mármol negro de las tumbas judías, Martin tuvo la impresión de que las palabras del escritor obituario, «ardía de amor por Rusia» o «siempre sostuvo en alto su pluma», excedían de algún modo al difunto, puesto que idénticas palabras hubieran sido igualmente aplicables tanto a Zilanov como al venerable necrólogo mismo. Más que nada, Martin echaba de menos la originalidad del difunto, que era verdaderamente irremplazable: sus gestos, su barba, sus majestuosas arrugas, su repentina sonrisa tímida, el botón de la chaqueta colgado de un hilo, y su modo de humedecer un sello con toda la lengua antes de pegarlo en un sobre y golpearlo con el puño. En cierto sentido eso tenía mayor valor que los méritos sociales para los que existían esos pobres clisés tan fáciles, y en un inesperado cambio de pensamiento Martin juró para sí que nunca se uniría a ningún partido político ni concurriría a ningún mitin, que nunca sería el personaje al que «se le concede la palabra» o que «difiere las actuaciones», a la vez que se deleita con los goces de la virtud cívica. Y a menudo Martin se sorprendería de su propia incapacidad para mencionar sus largamente atesorados planes secretos a Zilanov o a los amigos de Zilanov o a cualquiera de aquellos laboriosos y prominentes rusos, tan llenos de desinteresado amor por su patria.

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