Fetish

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Capítulo 58

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Capítulo 58

Poco más de una hora después de la llamada telefónica, Andy Flynn estaba frente al ruinoso edificio de apartamentos de tres pisos en Redfern donde había vivido Ed Brown con su madre, impedida, durante toda su vida de adulto. Entre los ladrillos asomaban hierbas y plantas silvestres muertas. Los vidrios de unas cuantas ventanas estaban sujetos con cinta aislante. Toda la estructura parecía ligeramente vencida hacia un lado; hacia el lado donde estaba el apartamento número dieciocho.

Había una operación de búsqueda y captura en marcha. Habían sido alertados todos los policías de patrulla, todos los hospitales y todos los puntos de salida de la ciudad. Un helicóptero de búsqueda acababa de alzar el vuelo. Ed Brown se había dado a la fuga. Por fin habían puesto rostro al asesino del zapato de tacón.

Pero Andy sabía que no era suficiente.

Si él hubiera estado en el caso, ¿habrían llegado a esta situación? Si hubiese seguido vigilando a Makedde, ¿habría sucedido esto? ¿Estaría plantado frente al piso del asesino con horas de retraso?

El apartamento de Makedde no había revelado nada. La agencia de modelos Book había confirmado que no había asistido a ninguna sesión ni entrevista, que ellos supieran, desde que había terminado el trabajo para ELLE esa misma mañana. No se la podía dar por desaparecida hasta que pasaran veintitrés horas más, pero nadie sabía dónde estaba.

- El lugar ya está atestado de polis -dijo Jimmy interrumpiendo los pensamientos de Andy, que reconoció a unos cuantos de los detectives que remolineaban por allí: acababan de llegar Hunt, Reed y Sampson. Seguían pareciendo un puñado de novatos.

Jimmy se pegó a Andy cuando entraron en el edificio y subieron por la escalera hasta el tercer piso. La madre de Ed era parapléjica. No había ascensor. Inmediatamente vieron a la señora Brown en el ajetreado pasillo del tercer piso. Estaba encajada en una vieja silla de ruedas, con gruesos michelines rebosando por todas partes. Agitaba sus brazos blancos y fofos y gritaba a un desafortunado joven agente que intentaba sin éxito tranquilizarla. Parecía inusualmente deteriorada para ser alguien que, según habían dicho a Andy, no había cumplido los cincuenta. Iba exageradamente cubierta de maquillaje, que llenaba de forma irregular los pliegues de su avejentada cara. Andy se fijó en los labios y uñas de un rojo chillón, y en el atrevido top que a duras penas conseguía contener sus grandes pechos llenos de estrías. Una manta cubría en parte los carnosos muñones de sus piernas amputadas. No llevaba bragas.

La señora Brown no parecía estar avergonzada por su estado de semidesnudez, ni especialmente triste o asustada por la cadena de sucesos; solo enfadada. Con voz irritantemente aguda, maldecía a gritos y profería espantosas amenazas. Un hombre barrigón, de pelo blanco y ralo y con una nariz como un tomate podrido, la sujetaba por un hombro con ademán protector. Era el conserje del edificio, un hombre casado llamado George Fowler, de sesenta y pico años largos. Flynn supuso que George debía de llevar su responsabilidad en el edificio hasta un nuevo nivel con la señora Brown, y se preguntó qué podría atraer a un hombre casado hacia una mujer tan autoritaria y poco atractiva. Quizás algún error de la Viagra.

Andy y su compañero los dejaron para entrar en el apartamento dieciocho y la madre de Ed comenzó a gritar otra vez.

- ¡Él no ha hecho nada!

Un especialista del departamento forense con guantes de goma y un equipo fotográfico pasó agachado bajo la cinta de la policía. Andy y Jimmy lo siguieron. El apartamento dieciocho era una apestosa suite de dos habitaciones y salón con cocina americana. El olor acre de humo y lúpulo emanaba de las paredes y los muebles. Andy contó cinco ceniceros llenos sólo en esa habitación. El lugar era una pocilga, con montones de revistas y periódicos polvorientos sobre todas las superficies de la sala. Había botellas por todas partes e incluso una barra de labios destapada que había dejado una mancha roja en la alfombra. Una torre de libros de segunda mano llegaba hasta los ojos de Andy; novelas baratas de amor y de intriga medio desencuadernadas. Dos sofás con las tripas al aire parecían estar pudriéndose.

En un instante, Andy pudo imaginar la vida de Ed, años de llevar a casa la compra para mamá: comidas congeladas, cerveza y medicinas. Bañarla, cambiarla, darle la vuelta en la cama. Su única privacidad estaba en su cuarto, con la puerta cerrada.

Sentado con ruin desinterés, un gato negro los miró cuando pasaron. Sus ojos amarillos relucían intensamente en la penumbra de la habitación. Jimmy vio el gato e hizo un gesto juguetón hacia él.

- Hola, Lucifer…

El gato le bufó y no lo alcanzó con un malintencionado zarpazo por muy poco.

Andy vio tres grandes barreños rebosantes de botellas vacías de cerveza y destilados. VB parecía ser la favorita, seguida de cerca por cualquier marca de vodka. Se preguntó si la casa de Cassandra podría haber llegado a oler tan mal después de los días que pasó allí borracho.

- Está bien que reciclen -murmuró al pasar.

- Skata! Me resulta familiar -dijo Jimmy señalando una gran foto enmarcada.

Era una antigua fotografía en blanco y negro de una mujer joven, e incluso con el espeso maquillaje y el peinado anticuado la semejanza era innegable.

«Makedde.»

En algún momento la señora Brown había sido guapa: pelo rubio, ojos claros, nariz perfecta. Cualquier leve duda de que Ed hubiese secuestrado a Mak se desvaneció en el acto. Andy lo vio todo claro. Jeffrey Dahmer tenía un problema con su padre. Ed Brown tenía un problema con su madre.

El suelo de la habitación de Ed era quince centímetros más alto. ¿Había escogido Ed la habitación por eso? Era evidente que su madre no habría podido entrar en la habitación de su hijo sin ayuda. En absoluto contraste con el resto de la casa, el dormitorio estaba obsesivamente limpio y ordenado. Había una mesa con una lámpara, una papelera vacía, una cama individual y una estantería en una pared. No había ropas arrugadas ni papeles tirados. Nada fuera de su sitio. Se podía colocar una moneda de canto sobre la cama.

El olor a humo era casi inapreciable. En lugar de eso, en la habitación flotaban olores extraños que irritaron la nariz de Andy. El fotógrafo del equipo forense preparó su equipo y empezó a fotografiar por debajo de la cama. La colcha estaba apartada y una serie de disparos de flash iluminó la colección de zapatos ordenadamente alineados.

Nueve zapatos de tacón de aguja.

«Nueve.»

Andy reconoció dos: el rojo de falsa piel de serpiente que hacía pareja con el de Roxanne Sherman y el negro y brillante con una delgada pulsera de tobillo que había pertenecido a Catherine Gerber.

- ¿Alguien ha encontrado los instrumentos que faltan? -preguntó al agente que estaba fuera de la habitación.

- Aún no. Seguimos buscando. Hay demasiada mierda por todas partes.

- Debe mantenerlos limpios -dijo Andy-. Buscad una zona estéril, o una bolsa o caja hermética en algún lugar. Nosotros registraremos esta habitación.

El agente asintió y habló con alguien que se encontraba en el pasillo. Andy no creía que fueran a encontrar el instrumental de autopsia. Aquél no era el lugar de trabajo de Ed; era donde recordaba, donde fantaseaba. Debía de llevar el instrumental consigo.

El flash del fotógrafo se volvió hacia los estantes de madera sostenidos por soportes en forma de Y, en la pared a la izquierda de la cama. Sobre ellos había unos cuantos libros y baratijas decorativas, y una caja de zapatos sin nombre dentro de una bolsa de plástico para pruebas.

- Abre la caja -dijo Jimmy.

Hoosier lo complació intentando hacerse el importante. La cogió mientras el fotógrafo esperaba con la cámara preparada. Levantó la tapa y de inmediato apartó la cara con la nariz arrugada.

Con la mano sobre la nariz y la boca, Andy se adelantó para examinar el contenido.

- Dios.

«Dedos de los pies cortados.»

Con meticulosa pedicura y uñas pintadas de rojo brillante. Dedos gordos. Dedos pequeños. De diferentes tamaños y formas. En diversos grados de descomposición. Andy contó al menos diez. Y unos extraños y arrugados trozos de cuero.

No: pezones; dos pares.

Dio la caja al fotógrafo, que hizo varias tomas desde diferentes ángulos. Lo que vio a continuación el detective Flynn le inquietó aún más. Exactamente enfrente de la cama había una fotografía grande pegada en la pared, por lo demás vacía. La reconoció inmediatamente. Era Makedde, impresionante con una minifalda de cuero y zapatos de tacón alto, posando para la cámara.

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