Aurora

Aurora


Libro primero

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El origen de las religiones. ¿Cómo es posible que alguien considere como una revelación lo que no es más que su propia opinión sobre las cosas? Pues este es el problema del origen de las religiones: que siempre ha habido un individuo en el que podía darse este fenómeno. La primera condición es que creyera previamente en las revelaciones. Un buen día, le asalta de pronto una nueva idea, su idea, y lo que tiene de embriagador toda gran hipótesis personal que afecte a la existencia y al mundo entero, penetra con tanta fuerza en su conciencia, que no se atreve a pensar que él es el creador de semejante beatitud, y atribuye la causa y el origen de su pensamiento a su Dios, a una revelación de ese Dios. ¿Cómo va a ser un hombre el causante de una felicidad tan enorme?, se pregunta con una duda pesimista. Pero hay, además, otras palancas que actúan en secreto: por ejemplo, se fortalece la opinión que uno tiene de sí mismo cuando la considera como una revelación, pues, de este modo, se la despoja de lo que tiene de hipotético, se la sustrae a la crítica y a la duda, y se la hace sagrada. Bien es cierto que con ello el hombre queda reducido a la categoría de órgano, pero nuestro pensamiento acaba venciendo bajo el nombre de pensamiento divino, y este sentimiento de victoria termina imponiéndose al sentimiento de haberse rebajado. Por otra parte, cuando el hombre sitúa por encima de sí aquello que ha producido, dejando a un lado su valía personal, experimenta profundamente otro sentimiento: el de la alegría, el amor y el orgullo de la paternidad; y ese sentimiento borra todo lo demás.

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El odio al prójimo. Si consideramos al prójimo como él se autoconsidera —Schopenhauer llama a esto compasión, aunque sería más exacto calificarlo de autopasión—, tendríamos que odiarle, en el caso de que, como Pascal, se crea merecedor de odio. Este fue el sentimiento que tuvo Pascal hacia los hombres en general, al igual que el de los primeros cristianos que, en tiempos de Nerón, estaban convencidos, según constata Tácito, del

odium generis humani.

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Los desesperados. El cristianismo tiene un olfato de sabueso para percibir a aquellos individuos a los que, de un modo u otro, se les puede llevar a la desesperación (sólo una parte de la humanidad es susceptible de ello). Siempre está buscándolos, acechándolos. Pascal trató de llevar a los hombres a la desesperación, en base a un conocimiento más penetrante e incisivo. Al fracasar en su intento, se redobló su propia desesperación.

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El brahmanismo y el cristianismo. Hay reglas para llegar a experimentar el sentimiento de poder: unas, para quienes son capaces de dominarse a sí mismos, y a los que, en consecuencia, ya les resulta familiar este sentimiento de dominio; y otras para los que no saben dominarse. El brahmanismo ha interesado a la primera clase de hombres; el cristianismo a la segunda.

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La facultad de ver visiones. Durante toda la Edad Media, el signo auténticamente distintivo de la humanidad superior radicaba en la facultad de ver visiones, es decir, de ser afectado por un profundo trastorno cerebral. En el fondo, las reglas de vida de todos los individuos superiores de dicha época (los caracteres religiosos) tendían a conseguir que el hombre pudiera tener visiones. ¿Qué tiene de raro que haya llegado hasta nuestros días un aprecio exagerado hacia los individuos desequilibrados, lunáticos y fanáticos, que se dicen geniales? Suele decirse que tales sujetos han visto cosas que otros no ven. Y es cierto, pero esto debe ponernos en guardia contra ellos, en lugar de volvernos crédulos.

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El precio de los creyentes. Aquel que tiene tanto empeño en que se crea en él, que promete el cielo como recompensa a todo el que sustenta esa creencia, incluyendo al ladrón que muere en una cruz, ha debido sufrir dudas terribles y experimentado todo tipo de crucifixiones; de no ser así, no pagaría tan caro el tener creyentes.

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El primer cristiano. Todo el mundo sigue creyendo que el

Espíritu Santo ejerce un papel activo y sufre de rechazo las consecuencias de esa creencia. Si alguien abre la Biblia es para

edificarse, para descubrir en ella una palabra de consuelo a sus propias miserias, grandes o pequeñas; en suma, se busca a sí mismo y se encuentra. Pero a excepción de unos pocos eruditos, ¿quién sabe que la Biblia contiene también la historia del apóstol San Pablo, esto es, la historia de una de las almas más ambiciosas e impacientes, de un espíritu tan lleno de superstición como de astucia? Y, no obstante, sin esta historia singular, sin este tormentoso y turbado espíritu, sin un alma así, no existiría el mundo cristiano; apenas habríamos oído hablar de una oscura secta judía cuyo cabeza murió crucificado. Bien es cierto que si se hubiera entendido a tiempo dicha historia, si se hubieran

leído verdaderamente los escritos de San Pablo, no como si fueran revelaciones del Espíritu Santo, sino con la rectitud de un espíritu libre y espontáneo, sin pensar en las miserias personales —durante mil quinientos años no ha habido lectores así—, el cristianismo hubiese desaparecido desde hace tiempo. Tan cierto es que los escritos de este Pascal judío nos ponen al descubierto los orígenes del cristianismo, como que las obras del Pascal francés nos revelan su destino y la razón de su declive fatal. A la historia de ese individuo singular, de ese espíritu atormentado, digno de compasión, de ese hombre desagradable para los demás y para sí mismo, se debe que la barca del cristianismo arrojara una buena parte de su lastre judío, que pudiera penetrar en las aguas del paganismo.

San Pablo padecía un idea fija, o más bien, un

interrogante fijo y siempre abrasador: saber qué relación guardaba con la ley judía, con

el cumplimiento de esa ley. En su juventud quiso responder por sí mismo a sus dudas, ávido de esa distinción suprema que eran capaces de concebir los judíos, ese pueblo que ha practicado con mayor elevación que ningún otro la fantasía de la sublimidad moral, el único que ha unido la creación de un Dios santo con la idea de pecado, entendido como una falta contra esa santidad. San Pablo se convirtió a un tiempo en defensor fanático y en guardia de honor de ese Dios y de su ley. En su constante lucha o acecho contra los transgresores de dicha ley y contra quienes dudaban de ella, se mostraba duro e implacable, estando siempre dispuesto a castigarlos del modo más severo. Fue entonces cuando experimentó en sí mismo que un hombre como él —violento, sensual, melancólico y proclive al odio— no podía cumplir esa ley. Aún más —y esto debió parecerle más extraño todavía—, advirtió que su incontrolable ambición le impulsaba constantemente a transgredir la ley y que se veía incapacitado para resistir a esa tentación. ¿Qué quiere esto decir? ¿Era la

inclinación camal lo que le impelía a violar la ley? ¿No era más bien, como más tarde sospechó, que, tras esa inclinación, se encontraba la propia ley, que, al ser de todo punto imposible de observar, le impulsaba de suyo a que la transgrediera, con el irresistible encanto que comportaba su violación? En esa época, empero, San Pablo no disponía aún de semejante recurso. Quizá, como él mismo deja entrever, pesaban sobre su conciencia el odio, el crimen, la hechicería, la idolatría, la lujuria, los placeres del sexo y del alcohol; y por más que hiciera para aplacar su conciencia, y sobre todo sus ansias de dominio, con el fanatismo extremo que ponía en la defensa y en la veneración de la ley, había momentos en que se decía; «¡Todo es inútil! No es posible superar el tormento que supone incumplir la ley».

Lutero debió sentir algo similar cuando, en su convento, quiso llegar a encarnar al hombre del ideal eclesiástico; y del mismo modo que un día empezó a odiar a muerte ese ideal eclesiástico, al papa, a los santos y al clero en general, con un sentimiento que se intensificaba al no poderlo confesar, lo mismo le ocurrió a San Pablo. La ley se convirtió para él en una cruz en la que estaba clavado. ¡Cómo la odiaba! ¡Qué rencor sentía hacia ella! ¡Cómo se puso a buscar por todas partes la forma de

destruirla, en lugar de cumplirla en su propia persona! Al fin, como tenía que sucederle a aquel epiléptico, se hizo de pronto la luz en su espíritu mediante una visión, y le asaltó una idea liberadora. El celoso observador de la ley, de la que estaba íntimamente hastiado, vio que Cristo se le aparecía, en un camino solitario, con el rostro iluminado por un divino resplandor, y que le decía; «¿Por qué me persigues?».

Sin embargo, lo que en realidad había sucedido era lo siguiente: que su espíritu se había iluminado de pronto y que se había dicho: «Es absurdo perseguir a Jesucristo. Este es el camino que yo buscaba, la venganza total. Él, y sólo él, constituye el

aniquilador de la ley». De este modo, el enfermo atormentado por el orgullo recuperó la salud; se esfumó su desesperación moral, puesto que la propia moral había desaparecido al quedar destruida, es decir,

cumplida en lo alto de la cruz. Hasta entonces, esa muerte ignominiosa le había parecido el principal argumento contra la «vocación mesiánica» de la que hablaban los defensores de la nueva doctrina, pero ¿y si esa muerte había sido la condición necesaria para abolir la ley?

Las enormes consecuencias de esta idea repentina, de esta solución del enigma empezaron a agitarse en su cerebro, convirtiéndole, de pronto, en el más feliz de los hombres. Pensó que no ya el destino de los judíos, sino el de toda la humanidad, se encontraba ligado a ese instante de súbita iluminación; se creyó en posesión de la idea de las ideas, la clave de las claves, la luz de las luces, en torno a la cual giraría la historia en lo sucesivo. Desde ese momento, San Pablo se convirtió en el apóstol

destructor de la ley. Morir para el mal equivalía a morir por la ley; vivir según la carne a vivir según la ley. Ser uno con Cristo equivalía a convertirse, como él, en destructor de la ley; morir en Cristo suponía morir también para la ley. «Aunque se puede seguir pecando —señaló—, ya no sé peca contra la ley. Estoy fuera de esta». Y añadió: «Si ahora reconociese la ley y me sometiese a ella, convertiría a Cristo en cómplice del pecado», pues la ley no existiría más que para engendrar el pecado, al igual que la sangre corrompida produce la enfermedad. Dios no hubiera podido jamás decidir la muerte de Cristo, si hubiese sido posible cumplir la ley sin esa muerte. En adelante, no sólo se nos perdonan todos los pecados, sino que el pecado en si ha quedado abolido; en lo sucesivo, la ley ha muerto, así como el espíritu carnal en el que moraba, o al menos, ese espíritu está en trance de muerte y en vías de putrefacción. Sólo quedan unos días que seguir viviendo en medio de esta putrefacción. Tal es la suerte del cristiano antes de que, unido a Cristo, resucite con Cristo, participando con él de la gloria divina y siendo, como él,

hijo de Dios. En este punto llegó al máximo la exaltación de San Pablo, y con ella la intemperancia de su alma. La idea de la unión con Cristo le hizo perder todo pudor, toda mesura, toda sumisión, y la indómita voluntad de dominio que en él se daba se tradujo en una embriaguez anticipada de la gloria

divina. Así fue el

primer cristiano, el creador del cristianismo. Antes de él, este se reducía a una secta de judíos.

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Inimitable. Entre la envidia y la amistad, y entre el desprecio de uno mismo y el orgullo, se dan dos enormes tensiones. Los griegos vivían en la primera de estas tensiones; los cristianos, en la segunda.

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Para qué sirve una inteligencia tosca. La Iglesia cristiana es una enciclopedia de cultos antiguos, de concepciones de innumerables orígenes, y esta es la razón de que haya tenido tanto éxito en sus misiones. Tanto antes como ahora podía ir a todas partes con la seguridad de que siempre encontraría algo afín a ella, algo que podría asimilar, insuflándole poco a poco su espíritu. La causa de la expansión de esta religión universal no ha sido lo que contiene de cristianismo, sino lo que hay en sus prácticas de universalmente pagano. Sus ideas, cuyas raíces se encuentran a un tiempo en el espíritu judío y en el espíritu helénico, supieron superar, desde un primer momento, tanto las diferencias y sutilezas raciales y nacionales, como los prejuicios. Con todo, por muy admirable que sea esta capacidad de casar los elementos más dispares, conviene no olvidar sus cualidades despreciables: su asombrosa tosquedad, esa cortedad de inteligencia de la Iglesia en el período de su formación que le permitió adaptarse a

todos los regímenes y digerir contradicciones como si fueran piedras.

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La venganza cristiana contra Roma. Quizá no haya nada que hastíe tanto como un perpetuo vencedor. Durante doscientos años se había visto que Roma sometía a un pueblo tras otro; el círculo se había cerrado; daba la impresión de que el futuro estaba totalmente paralizado; todo parecía dispuesto a durar eternamente, a tener el carácter perenne del bronce. Quienes no conocemos otra melancolía que

la de las ruinas, apenas podemos concebir esa otra melancolía tan distinta: la de las edificaciones eternas; melancolía de la que habría que defenderse como fuera; por ejemplo, con la ligereza de Horacio. Otros buscaron distintos consuelos contra un cansancio rayano en la desesperación, contra el mortal convencimiento de que, en adelante, no había esperanza alguna para la acción de la inteligencia y del corazón, de que en todas partes acechaba la araña fatal que succionaría implacablemente toda la sangre que manara. Ese odio mudo del espectador cansado, que ya duraba un siglo, ese odio contra Roma en todos los lugares que esta dominaba, acabó por descargarse en el cristianismo, que metía en un mismo saco condenable a Roma, al

mundo y al

pecado. El cristianismo se vengó de Roma anunciando que el fin del mundo estaba cerca, y abriendo un nuevo futuro —Roma había sabido convertirlo todo en historia de su pasado y de su presente—, un futuro contra el que Roma no podía hacer nada; se vengó de Roma concibiendo el

juicio final. Y el judío crucificado, símbolo de salvación, aparecía, ante los orgullosos pretores de las provincias romanas, como el más hondo de los escarnios, ya que aquellos se convertían en representantes de la perdición y del

mundo, maduro ya para su caída.

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La idea de «ultratumba». El cristianismo halló esparcida por todo el imperio romano la idea de la existencia de las penas del infierno. Numerosos cultos secretos habían incubado esta idea con especial agrado, como si fuese la semilla más fecunda de su poderío. Epicuro creía que nada podemos hacer mejor por nuestros semejantes que extirpar esta creencia de raíz. El eco más hermoso de su triunfo lo encontramos en la boca de un seguidor de su doctrina: el romano Lucrecio, un discípulo sombrío desde luego, pero que supo abrirse paso hacia la luz. Lamentablemente, su triunfo llegó demasiado pronto. El cristianismo dio cobijo a la creencia en los horrores de la laguna Estigia, que ya empezaban a declinar; e hizo bien, pues, sin ese golpe de audacia, ¿cómo hubiera podido vencer, en pleno paganismo, la popularidad de los cultos de Mitra y de Isis? De este modo se ganó a las gentes miedosas, que son los adeptos más entusiastas de toda nueva fe.

Los judíos, que eran y siguen siendo un pueblo tan apegado —o más— a la vida como los griegos, habían cultivado muy poco esta idea. A estos hombres singulares les impresionaba suficientemente la amenaza definitiva de una muerte sin resurrección. No sólo no querían perder el cuerpo, sino que, con su refinado sentido egipcio de esta cuestión, trataban de conservarlo para toda la eternidad. (El mártir judío del que se habla en el libro segundo de los Macabeos no quiere renunciar a las entrañas que le han arrancado, y desea

tenerlas cuando resuciten los muertos. Esto es muy típicamente judío). Los primeros cristianos estaban muy lejos de la idea de unos castigos eternos; creían haber sido liberados de la muerte y esperaban, día tras día, una metamorfosis y no una muerte. ¡Qué impresión debió de producir en aquellas gentes expectantes el primer fallecimiento! ¡Qué mezcla de asombro, de alegría, de duda, de pudor y de pasión! ¡He aquí un tema digno realmente del genio de un gran artista! San Pablo no supo decir nada mejor, en alabanza de su Salvador, sino que había

abierto a todos las puertas de la inmortalidad; no creía todavía en la resurrección de quienes no se salvaban; más aún, como consecuencia de su doctrina sobre la imposibilidad de cumplir la ley, y de la muerte como efecto del pecado, sospechaba que nadie había conseguido hasta entonces la inmortalidad (salvo un pequeño número de elegidos, y ello en virtud de una gracia especial y no por sus méritos). Sólo entonces

empezó a abrirse paso la idea de inmortalidad, y pocos tenían acceso a ella: el orgullo del elegido no podía menos que imponer esta restricción.

Donde el apego a la vida no era tan grande como entre los judíos y los judeocristianos, y donde la perspectiva de la inmortalidad no parecía a primera vista más preciada que la perspectiva de una muerte definitiva, la creencia en el infierno —pagana, ciertamente, pero no del todo antijudaica— se convirtió en un instrumento eficaz en manos de los misioneros. Fue entonces cuando surgió la nueva doctrina de que el pecador y el que no se salva son también inmortales: la doctrina de la condenación eterna; y esta doctrina acabó imponiéndose a la idea de una muerte definitiva, idea que, a partir de este momento, empezó a declinar. La

ciencia ha tenido que recuperar esta idea, rechazando a la vez toda otra representación de la muerte y toda forma de vida de ultratumba. En este aspecto, nos hemos empobrecido, porque hemos perdido algo importante: ya no contamos con una vida

después de la muerte. Esto supone un indecible beneficio todavía demasiado reciente para ser considerado como tal en el mundo entero. Con ello, Epicuro ha vuelto a triunfar.

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A favor de la verdad. Aún seguís diciendo que la verdad del cristianismo se demuestra por la conducta virtuosa de los cristianos, por su firmeza ante el dolor, por su fe inquebrantable y, sobre todo, por su difusión y aumento, a pesar de todas las persecuciones. Esto es lamentable. Sabed que todo esto no prueba nada ni a favor ni en contra de la verdad; que la

verdad no se demuestra por la

veracidad, sino por otros procedimientos, y que esta última no constituye en modo alguno un argumento en favor de la primera.

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Una segunda intención de los cristianos. Posiblemente, los primeros cristianos concibieron la idea de que más vale estar convencido de que uno es culpable que creerse inocente, pues nunca se sabe cuál será la predisposición de un juez tan

poderoso como Dios; ya que es de temer que no espere hallar más que culpables que tienen conciencia de su culpa. Teniendo en cuenta su gran poder, es más fácil que perdone a un culpable a que reconozca que el hombre que se presenta ante él obró rectamente. Las gentes sencillas de una provincia, a la vista del pretor romano, se decían: «Es demasiado orgulloso para que nos podamos atrever a declararnos inocentes en su presencia». ¿Cómo no iba a proyectarse esta forma de pensar en la concepción que los primeros cristianos tuvieron del juez supremo?

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Ni europeo ni noble. El cristianismo tiene algo de oriental y de femenino, como pone de manifiesto, en relación a Dios, la idea de que «quien bien te quiere, te hará llorar»; ya que, en Oriente, las mujeres consideran que el hecho de que su esposo las castigue y las tenga encerradas constituye una prueba de amor por parte de este, y se quejan cuando les falta este testimonio.

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Reflexionar mal es convertir a algo en malo. Las pasiones se vuelven malas y pérfidas cuando se las considera de una forma mala y pérfida. Así es como el cristianismo logró convertir a Eros y Afrodita —potencias sublimes y susceptibles de ser idealizadas— en genios del averno y en espíritus de corrupción, creando en la conciencia de los fieles, ante toda excitación sexual, remordimientos que llegaron a constituir un auténtico tormento. ¿No es horrible convertir sensaciones necesarias y constantes en una fuente de torturas interiores, haciendo que estas torturas interiores las sufran, de un modo necesario y constante, todos los hombres? Además, aunque esta miseria se mantenga oculta, no por ello posee raíces menos profundas, pues no todos tienen la valentía de reconocer, como hace Shakespeare en sus sonetos, su melancolía cristiana en este punto.

¿Hay siempre que considerar

malo aquello contra lo que hay que luchar, lo que hay que mantener dentro de sus justos límites, y, en algunos casos, apartarlo totalmente de nuestro pensamiento? ¿No estaremos haciendo lo mismo que las almas

vulgares, que consideran que el enemigo es siempre

malo? ¿Con qué derecho llamamos enemigo a Eros? Las sensaciones sexuales, al igual que las de piedad y de adoración, tienen la particularidad de que, cuando las experimenta un individuo, hace un bien a otro por su propio placer, y no hay tantas disposiciones así en la naturaleza. ¡Y precisamente una de ellas ha sido calumniada y corrompida por quienes no tienen la conciencia tranquila, ya que vinculan la fecundación humana con la idea de falta!

Sin embargo, esta transformación de Eros en diablo ha acabado teniendo un desenlace cómico. El «demonio» Eros ha interesado cada vez más a los hombres que los ángeles y los santos, gracias al carácter secreto y misterioso que la Iglesia ha conferido a las cosas eróticas. Merced a ella, los

temas amorosos han llegado a convertirse en la única cuestión verdaderamente interesante para todos los estratos sociales —con una exageración que no se hubiera entendido en la antigüedad—, lo que algún día será motivo de risa. Toda nuestra poesía, todo nuestro pensamiento está hondamente caracterizado por la enorme importancia que se concede al amor, considerado siempre como el asunto fundamental. Quizá a causa de este juicio, la posteridad considere que toda la herencia de la civilización cristiana tiene algo de mezquino y de loco.

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Los tormentos del alma. Todos nos indignamos cuando vemos que alguien atormenta físicamente lo más mínimo a otro; la sola idea de que se torture físicamente a un hombre o a un animal nos hace estallar de irritación contra quien es capaz de cometer una acción semejante; no podemos resistir que se nos hable de actos de esta naturaleza. Sin embargo, no sentimos en modo alguno lo mismo cuando se trata de torturas psíquicas, pese a lo que tienen de terrible. El cristianismo las ha practicado en un grado insólito, y todavía predica esta clase de martirio, llegando incluso a tachar de desafecta y de tibia a una alma en la que no se dan tales torturas.

De todo esto cabe concluir que la humanidad sigue hoy comportándose ante las hogueras espirituales con la misma paciencia y la misma incertidumbre temerosa que mostraba antiguamente frente a las torturas físicas cometidas con hombres y animales. A decir verdad, la palabra infierno no ha tenido nada de inútil; al miedo real que su idea originó, ha correspondido una clase nueva, horrible y grave de compasión, antes desconocida, hacia los individuos

condenados irremisiblemente. Esta es la compasión que muestra, por ejemplo, el Convidado de Piedra hacia don Juan y que, durante los siglos de cristianismo, ha debido hacer llorar muchas veces hasta a las piedras. Plutarco nos ofrece una sombría semblanza del estado en que se encontraba el individuo supersticioso dentro del paganismo; pero esta imagen empalidece cuando la comparamos con la del cristianismo medieval que daba por

supuesta la imposibilidad de escapar de los

castigos eternos. Ante sus ojos veía surgir terribles presagios; por ejemplo, que un cigüeña llevaba una serpiente del pico y dudaba en comérsela, que toda la naturaleza se oscurecía de pronto, que corrían por el suelo ráfagas inflamadas, o que se le aparecían las almas de sus difuntos, mostrándole las huellas de sus tremendos sufrimientos. ¡Qué terrible morada supo hacer de la tierra el cristianismo, con sólo exigir que se colgaran crucifijos por todas partes y considerar que el mundo es un lugar en el que

el justo es atormentado hasta la muerte! Y cuando el fervor de un gran predicador presentaba en público los sufrimientos íntimos del individuo, las torturas de la

cámara solitaria; cuando un Whitefield, por ejemplo, predicaba

como un moribundo a moribundos, llorando a lágrima viva, dando violentas patadas en el suelo, hablando apasionadamente, con un tono brusco e incisivo, sin miedo a dirigir todo el peso del ataque contra una persona determinada, a la que rechazaba de la comunidad con extremada dureza, parecía que la tierra iba a transformarse en un

campo de maldición. Toda una muchedumbre echó a correr atropelladamente, presa de un acceso de pánico; numerosos individuos sufrieron angustiosos espasmos; otros cayeron al suelo desmayados; algunos se pusieron a temblar violentamente o ensordecieron los aíres durante horas con sus gritos estridentes. Por todas partes, la gente respiraba con angustia, medio asfixiada y jadeante. Un testigo ocular de este sermón señaló: «Y, en verdad, todos los sonidos que se escuchaban parecían producidos por los amargos

dolores de los que agonizan».

No olvidemos que fue el cristianismo quien convirtió el

lecho de muerte en un lecho de martirio y que las escenas que se han dado desde entonces, los acentos aterradores nunca oídos envenenaron los sentidos y la sangre de innumerables testigos, que transmitieron este veneno a sus hijos. Imaginemos si un hombre ingenuo podía borrar de su mente palabras como estas: «¡Oh eternidad! ¡Ojalá no hubiera tenido un alma! ¡Ojalá no hubiera nacido! ¡Estoy condenado, perdido sin remedio! Hace seis días, me hubierais podido ayudar. Pero ahora es ya demasiado tarde. Pertenezco al demonio, y le he de seguir hasta el infierno. ¡Ablandaos, míseros corazones de piedra! ¿No queréis ablandaros? ¿Qué más se puede hacer por quienes tienen un corazón de piedra? Me he condenado para que vosotros os salvéis. ¡Aquí está, sí, aquí está! ¡Ven, demonio, ven!».

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La justicia vengadora. El cristianismo ha puesto en una misma balanza la desgracia y la culpa, de forma que, cuando la desgracia que sigue a una falta es grande, la magnitud de esta última se establece involuntariamente en función del grado de gravedad de aquella. Sin embargo, esta apreciación no es

antigua, porque la tragedia griega, donde tanto se habla de desgracias y de faltas, aunque sea en otro sentido, constituye una de las grandes liberaciones del espíritu, en una medida que ni los mismos antiguos eran capaces de entender. Estos no se preocupaban de señalar una

relación adecuada entre la falta y la desgracia. La falta de los héroes trágicos viene a ser como la piedra en la que tropezamos, rompiéndonos un brazo o una pierna. Ante ella, según la forma antigua de pensar, se decía: «¡La verdad es que tenía que haber caminado con más precaución y menos orgullo!». Pero estaba reservado al cristianismo decir: «Detrás de esa desgracia tiene que haber

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