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CUARTA PARTE Matadragones » 89

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Las cuatro en punto de una madrugada fría y lluviosa, y sus dos hijos pequeños estaban llorando como magdalenas en el asiento trasero del coche. Caitlin hacía lo mismo en el asiento de delante. Sullivan les echaba a Junior Maggione y La Cosa Nostra la culpa de todo, del enorme y feo aprieto en que se encontraban ahora. Maggione iba a pagar por esto de un modo u otro, y esperaba impaciente el día de la represalia.

Como lo esperaban su bisturí y su sierra de carnicero.

A las dos y media de la noche, había empaquetado a su familia en el coche y se habían pirado de una casa a diez kilómetros de Wheeling, al norte de Virginia. Era la segunda vez que se mudaban en el mismo número de semanas, pero no tenía elección. Había prometido a los chicos que volverían a Maryland algún día, pero sabía que no era cierto. Nunca volverían a Maryland. Sullivan hasta había recibido ya una oferta por la casa de allí. Necesitaba dinero en mano para su plan de fuga.

Así que ahora su familia y él estaban corriendo para salvar el pellejo. Mientras dejaban su «hogar virginiano del salvaje Oeste», como lo llamaba él, tenía el presentimiento de que la Mafia volvería a encontrarlos… Que podían toparse con ellos en la próxima curva de la carretera.

Pero tomó esa curva, y la curva siguiente, y consiguieron salir del pueblo sanos y salvos y de una pieza. Pronto estuvieron cantando canciones de los Rolling Stones y ZZ Top, incluida una versión de unos veinte minutos de

Legs, hasta que su mujer se negó en redondo a seguir escuchando ese ruido incesante pasado de testosterona. Pararon en un Denny's a desayunar, en el Micky D para su segunda pausa para ir al servicio, y hacia las tres de la tarde estaban en un sitio en donde no habían estado nunca.

Sullivan confiaba en no haber dejado ningún rastro que pudiera seguir una banda de asesinos mafiosos. Nada de miguitas de pan como en

Hansel y Gretel. Lo bueno era que ni él ni su familia habían estado nunca en esa zona. Era territorio virgen, sin raíces ni conexión con ellos.

Aparcó en el camino de entrada a una casa de estilo Victoriano rústico de tejado empinado, un par de torretas y hasta una ventana con vidriera.

—¡Me encanta esta casa! —exclamó Sullivan eufórico, todo sonrisas forzadas y entusiasmo exagerado—. ¡Bienvenidos a Florida, chicos!

—Muy gracioso, papá. No —dijo Mike hijo desde el asiento de atrás, donde permanecían los tres muchachos con expresión deprimida y fúnebre.

Estaban en Florida… Massachusetts, y Caitlin y los críos recibieron con gruñidos el último de sus chistes malos. Florida era una pequeña comunidad de menos de mil habitantes, situada en plena zona montañosa de las Berkshires. A falta de otra cosa, tenía unas vistas asombrosas. Y no había sicarios de la Mafia esperándoles a la entrada. ¿Qué más podían pedir?

—Es perfecto. ¿Dónde íbamos a encontrar algo mejor? —seguía diciéndoles Sullivan a los chicos mientras volvían a deshacer el equipaje.

Así que, ¿por qué lloraba Caitlin mientras él le enseñaba su nuevo salón con vistas panorámicas del imponente monte Greylock y el río Hoosic? ¿Por qué le estaba mintiendo cuando le decía: «Todo irá bien, reina mía, luz de mi vida.»?

Tal vez porque él sabía que no era verdad, y, probablemente, también ella. Él y su familia iban a ser asesinados un día, quizás en esta misma casa.

A menos que hiciera algo drástico para evitarlo. Y rápido. Pero ¿qué? ¿Cómo podía impedir que la Mafia lo persiguiera?

¿Cómo podía uno matar a la Mafia entera?

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