Fin

Fin


Nieves - Amparo - Ibáñez

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NIEVES - AMPARO - IBÁÑEZ

Amparo es una mujer menuda y nerviosa, con las caderas anchas; lleva el pelo muy corto y con sus canas naturales, enmarcando un rostro decidido, bronceado, con algunas arrugas muy marcadas. Nieves es alta, corpulenta, con un rostro dulce y el pelo liso, abundante, recogido con llamativas peinetas. Un fular vaporoso y algunos brillos de bisutería le dan a su atuendo, por lo demás sencillo, un aspecto un tanto artificioso, poco apropiado para la ocasión. En cuanto a Ibáñez, resalta a primera vista una cara ancha, redonda, hirsuta, de facciones toscas y mirada insignificante, oculta tras unas gafas pequeñas; sorprende oír su voz, una voz acicalada y redicha, neutra en su entonación, saliendo de esa cabeza de peón o de jotero. Por lo demás es de estatura media, sin nada remarcable en su cuerpo de natural recio, sin excesos de grasa ni de músculo.

Ibáñez, Nieves y Amparo trajinan alrededor de la gran mesa, en la sala vacía y desangelada del refugio, bajo la luz antipática de unos pocos fluorescentes que cuelgan de un techo muy alto. La mesa está recubierta con manteles de papel, y los tres están distribuyendo en la abundante vajilla de plástico los fiambres que desenvuelven de diversas bolsas y paquetes. También hay unas cuantas sillas y un pequeño equipo de música, una minicadena con sus altavoces, que descansa en el mostrador de obra que recorre una de las paredes, la misma que alberga la cocina y el fregadero. Por la puerta abierta y las dos ventanas diminutas, se cuela la oscuridad sin estrellas de la noche encapotada, y un aire cálido, bochornoso, poblado de olores de bosque.

—De verdad, cuando ésta me llamó… —dice Ibáñez interrumpiendo su actividad de distribuir las lonchas de jamón, finas y descoloridas, en los platos de plástico—, hacía muchos años que no hablábamos, y como tiene esa voz así… tan… tan fresca, tan juvenil, pues imagínate, descuelgo el teléfono y oigo una vocecita que dice: «Ibáñez… Hola Ibáñez… ¿sabes quién soy?».

Las dos mujeres sonríen al unísono mientras desempaquetan nuevas provisiones. Intentando imitar la voz de Nieves, Ibáñez ha sugerido más bien el zafio reclamo erótico de un travestido.

—En lo último que pensé yo fue en Nieves —continúa Ibáñez— o en la pandilla, o en… más bien se me vino a la cabeza una imagen brumosa, y también turbia, por qué no decirlo; un ambiente de colegio de señoritas, ya sabéis: faldas escocesas y calcetines hasta las rodillas, y batallas de almohadas en el dormitorio colectivo. Y ésta, dale que te pego, que si «¿de verdad no sabes quién soy?», que si «eres un chico malo»… En fin, que me asaltó una loca esperanza. «¿Por qué no? —pensé yo—. ¿Por qué no se va a hacer justicia por una vez en la vida? ¿Por qué no va a existir una extraña institución, una sociedad secreta, una sucursal subversiva de la academia sueca dedicada a premiar a oscuros intelectuales, a anónimos eruditos todavía no descubiertos… a premiarlos con una visita de las musas, pero las de verdad, las que usan ropa interior de marca y no esas horribles túnicas…?». En fin, la verdad es que el nombre de Nieves me dejó bastante helado cuando por fin llegó a mis oídos. Lo siento chica, sólo fue unos segundos, pero… me sentí como el bebé esquimal al que han desnudado y arrojado a la nieve, digo, a las nieves. Entiéndeme… fue la decepción al ver que no se trataba de ningún reconocimiento a mi densa obra literaria, todavía no publicada… en realidad todavía no escrita.

Las dos mujeres han oído la parrafada sin dejar de operar sobre los platos, sin mirar ni tan siquiera a su interlocutor, sonriendo discretamente en algunos momentos o meneando la cabeza con desaprobación en otros, como quien ya conoce sobradamente las bravatas del personaje y es incapaz de tomárselas en serio.

—¡Tú! ¡Que se te van a caer las lonchas! —grita de pronto Amparo mirando a Ibáñez—. No sé de qué te ha servido leer tantos libros, si aún no has aprendido a hablar y repartir jamón al mismo tiempo.

—La fluidez verbal es una cualidad esencialmente femenina —replica Ibáñez—. Ocupáis un estrato de la actividad neuronal que… es como un piloto automático, una actividad que no impide…

—¡Eh! —replica Amparo—, que las mujeres somos iguales que los hombres, ¿vale? Lo dicen los del gobierno.

—Iguales no: superiores, sin duda alguna. En un mundo en el que no se necesita cazar ni aporrear a los enemigos… la capacidad operativa de la mujer…

—¡Qué sabes tú de mujeres!

Ibáñez replica pausadamente, sin ofenderse; da la impresión de que Amparo y él están desarrollando una dialéctica largas veces repetida.

—Tengo el conocimiento que me da la distancia, el mantenerme al margen y observar a las mujeres…

—Ya, como un baboso… «faldas escocesas». ¡Habráse visto… a los cincuenta años!

—Cuarenta y nueve, si no te importa. De todas formas… como dijo el filósofo: nunca es tarde si la picha es buena.

Nieves y Amparo interrumpen, ahora sí, el trabajo, y se ríen de verdad, con verdaderas ganas, y los frágiles platos de plástico que sostienen en las manos se agitan al ritmo de sus carcajadas, amenazando con volcar su carga.

—Es curioso… —dice Ibáñez, que ha observado con flemática dignidad la reacción que produjo su chiste—, no hace ni una hora que estamos juntos, después de tantos años, y ya estamos repitiendo los roles, los papeles que nos adjudicamos hace un cuarto de siglo, probablemente en el primer cuarto de hora, en el primer minuto de conocernos.

—Eso es verdad… sólo hasta cierto punto —dice Nieves—. Y si no a ver: cuando íbamos con la pandilla, ¿quiénes eran los que llegaban siempre antes que nadie, allí en el casino, cuando quedábamos por la tarde…?

—Ginés y Hugo —responde Amparo sin vacilar—, preparándonos el programa para la noche.

—Exacto —dice Nieves—. Y ahora, ¿quién está aquí preparando la fiesta, esperando que lleguen los demás? Pues los tres «separatas».

—Soltero y sin compromiso —puntualiza Ibáñez—, soy el único que se ha mantenido fiel al celibato.

—Perdona… es verdad —dice Nieves—, ya te metía en el mismo saco…

—Es verdad —dice Amparo en actitud reflexiva—, ninguno de los emparejados se ha presentado todavía.

—Pero… eso son circunstancias coyunturales —protesta Ibáñez—, son cosas que afectan a la proyección social del individuo, pero… en lo esencial, ante las grandes cuestiones, estamos siempre solos; y en cuanto a la personalidad… la personalidad se forma en la primera infancia, y con la herencia genética, por supuesto; a partir de ahí ya está todo decidido. Ya estás diseñado para el resto de tu vida.

—Cada cual cuenta la feria según le va —dice Nieves—. ¿Tú crees que una experiencia muy fuerte, una desgracia o algo así, no cambia la manera de pensar de una persona?

—La manera de pensar sí, la visión que tienes del mundo; pero los impulsos que te mueven…

—Pues yo te puedo asegurar que ahora soy mucho menos ingenua que antes —dice Amparo—. ¡Vamos! Ningún desgraciado volverá a joderme la vida. Eso lo saben los chinos.

—A propósito de joder la vida… —dice Ibáñez—. El Profeta…

—Andrés —corrige Nieves.

—Andrés tampoco ha llegado. Será que está casado y con un montón de hijos.

—Yo no creo que venga —dice Amparo.

—Nuestro amigo Andrés vendrá —dice Nieves, súbitamente seria, remarcando cada palabra—, me prometió que vendría y sé que cumplirá su palabra. Cada cual que haga lo que quiera, pero yo pienso aprovechar para pedirle perdón.

—Eso ya lo podrías haber hecho por teléfono —dice Ibáñez.

—No he hablado con él por teléfono.

—¿Entonces cómo…?

—No conseguí pillarlo en casa, pero… en el contestador daba una dirección electrónica; todo lo que he hablado con él ha sido vía ordenador.

—¿Y no sabes nada… nada de él? ¿No sabes cómo está, ni en qué trabaja, ni…?

—No. No sé nada de eso. Sé que vendrá, y algo me dice que nos quiere demostrar que nos perdona, que… que no nos guarda rencor.

—¡Pobre chico! —dice Amparo—. Me encantaría que le hubiese ido bien y que…

—Vendrá, vendrá —dice Ibáñez con entonación jesuítica, convencionalmente sacerdotal— y nos traerá un obsequio, unas yemitas de Santa Teresa… convenientemente espolvoreadas con cianuro.

—Eso es lo que no me gusta de ti —dice Nieves—, que no seas capaz de hablar en serio; nunca; ni de las cosas más…

—¿Sagradas? —propone Ibáñez aprovechando la indecisión léxica de Nieves—. Tratándose del Profeta…

—¡Muy gracioso!

—¡Ay, vale ya! —ataja Amparo con voz estridente—. ¡Si os vais a poner a discutir yo me largo! No quiero discutir más, nunca más, en la vida… ni tampoco aguantar discusiones ajenas.

—¡Claro que sí! —dice Ibáñez—. Es lo que nos hacía falta: alguien con voz de mando. De verdad, lo digo en serio; un poco de disciplina castrense nos vendrá…

—Anda —le interrumpe Nieves—, vuelve a poner el disco… que esta sala tan grande, así, sin música… Ya acabaremos nosotras con esto.

Ibáñez deja inmediatamente el plato encima de la mesa, y arranca en dirección al equipo de música; pero a los dos o tres pasos se detiene y dice:

—¿De verdad queréis oírlo otra vez?… A mí ya me empalaga un poco tanta nostalgia. Y que conste que me gustó, ¿eh?, me gustó escuchar de nuevo todas esas canciones… después de tantos años, pero… montar una fiesta con un solo disco…

—Ya te dije que Maribel y Rafa quedaron en traer la música.

—¡Cielos! —dice Ibáñez exagerando el acto de tragar saliva—, ¿precisamente ellos? En el último cuarto de siglo se ha consolidado la democracia, ha aparecido masivamente la inmigración, el cambio climático, el calentamiento global, ha caído el muro de Berlín, cambiando radicalmente la política de bloques… pero dudo que nuestra feliz pareja haya mejorado sus gustos musicales, o estéticos en general.

—No le hagas caso, Nieves —dice Amparo—, fue una gran idea, lo del disco; es un regalo precioso, a mí me emocionó. ¡Y lo que te debe de haber costado…!

—Lo que valen los ocho cedés. La música me la bajé…

—Eso ya lo sé, mujer —dice Amparo—, me refería al trabajo de buscar, y lo de la foto y… y además que te acordaras de todos, de lo que le gustaba a cada uno.

—La verdad es que en algún caso no me acordaba, no estaba segura: con Hugo, por ejemplo… me quedé en blanco, me salía lo de Ginés, lo de Pink Floyd. Pero se lo…

Nieves vacila un momento antes de continuar.

—… quiero decir… que investigué por ahí, y al final lo saqué. Da igual —dice a continuación dirigiéndose a Ibáñez—, no pongas el disco si no quieres. La verdad es que después tendremos que escucharlo unas cuantas veces más, cuando estén todos.

—Entonces, ¿qué hago? Supongo que vuestro concepto stajanovista del trabajo me impedirá dedicarme a la simple meditación. Está visto que queréis convertir esta fiesta, todo el refugio, en una especie de koljós en el que se trabaja de sol a sol para el politburó de la nostalgia.

—Sal un momento al patio, a ver si se ha abierto algún claro…

—Eso —dice Amparo—, tráenos el parte meteorológico.

—A mí me da miedo —dice Nieves— salir ahí fuera sola con lo oscuro que está… cuando era joven tenía menos miedo.

Nieves ha hablado dirigiéndose a Amparo, en tono confidencial, pero no tan bajo que no le haya oído Ibáñez.

—No os preocupéis —dice éste a punto de franquear la puerta—, en ausencia de los machos reproductores, bien puedo hacer yo de macho alfa, y salir a la selva a enfrentarme a pecho descubierto con los animales salvajes.

Tragado por la puerta y por la oscuridad, Ibáñez desaparece de la vista de las mujeres. Amparo, de espaldas a él, no parece haber prestado la menor atención a sus palabras.

—Es verdad —dice Amparo—, ha oscurecido muy pronto, ¿no?

—Es por esas malditas nubes que se han puesto encima… ¡y no corre ni una brizna de aire! Demasiado bien iba todo: que cayera en sábado, y además la luna.

—¿Qué pasa con la luna?

—Hoy no hay luna, es luna nueva… ¿No lo entiendes? Para ver mejor las estrellas; si está la luna en medio no se ven tan bien.

—Lo que tendríamos que haber hecho es venir a media tarde —dice Amparo, desarrollando su propio proceso mental—, como hacíamos antes, pero claro… ahora todo el mundo va de culo, todo el mundo tiene algo que hacer.

—Y lo que ha costado que todos se reservaran esta noche. Aún podemos dar gracias.

—Pues a mí no es que me faltara trabajo, la verdad —dice Amparo—. Estamos haciendo limpieza estos días, mi compañera de piso y yo, cambiando los muebles, tirando todo lo viejo…

—¿También es separada?

—¿Ana? ¡Cómo lo sabes! Por eso nos entendemos tan bien; nos hemos asociado: mujeres independientes que no necesitan hombres. Llevamos la casa entre las dos, nos hacemos compañía, que vivir sola del todo tampoco es bueno; en realidad… por horarios coincidimos poco pero, eso sí, cenamos siempre en casa; y luego, de noche, sabes que hay alguien durmiendo en la habitación de al lado, que siempre ayuda.

—¿No tiene hijos?

—Sus hijos ya están casados, o juntados. No es mucho mayor que yo, pero… se casó muy joven.

—Oye, y ahora que lo pienso, ¿por qué no la has traído, a tu amiga?

—¡Sí, hombre! ¡Para que todos se piensen que soy tortillera! Los tíos son muy babosos, y en cuanto se enteran de que hay dos mujeres que viven juntas, pues ya les han colgado el sambenito. Y lo que pasa es que les jode que las mujeres puedan prescindir de ellos, que puedan vivir sin necesitar la «protección» de un hombre.

—Sí, sé lo que es eso —dice Nieves.

—Pues si lo sabes, no hace falta que te explique nada.

—No, desde luego… yo también he tenido que…

Nieves se ha callado al ver que Ibáñez reaparecía por la puerta.

—¿Qué? ¿Cómo está la cosa? —le dice Nieves—. ¿Se ve algún claro?

—Nada. No hay más que nubes.

—¿Y para eso has tardado tanto? —dice Amparo.

—Me he encontrado con unos excursionistas.

—¿Unos excursionistas? —dice Amparo con estridente incredulidad—, ¿a estas horas?

—Sí, iban muy bien equipados, con frontales…

—¿Qué es eso?

—Unas linternas que van en las frente… como los mineros. Les invité a la fiesta, pero me dijeron que se iban a acampar abajo, al lado del río, y que querían levantarse temprano, para escalar…

—Ah… eran escaladores —dice Nieves.

—Obviamente. Llevaban mucha cuerda, y un montón de ferralla de aluminio, todo de colorines, y unas mallas.

—Es peligroso acampar al lado de un río —observa Amparo ensimismada, con gesto de preocupación.

—Esa afirmación… —dice Ibáñez— tendrás que matizarla. La historia de la humanidad se basa en asentamientos «al lado de un río».

—¡Es por las inundaciones, idiota! Perdón… —se corrige Amparo, suavizando el tono—, es por las crecidas, ¿no te acuerdas de lo de aquel camping? Fue una desgracia… murieron todos ahogados, bueno… casi todos.

—Este año ya llovió todo lo que tenía que llover —dice Nieves en actitud conciliadora—, ahora hace dos meses que estamos así: las nubes pasan por encima… pero no dejan agua.

—Bueno… —dice Ibáñez consultando su reloj de pulsera—, a ver si por fin aparece alguien. No nos vendrá mal diversificar un poco los puntos de vista…

—Les dije que a las nueve —dice Nieves—, y ya son casi las diez.

—Casi menos cuarto —corrige Ibáñez.

—No contaban con lo del último kilómetro a pie —dice Amparo.

—No es un kilómetro —protesta Nieves—, no llega ni a medio.

—A mí se me hizo una eternidad —dice Amparo—, cargando con los trastos. No sé por qué han tenido que cerrar el camino, con lo cómodo que era antes llegar con el coche…

—Sí, y aparcarlo dentro del claustro, como hacíamos nosotros —dice Nieves—, rozando las columnas al entrar… La verdad es que nos pasábamos. Estas piedras tienen historia.

—Es la gran paradoja de las democracias evolucionadas —dice Ibáñez—. Para preservar los derechos de la comunidad… cada vez se prohíben más cosas a los particulares. No fumes, no bebas, no vayas a más de ochenta…

—¿A ti no te parece bien —dice Nieves— que le hagan bajar del coche a un tipo que está borracho perdido, y que va por ahí como un loco, poniendo en peligro a los demás?

—Yo sólo insinúo que el Estado se excede un poco en su celo por proteger mi vida. A base de tratarnos como a unos seres inmaduros, incapaces de decidir por nosotros mismos, tal vez conseguirá que lo acabemos siendo. A lo mejor es eso lo que le interesa.

—¿Y qué necesidad tienes tú de ir a doscientos? —dice Amparo.

—Yo, ninguna —dice Ibáñez—, lo que me da miedo es que ese celo paternalista, ese decidir por ti lo que es malo y lo que es bueno, se extienda a otros aspectos más ideológicos…

—Aznar también dijo lo mismo —le interrumpe Amparo—, dijo que por qué no podía él tomarse unas copas y conducir a la velocidad que le diese la gana.

Ibáñez vacila antes de replicar. Parece que va a decir algo, pero sigue mudo, mientras un tinte rojizo le sube a las mejillas.

—¿No decías que no te gustaba discutir? —dice finalmente—, ¿o tratándose de teoría política sí que tienes argumentos?

—Si al menos les pudiera llamar al móvil —dice Nieves elevando la voz, en un ostensible esfuerzo por cambiar de tema—, pero aquí no hay manera.

—Pero saben a qué hora tienen que venir, ¿no? —dice Ibáñez.

—Claro que lo saben. Se lo dije bien claro, y además… esta misma tarde hablé con Maribel, y ya lo estaba preparando todo. Vamos, que se le notaba ilusionada.

—Ya aparecerán, mujer —dice Ibáñez—. Ahora, eso sí… espero que traigan alguna linterna, porque afuera está muy oscuro.

—Pues yo estoy nerviosa —dice Amparo—, me da no sé que volver a verlos, después de tantos años… a algunos no los he visto desde entonces.

—¿Y te crees que yo no estoy nerviosa?

—Todos lo estamos —dice Ibáñez—, pero no me neguéis que en esa… en esa inquietud también hay mucho de curiosidad, una curiosidad malsana por descubrir los estragos que ha hecho la edad, la degradación física y moral a la que ha llegado cada uno.

—Para degradado tú —dice Amparo—, que tienes una mala uva…

—Es verdad —dice Nieves—, habla por ti y no nos incluyas a nosotras. A mí me encantaría ver que todos son muy felices.

—Bueno —dice Ibáñez—. Con los coches allí arriba perderemos una de las ocasiones de envilecimiento. El primer indicador de estatus quedará definitivamente pospuesto. Los varones del grupo no podrán reunirse en torno a un capó levantado, ni palpar ningún volante ajeno, ni dar pataditas en las ruedas, como se hace habitualmente en estos casos. Mañana ya no… después de haber convivido unas horas ya no será lo mismo.

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