Anna

Anna


Tercera parte. El Estrecho » 10

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Caminaba asustada, tragando una saliva que no tenía, por el callejón de San Bartolomeo. Llevaba la mochila al hombro y en la mano la bolsa con el pulpo. Por los pantalones vaqueros cortos seguía saliendo un hilo de sangre.

Tenía que encontrar unos tubitos que su madre guardaba en el mueble del baño junto con una especie de pañales pequeños que parecían de muñecas.

En años de exploración había visto miles de aquellos tubitos. Los había visto en los cuartos de baño junto a las medicinas y al papel higiénico, en las farmacias y en los supermercados, donde incluso había un estante lleno de ellos. Los había usado como si fueran antorchas, mojándolos en alcohol; para limpiarse heridas; a modo de cigarros puros y como pajitas, una vez desprovistos del algodón. Los había usado de todas las maneras posibles menos como había que usarlos.

Pietro y Astor se habrían despertado y seguro que estaban preguntándose adónde había ido.

No debían verla así.

Torció la primera esquina y, seguida de Mimoso, se dirigió a la farmacia Muzzolini, que estaba al lado de la catedral. Un Range Rover se había empotrado contra el escaparate. Saltó por el capó y entró. Las paredes estaban revestidas de caoba y en los estantes había viejos envases de barro blancos y azules. En el suelo, entre mostradores volcados, había paquetes de compresas. Cogió Tampax, que eran los que usaba su madre. Las instrucciones decían que había que relajarse cuando se introducía el tampón por primera vez.

Se sentó en el capó del coche y se metió uno. La sorprendió que fuera tan fácil y tan poco doloroso. Entró en una boutique, se limpió con una camiseta y se puso unos pantalones cortos oscuros y una camisa de rayas que le llegaba a las rodillas. Volvió a casa aliviada. Llevar un paquete de compresas en la mochila la tranquilizaba.

La sorprendía que hubiera tenido la menstruación de pronto, sin dolor. Su madre, cuando «la tenía», se encontraba mal y tomaba un medicamento. A lo mejor se debía a la inmersión, que había alterado algún equilibrio de su cuerpo y un saco oculto en su vientre se había roto, como el saco de la tinta del pulpo. ¿Y no era curioso que le hubiera venido la regla justo el día después de su cumpleaños?

En el hotel había visto chicos de su edad, e incluso más jóvenes, ya contagiados de la Roja. Todos la observaban sorprendidos de que tuviera tetas y pelo y no tuviera ni una mancha. Al principio no había hecho caso, pero poco a poco había ido insinuándose en su ánimo la ilusión de ser distinta, especial. Creyendo que aquella esperanza era como la de quien, mientras cae, espera que le salgan alas, siempre la desechaba. Pero es sabido que las ilusiones brotan como flores envenenadas en quien tiene poco futuro.

Ahora, con aquel tubo metido allí, lo pensaba y se sentía una idiota. Era como todo el mundo. Anna recordó lo que su madre había escrito al final del capítulo dedicado al agua.

Cuando tengas sed, no esperes a que llueva. Reflexiona y busca una solución. Pregúntate: ¿dónde puedo conseguir agua potable? Es inútil esperar encontrar una botella en un desierto. Las esperanzas, para los desesperados. Existen preguntas y existen respuestas. Los seres humanos son capaces de convertir un problema en una solución.

Sumida en sus pensamientos, llegó a una plazoleta frente al mar. Se sentó en un banco y, distraída, se puso a acariciar a Mimoso.

Tenía que pensar. Tener la regla no significaba nada. Antes del virus, menstruar quería decir que el cuerpo estaba preparado para concebir hijos. Sólo después de la epidemia era señal de que una se iba a morir. No debía confundir la regla con la Roja.

O sea, no significa que no seas inmune. Calla, no empieces otra vez.

Lo cierto es que, entre la primera menstruación y la aparición de manchas, pasaba tiempo. A veces, poco; a veces, mucho. En cualquier caso, suficiente para llegar al continente.

Messina no quedaba lejos. Una semana de camino. Y, según los mapas, tampoco la tierra que había al otro lado del mar parecía muy lejana. Nadie sabía lo que pasaba al otro lado del Estrecho. Sicilia era una isla habitada por pocos supervivientes y en cinco, seis años como mucho no quedarían más que animales y plantas. Quizá en el resto del planeta habían vencido al virus.

Cefalú era un lugar bonito, pero allí morirían.

Comprobó una vez más que los pantalones no se hubieran manchado, respiró y entró en el garaje.

Pietro y Astor, en la penumbra, estaban llenando bidones de gasolina.

—Trae el embudo, que, si no, se sale —estaba diciendo Pietro.

Astor se irguió y vio la silueta de su hermana a contraluz.

—¿Dónde estabas?

No esperó a que le contestara. Corrió por un gran embudo azul que había en la mesa de las herramientas.

Anna levantó la bolsa.

—¡Sorpresa! —Ninguno de los dos se volvió—. ¡Eh! ¿Me oís? Traigo una sorpresa.

Astor echó un vistazo a la bolsa.

—El pulpo. Lo has atrapado. Bien. —Lo sacó y volvió a meterlo enseguida—. Luego lo veo. Estamos tratando de arrancar la moto.

Anna se apoyó en el coche.

Pietro, concentrado, sacaba los labios como si estuviera chupando por una pajita. Le caían mechones de pelo por la frente. Un rayo de luz incidía en su cuello. Tenía la nuca bronceada, pero más abajo, donde la tapaba la camiseta, la piel era blanca como la leche.

—¿Qué? ¿Cómo va la moto? —preguntó Anna, procurando mostrarse interesada.

—Hay que limpiar el carburador y cambiar la bujía. —Pietro cogió un bidón y con un embudo vertió un poco de gasolina en el depósito.

Anna dejó pasar unos segundos.

—Podríamos comernos el pulpo con guisantes. O con tomate. Pero no nos quedan. Y hay que encender fuego en la terraza.

—Vale. Ve tú —dijo Pietro, dejando el embudo.

Anna miró fuera. Se había levantado al alba, había salido en silencio para no molestarlos, casi muere luchando con el maldito pulpo y le había venido la regla.

El chico se volvió hacia ella.

—Tengo que comprobar los frenos.

Los ojos color avellana, jaspeados, restaban seriedad a la cara y le añadían un punto de incertidumbre. Era como si no creyera mucho en lo que decía.

—Muy bien —le contestó ella con una sonrisilla sarcástica.

Pietro no se percató, o no hizo caso.

—Creo que la bujía está sucia y por eso no arranca… —Calló y se quedó mirándola con la cabeza ladeada.

Anna se puso tensa y se miró los pantalones.

—¿Por qué me miras?

—Llevas camisa.

—Sí, ¿y qué? ¿No me queda bien? ¿No te gusta?

—Nunca te había visto con camisa. —Empezó a rebuscar en el banco de las herramientas y cogió un martillo. A todo esto, Astor se había puesto a sacarle brillo a la carrocería del sidecar con un trapo. Era la primera vez que su hermano limpiaba algo.

—Yo voy a casa. —Se volvió y dio dos pasos, pero cuando llegó a la persiana se detuvo—. Mañana nos vamos.

Pietro la miró con asombro.

—¿Mañana? No sé si podré arrancar la moto para mañana.

—Tú verás. Si la arrancas, bien. Si no, nos vamos a pie. Como siempre.

—Ya veo, hoy estás enfadada…

La chica levantó los brazos.

—¿Enfadada? No. Simplemente digo que nos vamos mañana.

Pietro dejó bruscamente el martillo en el banco.

—¿Porque tú lo dices?

—Sí. —Anna apretó los puños—. Y si no te gusta… —No concluyó la frase.

Astor pataleó.

—Pero Anna… —Se le colgó del brazo—. ¿Por qué?

—Porque lo he decidido. —Y se lo sacudió de encima.

El niño, en un arranque de rabia, soltó una patada a una moto, que cayó con un estrépito metálico.

Anna estalló. Dio un grito y lanzó la bolsa con el pulpo que, con un chasquido, se estampó contra los omóplatos de su hermano. Éste cayó de rodillas, lloriqueando.

Anna llamó a Mimoso con un silbido y salió del garaje.

Entró en la casa dando un portazo, fue a la terraza y se tendió con los brazos cruzados en una tumbona, sin dejar de hablar para sí. Luego, resoplando, se despojó de aquella horrible camisa. Se quitó los pantalones, se sacó el tampón empapado de sangre y lo lanzó por la barandilla. ¿Cada cuánto debía cambiarse aquel estúpido chisme? Se puso otro, llorando de frustración.

Quería matar a Pietro. Ella estaba atenta a cualquier cambio de humor que tuviera y él no se daba cuenta de nada. Apenas la había mirado. Ni siquiera había hecho caso de lo del pulpo.

—Se acabó —le dijo a Mimoso, que dormía con serena inconsciencia.

Se arrastró hasta la cama, se dejó caer en ella y se abrazó a la almohada. Se concentró en el ruido del mar y del viento que soplaba entre las hojas de los limoneros, esperando un sueño que no llegaba.

Despertó de repente. Llamó a Pietro y a Astor, pero no contestaron. Mimoso estaba en la cama, con la cabeza en la almohada. Lo echó arrugando la nariz:

—¡Dios mío, qué mal hueles!

Las puertas y ventanas vibraban batidas por el mistral. Un frente de nubes bajas y moradas se acercaba a la costa envolviendo el sol.

—¿Por qué no vienen? —le preguntó al perro, que se rascó el cuello.

Se había comportado mal en el garaje y ahora se sentía culpable. Se llevó la mano a la estrella de mar y la apretó. Cerró los ojos y recordó la noche anterior, en que habían dormido uno pegado al otro.

Una ola de calor lánguido le subió por el pecho y la dejó sin respiración.

Los chicos volvieron cuando el sol ya se había puesto, cargados de tarros de tomate que, muy satisfechos, dejaron caer en el sofá.

—¿Van bien éstos con el pulpo? —Pietro llevaba la bolsa con la bola viscosa.

—¡Sí, claro! ¡Perfecto! —Anna seguía aplaudiendo como una tonta, quería que la perdonaran—. Pero hay que cocerlo. Encendamos un fuego en la terraza.

Los iris de Pietro reflejaban la luz, parecían los de un animal de la selva, pero no estaba enfadado. Quizá con él podía fingir que no pasaba nada, pero había alguien al que debía pedir excusas.

Astor estaba jugando en la terraza con Mimoso. Se le acercó por detrás y le susurró:

—¿Estás enfadado?

Astor se volvió. Sus ojos azules habían perdido algo infantil que tenían y ahora había en ellos una seriedad adulta.

Turbada, le cogió las manos.

—Lo siento.

El hermano se echó en sus brazos. Entre los muchos defectos que le había transmitido, no estaba el rencor.

Como una perra con su cachorro, se abrazó estrechamente a aquel pequeñajo que era todo huesos y lo colmó de besos, en el cuello, en la frente, hasta que él empezó a cansarse.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta que te besen? ¿Prefieres que te muerdan? —Se le echó encima y le mordió un brazo. Astor puso una sonrisa de oreja a oreja. Y mientras ella le hacía cosquillas con el pulgar en los costados, él, riéndose, la golpeaba en la espalda. Aquella lucha repentina excitó a Mimoso, que quiso montar a Anna. Ella le soltó una patada y el animal corrió a esconderse tras las macetas de los limoneros, con el rabo entre las piernas.

Los dos hermanos se quedaron tumbados en el suelo de ladrillos, mirando las estrellas. Parecían tan cercanas que si uno alargaba la mano podía cogerlas y metérselas en el bolsillo.

—Bueno, ¿hacemos el fuego o qué? —La cabeza de Pietro tapó el cielo. Llevaba un bidón de gasolina medio lleno. Hicieron un montón con sillas y tumbonas, lo regaron de gasolina y le prendieron fuego. Enseguida se elevaron lenguas de fuego rojas y azules, cada vez más altas y chispeantes. Entusiasmados, arrastraron fuera los muebles del salón y los arrojaron a las llamas. El humo ennegreció los cristales del ático e invadió el piso. Pronto quedó el fuego reducido a ascuas.

—¡Echemos el colchón! —propuso Astor.

—¡No, el colchón no! —le contestaron a coro Anna y Pietro.

La chica abrió la bolsa del pulpo y se vio asaltada por una vaharada hedionda. Se consideraba una persona avezada a los malos olores, estaba tan acostumbrada al hedor de la carroña que ya no lo notaba, pero aquél pudo con ella.

—¿Da asco? —preguntó Pietro.

Anna se encogió de hombros y agitó la bolsa por el balcón. El monstruo tentacular que a punto estuvo de matarla voló en la oscuridad y se estampó contra la playa, no lejos del Tampax.

En una gran olla calentaron los tomates y los guisantes de lata, dándoles vueltas por turno y apostando a ver quién resistía más el calor. Cuando la sopa estuvo lista, la sirvieron en unos platos y se atracaron de aquella bazofia caliente, algo insípida pero buena.

Ni Pietro ni Astor le habían dicho nada de la moto y Anna se moría de curiosidad.

—¿Cómo va la Vespa? —preguntó de pronto.

Pietro rebañó con el dedo el borde de la olla.

—Pues ha arrancado un momento pero luego se ha calado y ya no ha habido modo de volver a arrancarla.

—Inténtalo otra vez mañana.

El chico se quedó parado con el dedo lleno de salsa.

—Pero ¿no dices que nos vamos? Montas un follón para…

—Un día más ¿qué cambia? Y es verdad que podremos llegar antes a Messina.

Astor se llevó el dedo a la sien mirando a Pietro y acarició a Mimoso, que bostezó abriendo mucho la boca.

—¿Y éste?

Los tres se quedaron pensativos.

—¡Somníferos! —dijo de pronto Anna—. Mamá dejó escrito que hay somníferos que te duran un día entero. Se los damos, esperamos a que se duerma y lo cargamos en la moto. Y cuando se despierte ya estamos en Messina.

Pietro no estaba muy convencido.

—Funcionará, ya verás —lo tranquilizó ella—. Mañana voy a la farmacia a buscarlos. Y, si no, a pie.

—A pie… —repitió Astor, abatido.

Se callaron, cansados, llenos de dudas, y se quedaron mirando las ascuas.

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