Darling

Darling


Capítulo 1

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La vieja casa se asienta en la colina, la pintura blanca desconchada, y las ventanas en voladizo y las balaustradas de madera cubiertas de rosales trepadores y roble venenoso. Los estolones de los rosales han roto las tablillas de madera, que ahora cuelgan enredadas entre los tallos. El camino de grava está salpicado de verdín. Martin Alveston baja de la camioneta sin volver la cabeza hacia Turtle, que está sentada en la cabina, camina hasta el porche, las botas militares resonando huecas contra la madera, un hombre fornido con una camisa de franela y unos Levi’s, y abre la puerta corredera de cristal. Turtle espera, escuchando el tictac del motor, y luego lo sigue.

En la sala de estar hay una ventana cegada, láminas de metal y tablas de poco más de un centímetro de contrachapado atornilladas al marco y repletas de dianas para fusil. Hay tantos casquillos de bala que es como si alguien se hubiera parado justo delante con un arma del calibre 10 y hubiera volado los blancos; las postas brillan en los orificios dentados como el agua en el fondo de los pozos.

Su papi abre una lata de judías Bush sobre la vieja cocina y prende una cerilla con el pulgar para encender el fuego, que titila y cobra vida de nuevo. Lentamente, la luz anaranjada ilumina las oscuras paredes de secuoya, los armarios sin barnizar, las trampas para ratas manchadas de grasa.

La puerta trasera de la cocina no tiene cerradura, solo están los agujeros del cerrojo y el pomo, y Martin la abre de una patada y sale al inacabado porche, el armazón sin revestir de madera lleno de lagartijas y serpenteantes zarzas entre las que asoman cola de caballo y hierbabuena, con su extraña, aterciopelada pelusilla de melocotón y su hedor acre. Despatarrado en el armazón, Martin coge la sartén de donde la ha colgado, en las tablillas desprendidas, para que los mapaches la limpien a lengüetazos. Abre el grifo con una llave inglesa oxidada y echa un chorro de agua en el hierro fundido mientras arranca unos manojos de cola de caballo para restregar las zonas problemáticas. Vuelve a entrar en la sala de estar y pone la sartén al fuego, y el agua chisporrotea y salpica. Abre la nevera, de color verde oliva apagado, coge dos filetes envueltos en papel de estraza y se saca la navaja Daniel Winkler, que limpia en la pernera de sus Levi’s. Ensarta los filetes con la punta de la navaja y los pone uno a uno en la sartén.

Turtle se sube de un salto a la encimera de la cocina, de madera de secuoya granulosa, con viejas marcas de martillo alrededor de los clavos. Coge una Sig Sauer entre las latas desechadas y desliza la corredera para ver la bala que está alojada en la recámara. Apunta con la pistola y se vuelve para ver cómo se lo tomará su padre, que sigue de pie, apoyado con una manaza en los armarios, y sonríe cansado, sin levantar la mirada.

Cuando tenía seis años, su padre la obligó a ponerse un chaleco salvavidas para que amortiguase el retroceso, le dijo que no tocara los casquillos calientes y la inició efectuando una lluvia de disparos con un Ruger del calibre 22, sentada a la mesa de la cocina y apoyando el arma en una toalla enrollada. El abuelo debió de oír los disparos cuando regresaba de la licorería, porque cuando entró, vestido con unos vaqueros, un albornoz de felpa y pantuflas de cuero con pequeñas borlas de piel, se quedó parado en la puerta y espetó: «Joder, Marty». Papi estaba sentado en una silla junto a Turtle, leyendo Investigación sobre los principios de la moral, de Hume, y dejó el libro boca abajo en el muslo para no perder la página y dijo: «Vete a tu cuarto, ratoncito», y Turtle subió la escalera, la madera crujiendo bajo sus pies, sin barandilla ni contrahuellas, los peldaños hechos de un nudo de secuoya, las zancas de madera virgen, agrietadas y retorcidas al no estar bien tratadas, la deformidad sacando de los peldaños los clavos, que quedaban a la vista y estaban tensos, a punto de partirse. Los hombres guardaban silencio abajo: el abuelo observándola, Martin pasando la yema del dedo índice por las letras doradas del lomo del libro. Pero incluso arriba, acostada en su cama de contrachapado y tapada con el saco de dormir militar, los oía. El abuelo aduciendo: «Joder, Martin, así no se cría a una niña», y papi sin decir nada durante un buen rato y luego defendiéndose: «Esta es mi casa, Daniel, que no se te olvide».

Se comen los filetes casi en silencio, la arenilla asentándose en el fondo de los vasos de agua altos. En la mesa, entre ambos, hay una baraja de cartas en cuya funda se ve un bufón: en un lado de la cara esboza una sonrisa de loco, en el otro frunce el ceño. Cuando termina, Turtle empuja su plato hacia delante y su padre la observa.

Es alta para los catorce años que tiene, parece una potrilla, las piernas y los brazos largos, las caderas y los hombros anchos pero esbeltos, el cuello largo y fuerte. Los ojos son su rasgo más atractivo: azules y almendrados, en un rostro muy delgado, de pómulos grandes y marcados, la boca ladeada y dentuda; una cara poco agraciada y poco común, lo sabe. Tiene el pelo abundante y rubio, con mechones aclarados por el sol; la tez, cubierta de pecas cobrizas. En la palma de las manos, la cara interior de los antebrazos y la parte interna de los muslos luce una maraña de venas azules.

—Ve por tu lista de vocabulario, ratoncito —ordena Martin.

Ella saca su cuaderno azul de la mochila y lo abre por la página de los ejercicios de vocabulario de esa semana, que copió con cuidado de la pizarra. Él pone la mano en el cuaderno para acercárselo por la mesa y comienza a leer la lista.

—«Conspicuo» —dice, y la mira—. «Reprobar». —Va bajando por el listado. Luego dice—: Vamos allá. La primera. «El espacio en blanco disfrutaba trabajando con niños». —Le da la vuelta al cuaderno y lo desliza por la mesa hacia ella, que lee:

1. El disfrutaba trabajando con niños.

Turtle echa una ojeada a la lista, haciendo sonar los dedos de los pies contra la madera del suelo. Papi la mira, pero ella no sabe la respuesta. Prueba:

—«Sospechoso», puede que sea «sospechoso».

Papi enarca las cejas y ella escribe a lápiz:

1. El sospechoso disfrutaba trabajando con niños.

Él arrastra el cuaderno por la mesa y lo mira.

—Bien, vale —contesta—, ahora mira la número dos. —Le vuelve a pasar el cuaderno, y ella se centra en la segunda.

2. Les va a parecer que lleguemos tarde a la fiesta.

Lo escucha respirar por la nariz rota, cada respiración le resulta insoportable, porque lo ama. Se concentra en su cara, en cada detalle, pensando «vamos, perra, tú puedes, perra».

—Mira —insiste él—, mira. —Le quita el lápiz y con dos trazos diestros tacha «sospechoso» y escribe «pediatra». Después le da el cuaderno de nuevo y le pregunta—: ¿Cuál es la número dos, ratoncito? Acabamos de verla. La tienes ahí delante.

Ella mira la página, que es lo que menos importa en esa habitación, porque lo que a ella le preocupa es la impaciencia de su papi, que parte en dos el lápiz y deja los dos trozos delante del cuaderno. Ella se inclina sobre la página, pensando: «estúpida, estúpida, estúpida y mala en todo». Él se rasca la incipiente barba con las uñas.

—Está bien. —Encorvado debido al cansancio, pasa un dedo por los restos de sangre del plato—. Está bien, no pasa nada —afirma, y tira el cuaderno de la mesa con el dorso de la mano—. Está bien, no pasa nada, basta por hoy, basta… ¿Se puede saber qué te pasa? —Y después, sacudiendo la cabeza, añade—: No, no pasa nada, no, basta.

Turtle permanece en silencio, el pelo cayéndole lacio por la cara, y él abre la boca y ladea la mandíbula hacia la izquierda, como si estuviera comprobando su estado.

Extiende el brazo y le pone la Sig Sauer delante. Luego coge la baraja de cartas con la otra mano. Va hacia la ventana cegada, se para frente a las dianas acribilladas a balazos, saca la baraja de la funda, coge la jota de picas y la sostiene junto a un ojo, mostrándole la carta por delante, por detrás, de perfil. Turtle sigue sentada, con las manos apoyadas en la mesa, mirando el arma. Él dice:

—No seas perra, ratoncito. —Se queda completamente quieto—. Estás siendo una perra. ¿Es que quieres ser una perra, ratoncito?

Turtle se levanta, planta bien los pies, alinea el punto de mira con su ojo derecho. Sabe que la mira está alineada cuando el borde es fino como una cuchilla: si el arma se inclina hacia arriba, verá un brillo revelador en la superficie superior de la mira. Corrige ese borde hasta convertirlo en una línea delgada mientras piensa: «ve con cuidado, ve con cuidado». De perfil, la carta es un blanco del grosor de la uña del pulgar. Apoya el dedo con suavidad en el gatillo de casi dos kilos, inhala, exhala hasta que su respiración se relaja y pone en acción esos dos kilos. Dispara. La mitad superior de la carta cae revoloteando como una semilla de arce. Turtle permanece inmóvil, a excepción de los temblores que le recorren los brazos. Él sacude la cabeza, esboza una sonrisilla que intenta reprimir y se toca los labios con el pulgar con indiferencia. Luego saca otra carta y se la enseña.

—No seas perra, ratoncito —dice de nuevo, y espera. Como ella no se mueve, insiste—: Joder, ratoncito.

Ella roza el percutor con el pulgar. Cuando se empuña bien el arma, se nota, y Turtle se abandona a esa sensación en busca de errores: el borde del alza le cubre la cara a papi, el punto de mira, de luminoso tritio verde, es del tamaño de su ojo. Durante un instante de suspense en el que su puntería sigue su atención, el ojo azul de papi corona el horizonte delgado y plano del punto de mira. Le sube una arcada, que baja como el pez que ha picado el anzuelo hacia las algas, pero ella no se mueve, eliminando toda tensión en el gatillo, pensando: «mierda, mierda», pensando: «no lo mires, no lo mires». Si él la ve a través de las miras, no permite que se le note. Deliberadamente, alinea las miras con la carta temblorosa, desenfocada. Exhala hasta que su respiración se relaja y dispara. La carta no se mueve. Ha fallado. Ve la marca en la diana, a escasos centímetros de él. Desmonta la pistola y la baja. El sudor es una pátina de brillante encaje en sus pestañas.

—Prueba a apuntar —aconseja él.

Ella se queda completamente quieta.

—¿Vas a intentarlo otra vez? ¿A qué estamos jugando?

Turtle amartilla el arma y la sube desde la cadera hasta el ojo dominante, alinea las miras, ranuras de luz iguales entre el punto de mira y el alza, el extremo tan firme que se podría sostener una moneda en él. La carta, por el contrario, se mueve ligeramente arriba y abajo. Un leve temblor responde al pulso de papi. Y Turtle piensa: «no lo mires, no lo mires a la cara. Concéntrate en el punto de mira, observa el borde superior del punto de mira». En el silencio que sigue al disparo, Turtle relaja el gatillo hasta que se oye un clic. Martin le da la vuelta en la mano a la carta, intacta, y la examina de manera ostentosa.

—Justo lo que pensaba —comenta, y lanza la carta al suelo, regresa a la mesa, se sienta frente a Turtle, levanta un libro que había dejado abierto y bocabajo en la mesa y se inclina sobre él.

En la ventana cegada, a su espalda, los tres agujeros de bala forman un racimo que se podría cubrir con una moneda de un cuarto de dólar.

Ella se queda observándolo durante un breve instante. Saca el cargador, expulsa la bala de la recámara y la coge al vuelo, desliza la corredera y deja la pistola, el cargador y el casquillo en la mesa, junto a su plato sucio. El casquillo describe un arco amplio, suena como una canica. Él se humedece un dedo y pasa de página. Turtle se queda esperando a que la mire, pero él no levanta la vista. Entonces ella piensa: «¿esto es todo?». Sube a su cuarto, oscuro, las paredes de madera sin barnizar, las enredaderas de roble venenoso colándose por los bastidores y el marco de la ventana.

Esa noche Turtle espera en su cama de contrachapado, bajo el saco de dormir verde militar y las mantas de lana, escuchando a las ratas que roen los platos sucios en la cocina. A veces oye el clac, clac, clac de una rata acomodada en una pila de platos que se rasca el cuello. Oye a Martin, que va de un cuarto a otro. Colgadas de ganchos en la pared, su Lewis Machine & Tool AR-10, su Noveske AR-15 y su escopeta de repetición Remington 870 de calibre 12. Cada arma responde a un uso distinto. Su ropa está cuidadosamente doblada en los estantes; los calcetines, guardados en un baúl al pie de la cama. Una vez dejó una manta sin doblar y él la quemó en el jardín, afirmando: «solo los animales destrozan su hogar, ratoncito, solo los animales destrozan su puto hogar».

Por la mañana, Martin sale de su cuarto abrochándose el cinturón en los Levi’s, y Turtle abre la nevera y saca un cartón de huevos y una cerveza. Le lanza la cerveza. Él coloca la chapa contra el borde de la encimera, la hace saltar de un golpe y se pone a beber. Tiene la camisa de franela abierta por el pecho, los músculos del abdomen se le mueven al beber. Turtle casca los huevos contra la encimera y, sosteniéndolos en alto, los abre y se los echa en la boca. Después tira las cáscaras al cubo de la basura orgánica.

—No hace falta que vengas conmigo —observa mientras se limpia la boca con la manga.

—Ya lo sé —responde él.

—No hace falta —repite.

—Ya sé que no hace falta —le contesta.

La acompaña hasta el autobús, padre e hija siguiendo las roderas junto a la mediana de briza. A ambos lados, los botones espinosos y sin flor de los cardos. Martin sujeta la cerveza contra el pecho y se abotona la camisa con la otra mano. Esperan juntos en el arcén de grava, festoneado de tritomas y de bulbos aletargados de azucenas. Entre la grava crecen amapolas de California. A Turtle le llega el olor de las algas que se pudren en la playa, más abajo, y el fértil hedor del estuario, a veinte metros de distancia. En la bahía de Buckhorn el agua es de un verde claro, con velos de algodón blanco alrededor de los farallones. El océano se vuelve de un azul claro más adentro, y su color es exactamente igual que el del cielo, no hay horizonte ni nubes.

—Mira eso, ratoncito —dice Martin.

—No hace falta que esperes —responde ella.

—Mirar algo así es bueno para el alma. Lo miras y piensas: «qué demonios». Estudiarlo es acercarse a la verdad. Vives en los confines del mundo y crees que eso te enseña algo de la vida, su contemplación. Y pasan años y sigues pensando lo mismo. ¿Me entiendes?

—Sí, papi.

—Pasan los años y sigues pensando que lo que haces es una especie de trabajo existencial importante, mantener a raya la oscuridad mediante la contemplación. Pero un día te das cuenta de que no sabes qué coño estás mirando. Es de una extrañeza irreductible, y no se parece a nada más que a sí mismo, y que tanto meditar no fue sino vanidad, que cada pensamiento que albergaste no captó lo inexplicable de esa cosa, su vastedad y su indiferencia. Llevas años mirando el océano y creías que significaba algo, pero no significaba nada.

—No hace falta que vengas hasta aquí, papi.

—Dios, me encanta esa bollera —afirma Martin—. Y yo le gusto a ella. Se le nota en los ojos. Mira. Con cariño de verdad.

El autobús jadea al doblar el pie del monte Buckhorn. Martin sonríe con picardía y levanta la cerveza para saludar a la conductora del autobús, enorme con su mono de Carhartt y sus botas de faena. Ella lo mira con el semblante serio. Turtle sube al autobús y recorre el pasillo. La conductora mira a Martin, que se queda sonriendo en el arcén, con la cerveza a la altura del corazón, sacudiendo la cabeza, y dice:

—Eres toda una mujer, Margery, toda una mujer.

Margery cierra las puertas con perfil de goma del autobús y arranca dando una sacudida. Mirando por la ventana, Turtle ve que Martin levanta la mano para despedirla. Se deja caer en un asiento libre. Elise se da la vuelta, apoya la barbilla en el respaldo del asiento y comenta:

—Tu padre es genial.

Turtle mira por la ventana.

A segunda hora, Anna camina de un lado a otro por la parte delantera de la clase, el cabello negro, mojado, recogido en una coleta. Detrás de su mesa, goteando en una papelera de plástico, cuelga un traje de neopreno. Están corrigiendo unos exámenes de ortografía, y Turtle se encorva sobre el papel, presionando el botón del bolígrafo con el dedo índice, practicando cómo apretar el gatillo sin ejercer presión alguna hacia la derecha o la izquierda. Las niñas tienen la voz aguda y débil, y cuando puede hacerlo, Turtle se vuelve en la silla para leerles los labios.

—Julia —le dice Anna a Turtle—, ¿nos podrías deletrear y definir «sinécdoque»? ¿Y luego leernos tu frase?

Aunque están corrigiendo los exámenes, y aunque tiene el de otra chica justo delante, una chica a la que Turtle admira y mira de soslayo mordiéndose los dedos, aunque la palabra «sinécdoque» está escrita con la letra pulcra y la tinta gel brillante de la otra niña, Turtle no es capaz de hacerlo. Empieza:

—S-I-N… —Y se detiene, incapaz de encontrar la salida en ese laberinto. Repite—: S-I-N…

Anna apunta con amabilidad:

—Bueno, Julia, es una palabra difícil, se deletrea S-I-N-É-C-D-O-Q-U-E, «sinécdoque». ¿Alguien podría decirnos qué significa?

Rilke, esa otra chica mucho más guapa, levanta la mano y forma una O, emocionada, con los labios color rosa.

—«Sinécdoque» es una figura retórica en la que la parte representa el todo: «la corona está disgustada».

Ella y Turtle se han cambiado los exámenes, así que Rilke lo suelta de memoria, sin mirar el papel de Turtle, porque el papel de Turtle está en blanco salvo la primera línea: «1. Sospechoso. Que no inspira confianza. Les va a parecer sospechoso que lleguemos tarde a la fiesta». Turtle no sabe qué significa eso de que la parte represente el todo. Para ella no tiene ningún sentido, y tampoco sabe qué significa «la corona está disgustada».

—Muy bien —aplaude Anna—. Otra palabra que viene del griego, como…

—¡Uy! —Rilke levanta la mano—. Sinestesia.

Turtle está sentada en la silla de plástico azul, mordiéndose los nudillos, que huelen que apestan al cieno del arroyo Slaughterhouse, con una camiseta andrajosa y unos Levi’s con vueltas en los bajos que dejan a la vista las pantorrillas, blancas y con parches de piel seca. Bajo una uña tiene un poco de mugre marrón rojizo de aceite de motor sintético. Sus dedos desprenden un olor prehistórico. Le gusta verter el lubricante en el acero con las manos desnudas. Rilke se está poniendo brillo en los labios, después de haber corregido el examen de Turtle, poniendo una pulcra X junto a cada línea vacía. Y Turtle piensa: «mírala, menuda puta está hecha. Menuda puta». Fuera, el campo barrido por el viento está salpicado de charcos, la cuneta de barro color ceniza llena de agua y, más allá, se ve la linde del bosque. Turtle podría adentrarse en ese bosque y nunca la encontrarían. Le prometió a Martin que no lo volvería a hacer, nunca.

—Julia —la llama Anna—. ¿Julia?

Turtle se vuelve despacio hacia ella y se queda a la espera, escuchando.

Anna, con mucha delicadeza, dice:

—Julia, ¿podrías prestar atención, por favor?

Turtle asiente.

—Gracias —dice Anna.

Cuando suena el timbre del almuerzo, todos los alumnos se ponen de pie a la vez, y Anna enfila el pasillo y apoya dos dedos en el pupitre de Turtle. Sonriendo, levanta un dedo para darle a entender que quiere hablar con ella un momento. Turtle ve cómo se marchan los otros alumnos.

—Bueno —comienza Anna.

Se sienta en un pupitre, y Turtle, muda y atenta, buena lectora de caras, es capaz de adivinar casi todo lo que está pensando. Anna la está mirando de arriba abajo, pensando: «me cae bien esta niña», y sopesando cómo hacer que la cosa funcione. A Turtle esto le resulta extraño e irracional, pues no soporta a Anna. Nunca le ha dado ningún motivo para caerle bien, no se cae bien a sí misma. Turtle piensa: «menudo putón estás hecha».

—Bueno —repite Anna—, ¿cómo te has sentido con esa palabra? —Le dirige una mirada un tanto inquisitiva: se muerde el labio, enarca las cejas, unos mechones de pelo mojado se le salen de la coleta. Insiste—: ¿Julia?

Para alguien de la costa norte, como Turtle, Anna habla con un acento frío y afectado. Turtle nunca ha ido más al sur del río Navarro, ni más al norte del Mattole.

—¿Sí? —responde Turtle. Ha dejado que el silencio se prolongara demasiado.

—¿Cómo te has sentido con esa palabra?

—No muy bien —admite.

Anna pregunta:

—Dime, ¿has sacado alguna de las definiciones?

Turtle no sabe qué quiere Anna de ella. No, no ha sacado ninguna, y Anna seguro que lo sabe. Solo hay una respuesta a cualquiera de las preguntas que le pueda hacer Anna, y es que Turtle es una inútil.

—No —replica Turtle—, no he sacado ninguna de las definiciones. O, bueno, la primera. «Les va a parecer sospechoso que lleguemos tarde a la fiesta».

—¿Por qué crees que te ha pasado eso? —pregunta Anna.

Turtle sacude la cabeza: no lo sabe, y no la obligarán a decir otra cosa.

—¿Qué tal si —continúa Anna— te quedas aquí durante algún almuerzo y hacemos fichas didácticas juntas?

—Pero si yo estudio —asegura Turtle—. No sé si eso servirá de algo.

—¿Hay alguna cosa que creas que puede servir de algo? —Anna hace eso, pregunta cosas, finge crear un espacio seguro, pero no existe ningún espacio seguro.

—No lo sé —reconoce Turtle—. Repaso todas las palabras con mi papi… —Y entonces Turtle ve dudar a Anna y sabe que ha cometido un error, porque las demás chicas de Mendocino no utilizan la palabra «papi». Suelen llamar a sus padres por su nombre de pila, o bien papá. Turtle continúa—: Las repasamos, y creo que solo necesito repasarlas yo sola un poco más.

—Así que solo necesitas dedicarle un poco más de tiempo, ¿eso es lo que propones?

—Sí.

—Y dime, ¿cómo estudias con tu padre? —indaga Anna.

Turtle vacila. No puede eludir la pregunta, pero piensa: «ten cuidado, ten cuidado».

—Pues repasamos las palabras juntos —insiste Turtle.

—¿Durante cuánto tiempo? —quiere saber Anna.

Turtle se toca un dedo con la mano, hace sonar el nudillo, levanta la mirada con el ceño fruncido y replica:

—No sé…, ¿como una hora?

Turtle miente. Y Anna se da cuenta, se lo ve en la cara.

—¿En serio? —dice Anna—. ¿Estudiáis una hora cada noche?

—Bueno… —empieza Turtle.

Anna la observa.

—Casi todas las noches —precisa Turtle.

Tiene que obviar que limpia las armas delante de la lumbre mientras Martin espera leyendo junto a la chimenea, la luz del hogar escapando hacia sus rostros, escapando hacia la sala de estar, para después volver a las brasas a rastras por el suelo, a la fuerza.

Anna menciona:

—Vamos a tener que hablarlo con Martin.

—Espere. Sé deletrear «sinécdoque» —asevera Turtle.

—Julia, tenemos que hablar con tu padre —insiste Anna.

Turtle empieza:

—S-I-N…

Y se detiene, sabiendo que está mal, que ella está equivocada, y aunque le fuera la vida en ello, es incapaz de recordar lo que sigue. Anna la está observando de manera fría e inquisitiva, y Turtle le devuelve la mirada, pensando: «eres una zorra». Sabe que si pone más objeciones, si dice algo más, se le escapará algo.

—Vale —acepta Turtle—, vale.

Después de clase, Turtle va al despacho y se sienta en un banco. El asiento está frente a secretaría, y detrás de esta se encuentran la mesa de la secretaria y un pasillo corto que lleva a la puerta pintada de verde del despacho del director. Al otro lado de esa puerta Anna comenta:

—Dios la ampare, Dave, pero esa niña necesita ayuda, ayuda de verdad, más de la que yo le puedo dar. Tengo treinta alumnos en ese grupo, por el amor de Dios.

Turtle chasquea los dedos y la secretaria le lanza miradas rápidas e incómodas por encima del ordenador. Turtle es dura de oído, pero Anna habla en voz alta, nerviosa, dice:

—¿Tú crees que yo quiero hablar con ese hombre? Escúchame, escúchame: misoginia, aislamiento, control. Son tres señales de alarma importantes. Me gustaría que la niña viera a la psicóloga, Dave. Es una marginada, y si pasa al instituto sin que abordemos eso, se quedará todavía más atrás. Podemos empezar a cerrar esa brecha ahora… Sí, ya sé que lo hemos intentado…, pero tenemos que seguir haciéndolo. Y si pasa algo…

A Turtle se le hace un nudo en el estómago. «Dios mío», piensa.

La secretaria planta un montón de papeles con fuerza en la mesa y se dirige a la puerta. El director Green dice algo y Anna, agitada, le responde:

—¿Nadie quiere eso? ¿Por qué nadie quiere eso? Lo único que digo es que hay opciones… Bueno. No. Nada. Lo único que…

La secretaria se para frente a la puerta, llama, asoma la cabeza e informa:

—Ha llegado Julia. Está esperando a su padre.

Se hace el silencio. La secretaria vuelve a su mesa. Martin abre la puerta, mira una vez a Turtle y se acerca a secretaría. La secretaria le dirige una mirada seria.

—Puede… —dice, indicándole con los papeles que puede pasar directamente.

Turtle se levanta y va detrás de él, pasan por delante de la mesa y enfilan el pasillo. Él llama una vez y abre la puerta.

—Adelante, adelante —invita el director Green.

Es un hombre enorme, de cara sonrosada y manos grandes, fofas, también rosas. La grasa le cuelga y rellena sus pantalones de pinzas color caqui. Martin cierra la puerta y se queda parado delante, tan alto como la propia puerta, casi igual de ancho. Lleva la camisa de franela suelta, medio desabrochada, dejando a la vista las clavículas. Trae el abundante y largo pelo castaño recogido en una coleta. Las llaves han empezado a abrirse paso por el bolsillo, dejando algunas partes deshilachadas. Aunque no lo hubiera sabido, Turtle se habría dado cuenta de que Martin trae la pistola por cómo lleva la camisa, por su manera de sentarse, pero ni el director Green ni Anna piensan en eso; ni siquiera saben que algo así es posible, y Turtle se pregunta si habrá cosas que ella no ve y otras personas sí, y qué cosas serán.

El director Green coge un platito con bombones Hershey’s Kisses y se lo ofrece primero a Martin, que lo rechaza con un gesto de la mano, y luego a Turtle, que no se mueve.

—Bueno, ¿qué tal le ha ido el día? —pregunta mientras deja el platito en la mesa.

—Bah —dice Martin—, los he tenido mejores.

Turtle piensa: «mal, así vas mal, pero tú cómo lo vas a saber, si no eres más que una zorra».

—Y a ti, Julia, ¿qué tal te ha ido?

—Bien —responde Turtle.

—Sí, bueno, supongo que esto es un poco estresante —aduce el director Green.

—¿Y? —pregunta Martin, animándolo a que continúe con un gesto.

—Hay que hablar del tema, ¿les parece? —empieza el director Green. Los profesores se llaman por el nombre de pila, pero el director Green es de una generación anterior, tal vez dos—. Desde la última vez que hablamos, a Julia le han seguido costando las clases, y nos tiene preocupados. Parte del problema son sus notas. Su comprensión lectora no es la que debería. Los exámenes se le hacen cuesta arriba. Pero para nosotros el problema, más que una cuestión de aptitud, es que Julia tiene la sensación de que…, bueno, la sensación de que quizá el colegio no sea un lugar grato, y creemos que necesita cierto grado de comodidad, sentirse integrada antes de que empiece a progresar en los estudios. Así es como lo vemos nosotros.

—He trabajado bastante con Julia, y creo que… —comienza Anna.

Martin la interrumpe, se inclina hacia delante y junta las manos:

—Se pondrá al día —sentencia.

Turtle reprime su sorpresa, mira a Martin y piensa: «¿qué estás haciendo?». Lo que quiere es que Martin mire a Anna a los ojos, y sabe que puede hacerlo, que la mire a los ojos y la haga sentirse bien respecto a todo este asunto.

Anna continúa:

—Da la impresión de que a Julia le cuesta sobre todo relacionarse con las niñas. Barajamos la posibilidad de que…, tal vez esté dispuesta a ver a Maya, nuestra psicóloga. A muchos alumnos les viene bien hablar con alguien. Creemos que Julia podría beneficiarse de contar con una cara amiga aquí, en el colegio, alguien en quien pueda confiar…

Martin le responde:

—No pueden condicionar la graduación de Julia a que vea a una psicóloga. ¿Así que qué podemos hacer para asegurarnos de que se gradúe? —Se dirige al director Green.

Una especie de terror se apodera de Turtle, la domina, porque quizá ella no entienda nada y Martin sí. Piensa: «¿qué estás haciendo, papi?».

—Martin, creo que hay un malentendido —dice Anna—. Nadie va a retrasar a Julia. Como ya no tenemos presupuesto para cursos de verano, y como el sistema alternativo es muy limitado, todos los alumnos pasan al bachillerato. Pero si deja el colegio sin que haya hecho amistades sólidas y con sus aptitudes de estudio y su nivel de lectura actuales, las bajas calificaciones perjudicarán su plan de estudios en el instituto y, por lo tanto, sus oportunidades a la hora de entrar en la universidad. Y por eso es importante abordar estos problemas ahora, en abril, cuando el año escolar todavía no ha terminado y aún hay tiempo para solucionarlo. Se trata, única y exclusivamente, del bienestar de Julia, y creemos que una cita semanal con alguien con quien pueda hablar debería ser parte de la solución.

Martin se inclina hacia delante y su silla cruje. Mira a los ojos al director Green, abre las manos como preguntando: «si no hay consecuencias, ¿qué coño estamos haciendo aquí?».

El director Green mira a Anna. Martin la mira a su vez, como si se preguntara por qué la mira el director. Luego aparta la vista deprisa, para atraer la atención del director Green. Martin cree que el director está al mando y que puede con él. Anna le parece demasiado molesta y carente de autoridad. Turtle no sabe por qué cree eso. En todas esas conversaciones, nunca ha visto que al director Green le impresione Martin. Ella lo ve, ve lo firme que es. Turtle sabe que tiene un hijo bizco con síndrome de Down y que lleva más de veinte años de director en el centro, y Martin no habla su idioma. Nada de lo que diga Martin podrá convencer al director Green de nada. En esta reunión hay que ser amable y demostrar que Turtle interactúa. Demostrar que Martin también interactúa con los profesores de su hija, y él no lo está haciendo bien, no está diciendo las cosas apropiadas, está tratando de amedrentar al director Green como ha intentado amedrentarlo antes.

—Martin —dice Anna—, estoy decidida a trabajar con Julia y hacer lo que sea necesario para prepararla para el bachillerato, pero no lo podremos conseguir si ella va por libre en el colegio y no se centra.

—Señor Green —responde Martin, como si argumentara y contraargumentara con Anna. El director Green frunce el ceño, moviéndose un poco en la silla, las manos entrelazadas en el barrigón—. El éxito de Julia no depende de que reciba una atención especial ni de que acuda a un terapeuta. No es tan complicado. Lo que aprende aquí es aburrido. Vivimos tiempos emocionantes y terribles. El mundo está en guerra en Oriente Medio. El dióxido de carbono se acerca a las 400 ppm. Estamos en plena sexta gran extinción. En la próxima década habremos rebasado el pico de Hubbert. Puede que ya lo hayamos superado, o puede que sigamos haciendo uso del fracking, lo que entraña un riesgo distinto pero no menos grave para la capa freática. Y a pesar de todos los esfuerzos que hacen ustedes, nuestros hijos podrían pensar perfectamente que el agua llega a sus casas como por arte de magia. No saben que hay un acuífero debajo de su localidad, ni que falta poco para que se agote, ni que no tenemos un plan para suministrar agua a la comunidad cuando esto ocurra. La mayoría de ellos no sabe que cinco de los seis últimos años han sido los más calurosos de los que se tiene constancia. Me imagino que a sus alumnos quizá les interesen esas cosas. Me imagino que quizá les interese su futuro. Pero, en vez de eso, mi hija está haciendo exámenes de ortografía. En octavo grado. ¿Y le sorprende que tenga la cabeza en otro sitio?

Turtle lo mira e intenta verlo como lo ven el director Green y Anna, y no le gusta nada lo que ve.

Da la impresión de que el director Green ya ha oído esa objeción antes, expresada de manera más convincente, a otras personas. Contesta:

—Bueno, Marty. Eso no es del todo cierto. Nuestros alumnos tienen el último examen de ortografía en quinto. Los de octavo aprenden vocabulario con etimología griega y latina, porque resulta útil a la hora de prepararlos para que entiendan y formulen los fenómenos de los que usted habla.

Martin se queda mirando fijamente al director Green.

Este puntualiza:

—Aunque es cierto que se les pide que escriban bien esas palabras.

Martin se inclina hacia delante y la Colt 1911 se le marca en la camisa en la zona de los riñones, y a pesar de su expresión tranquila, el movimiento trasluce su fuerza física y amenaza. Viendo al director Green y a Martin uno frente al otro, está claro que pesan lo mismo, pero mientras el director Green se sale de la silla, Martin está duro como una pared.

Turtle sabe que lo importante en esa reunión es demostrar la voluntad de afrontar lo que les preocupa. Pero al parecer Martin no.

—Yo creo —continúa Martin— que deberíamos dejar que Julia se las arregle con sus compañeros y con sus estudios como mejor le convenga. No pueden obligar a una niña a que sea extrovertida, no pueden obligarla a que vea a un terapeuta, y no pueden tratar su aburrimiento y su desencanto con un plan de estudios tedioso. En su lugar, también ustedes y yo estaríamos aburridos y desencantados. Así que no le diré, ni permitiré que nadie le diga, que necesita una atención especial. Entiendo que les preocupen las exigencias del bachillerato, pero no puedo evitar pensar que esas exigencias supondrán un cambio beneficioso con respecto a esta sarta embrutecedora de exámenes de ortografía y libros infantiles sin argumento. Mi hija estará a la altura de cualquier desafío que le plantee el próximo año. Sin embargo, soy consciente de su preocupación, y me comprometo aquí y ahora a dedicar más tiempo a ayudar a Julia con sus deberes y a enseñarle las técnicas de aprendizaje de las que ustedes creen que carece. Sacaré más tiempo para hacer esas cosas, cada noche y los fines de semana.

El director Green se vuelve hacia Turtle y le pregunta:

—Julia, ¿tú qué opinas de todo esto? ¿Te gustaría ir a ver a Maya?

Turtle se queda helada, una mano sobre la otra, a punto de hacer sonar un nudillo, y la boca abierta, y mira a su papi y luego a Anna. Quiere tranquilizar a esta, pero no puede contradecir a Martin. Todos la observan. Al final dice:

—Anna es muy servicial, y creo que soy yo la que no deja que me ayude. —En el despacho todos parecen sorprendidos—. Creo que tengo que trabajar un poco más y dejar que Anna me ayude un poco más, hacerle más caso, tal vez. Pero no quiero ver a nadie.

Cuando terminan, su papi se levanta y le abre la puerta a Turtle. Caminan juntos hasta la camioneta, se suben y se sientan en silencio. Martin, con la mano en el arranque, da la impresión de que está pensando en algo mientras mira por la ventanilla. Luego dice:

—¿Esa es toda tu ambición? ¿Ser un coñito analfabeto?

Arranca y salen del aparcamiento mientras Turtle repite las palabras «coñito analfabeto». Entiende lo que quiere decir su padre de golpe, como si liberase algo que estuviese metido en una lata. Hay partes de sí que Turtle no nombra ni examina, y luego él las nombra, y ella se ve reflejada con claridad en sus palabras y se odia. Su papi cambia de marcha con una furia serena, enérgica, y ella se odia a sí misma, odia esa hendidura sin terminar ni rellenar. Suben por el camino de grava y él aparca delante del porche y cierra de un portazo. Suben juntos los escalones del porche y papi va a la cocina, coge una cerveza del frigorífico y la abre contra el borde de la encimera. Se sienta a la mesa y se rasca una mancha con la uña del pulgar. Turtle se arrodilla, apoya las manos en sus Levi’s, de un azul desvaído, y se disculpa:

—Lo siento, papi.

Mete dos dedos por las partes blancas deshilachadas y apoya el rostro de lado en la cara interior de su muslo. Él no la mira, sostiene la cerveza con el pulgar y el índice, y ella piensa desesperada qué puede hacer: una niñita con raja, con raja y analfabeta.

Su papi contesta:

—Ni siquiera sé qué decir. No sé qué decirte. La humanidad se está matando… Está cagando lenta, devastadora, colectivamente en el agua de su bañera, cagándose en el mundo solo porque no puede concebir que el mundo exista. Ese gordo y esa perra no lo entienden. Se inventan aros para que pases por ellos y quieren que creas que ese es el mundo; que el mundo está hecho de aros. Pero el mundo no está hecho de aros, y no quiero que pienses que es así, nunca. El mundo es la bahía de Buckhorn y el arroyo Slaughterhouse. Ese es el mundo, y ese colegio no es más que… sombras, distracciones. No lo olvides nunca. Pero tienes que tener cuidado. Si tropiezas, te apartarán de mí. Así que… ¿qué te puedo decir? ¿Que el colegio no es nada pero que, así y todo, les tienes que seguir el juego?

La observa, midiendo su inteligencia. Después extiende la mano, le coge la mandíbula y añade:

—¿Qué pasa por esa cabecita tuya? —Le mueve la cabeza a un lado y a otro, mirándola fijamente. Al final dice—: ¿Lo sabes, Darling? ¿Sabes lo que significas para mí? Me salvas la vida cada mañana cuando te levantas de la cama. Oigo tus pasitos bajando por la escalera casi sin hacer ruido y pienso: «esta es mi niña, la razón de mi existencia».

Permanece callado un instante. Ella sacude la cabeza, el corazón le estalla de rabia.

Esa noche espera en silencio, aguzando el oído, la fría hoja de su navaja tocándole la cara. La abre y la cierra sin hacer ruido, desplazando el mecanismo de bloqueo con el pulgar y bajándolo a su sitio para que no haga clic. Lo oye ir de una habitación a otra. Turtle se muerde las uñas. Cuando él se detiene, ella también. Está abajo, en la sala de estar, callado. Turtle cierra la navaja despacio, sin hacer ruido. Chasquea los dedos de un pie con el talón del otro. Él sube la escalera y la coge, ella le echa los brazos al cuello; bajan la escalera y cruzan la sala a oscuras hasta su dormitorio, donde las sombras de las hojas de aliso que proyecta la luna se enfocan y se desenfocan en el tabique, las hojas del verde céreo más oscuro contra el cristal de la ventana, la madera del suelo —de un negro herrumbroso— con grietas profundas como hachazos, la unión inacabada entre la madera de secuoya y el tabique una costura negra que se abre a los insondables cimientos, donde las grandes vigas de madera virgen desprenden su aroma a té negro, a piedras de río y tabaco. La tiende en la cama, los dedos dibujándole hoyuelos en los muslos, las costillas de Turtle abriéndose y cerrándose, cada sima en penumbra, cada cresta de un blanco inmaculado. Ella piensa: «hazlo, quiero que lo hagas». Yace esperándolo en cualquier momento, mientras mira por la ventana las nuevas piñas pequeñas y verdes del aliso, y piensa: «así soy yo»; sus pensamientos, tuétano gelatinoso y sanguinolento en el interior de sus fémures huecos y los dos huesos delicadamente curvos de sus antebrazos. Su papi se inclina sobre ella y con voz ronca de asombro dice: «joder, Darling, joder». Le pone las manos en los cuernecillos de los huesos de la cadera, en el vientre, en la cara. Ella lo mira sin pestañear. Él repite: «joder», y le pasa los dedos, las yemas marcadas con cicatrices, por el enmarañado pelo, y después le da la vuelta, y ella se queda bocabajo y lo espera, y en la espera, unas veces quiere y otras no quiere. Su roce hace que su piel reviva, y ella lo guarda todo en el teatro privado de su cerebro, donde todo está permitido, las dos sombras proyectadas en la sábana y entretejidas. Él le sube la mano por la pierna, le coge la nalga y dice: «joder, joder», y recorre con los labios las protuberancias de su columna, besando cada una de ellas, deteniéndose en cada una de ellas, la respiración ahogada por la emoción, diciendo: «joder», y ella abre las piernas para dejar al descubierto una hendidura que permite acceder a la negrura de sus entrañas, y sabe que él cree que esa es su verdad. Su papi le aparta el pelo para que descanse en la almohada y poder verle la nuca, y repite «joder» con voz áspera, y juguetea con los pelitos rebeldes. Su cuello está contra la almohada, llena de hojas mojadas como de papel, como si ella fuese un frío rezumadero en otoño, el agua invernal escurriéndose por ellas, con sabor a pimienta y pino, hojas de roble y el sabor verde de la hierba silvestre. Él cree que el cuerpo de ella es algo que él entiende, e, insidiosamente, es así.

Cuando está dormido, ella se levanta y va por la casa sola, con una mano en el coño hinchado para retener el calor que se va extendiendo. Se acuclilla en la bañera, mirando los grifos de cobre, echándose el agua fría, la textura como de telaraña basta de la leche de papi entre sus dedos aferrándose incluso bajo el chorro de agua, al parecer incluso espesándose. Luego, en el lavabo de porcelana, se lava las manos, y son los ojos de su padre los que ve en el espejo. Termina de lavarse, cierra el grifo de cobre y escudriña ese azul rayado, bordeado de blanco, la pupila negra dilatándose y contrayéndose sola.

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