Angel

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Angel se sentó en la sala con la botella de tequila que María le había dado de su propia reserva. Como Charles Stuart no bebía licores fuertes, en la casa no había una sola botella de whisky. Y Angel no tenía ánimos de ir a la ciudad para comprar una. En su estado de ánimo era seguro que, si lo hacía, se metería en problemas.

No vio a su esposa desde que salió de su cuarto por segunda vez en esa mañana. En la primera oportunidad el enojo hizo que saliera sin sus botas. Ya iba camino al establo cuando cayó en la cuenta de que estaba descalzo. Tuvo que volver porque sólo tenía ese par, pero esperó hasta enfriarse un poco antes de llamar nuevamente a la puerta de Cassie.

Por entonces ella también estaba más tranquila. Por lo menos pudo hablarle civilizadamente al comprobar que las botas no estaban a la vista.

—Si Marabelle estaba en el cuarto, debes buscar bajo la cama — sugirió—. Allí suele guardar las cosas que quiere para sí.

—¿Qué quiere para sí? — La escena que imaginó le hizo fruncir el entrecejo. — No pienso pelear con tu Marabelle por mis botas.

—No hará falta. Por si no te has dado cuenta, no está aquí.

Él no se había dado cuenta. ¿Cómo podía ver nada si apenas podía apartar los ojos de Cassie? Aún con la cabellera bien recogida y el vestido correctamente abrochado, sin duda se había puesto también un par de bragas, seguía viéndola como la noche anterior, tendido bajo él, con el largo pelo castaño esparcido en la almohada y los pechos plenos...sin bragas.

Estaba ocurriendo otra vez. Ya había perdido la cuenta de las veces que se había excitado recordando lo de la noche anterior. Estiró las piernas y bebió otro poco de tequila, pero eso no lo ayudó a olvidar.

Había tenido que ponerse de rodillas para buscar debajo de la cama. Ella hizo lo mismo por el lado opuesto. Las botas estaban allí junto con un montón de cosas irreconocibles...y el vestido de encaje blanco y color espliego. Fue lo primero que él sacó para mostrarlo en alto.

—Un bonito vestido de novia, Cassie. Lástima que no te quitaste el abrigo.

Ella se limitó a mirarlo con ojos muy grandes sin responder. Angel, sin saber por qué había dicho eso agregó incómodo:

—Parece que el gato no lo ha estropeado.

—Por supuesto. Sabe que no debe mascar mi ropa.

—¿Y las botas sí?

—Ese es otro caso. A Marabelle la vuelven loca.

—¿Por el olor a cuero?

—A sudor, antes bien.

Él sintió deseos de reír al oírselo decir de ese modo, como si fuera obligatorio saberlo. Ella le hacía reír en los momentos más extraños y, generalmente, por cosas que no eran divertidas. Pero no rió. Sacó las botas y salió del cuarto antes de ceder al impulso de hacerle nuevamente el amor.

Había hacho mal en subir a su cuarto la noche anterior. Lo sabía. Era una gran estupidez. Empero, sin culpa por su parte se encontraba con el derecho legal de hacer el amor a la mujer que lo volvía loco de lascivia.

No había modo de pasar eso por alto una vez que la idea tomaba asidero. No podía luchar contra una tentación tan potente. Esa mañana había dicho la verdad. Pero a ella no le interesaban los motivos; le importaba poco haberse convertido en su debilidad. Aún estaba muy alterada por el hecho de que el casamiento forzado hubiera cobrado momentánea vigencia.

R. J MacKauley era un tipo de mal genio, pero lo que había hecho no era nada grave. Todos lo sabían...salvo Cassie. Ella había querido impedirlo a toda costa. Angel aún se enfurecía al recordar como había luchado por evitarlo. Y eso también era una estupidez; tomarse el rechazo tan a pecho sabiendo que no tenía ninguna posibilidad de ser aceptado por una mujer como ella.

Nunca antes había sentido tal maraña de emociones. Y no sabía cómo calmarlas...salvo alejándose. Dentro de pocos días podría hacerlo. Eso era todo lo que hacía falta, alejarse de la tentación. La distancia se encargaría de ordenarle las ideas, ponerlo otra vez en su senda solitaria y acabar con esos tontos anhelos de algo distinto.

Y partiría con la página en blanco. Ya no debía nada a nadie...

¿Qué no? Al subir al cuarto de Cassie la noche anterior, sabía que iba a crearse una deuda con ella. Cassie no le habría entregado su virginidad si hubiera tenido alternativa. Hasta entonces siempre le había impedido jugar con eso. ¿Y cómo se saldaba una deuda como esa?

La respuesta surgió con bastante celeridad pues el tequila aún no le había ensordecido los pensamientos. Él sabía lo que Cassie deseaba. Su habito de entrometerse había empeorado una mala situación; como resultado, ella dejaría tras de sí a algunas personas muy desdichadas. Nada quería tanto como resolver eso para poder volver a su casa con la conciencia tranquila. No era la especialidad de Angel, pero tal vez pudiera hacerlo por ella. A Cassie no le gustarían sus métodos, al fin y al cabo, a nadie le gustaban, pero se podía hacer.

Iba a echarse otro trago, pero la oyó llegar y se puso tenso. Caramba, esos ronroneos atravesaban las paredes. Observó las puertas abiertas apretando el vaso entre los dedos. Generalmente no lo molestaba. No era la primera vez que se cruzaba con ella dentro de la casa; siempre se limitaba a mirarlo con esos enormes ojos dorados.

Lo mismo hizo al aparecer en el vano de la puerta. Como se sentó sin hacer ademán de entrar en la sala, él se relajó un poco.

—Muchacha inteligente — dijo saludándola con la cabeza—. Después de haber encontrado en mis botas esas marcas de dientes, soy tu peor enemigo. Así que mantén dis...

En un par de saltos Marabelle estuvo a sus pies. Los olfateó un poco y se dejó caer al suelo para enroscarse junto a sus tobillos, literalmente, plantándole una zarpa para impedir que se movieran. Él no iba a ceder.

—Si empiezas a limpiarte los dientes conmigo, te mato — le advirtió.

Sin levantar la vista, la pantera empezó a frotar la cara contra el borde de una bota. Angel no acercó la mano a su revólver.

—Demonios, eres tan mala como ella. No sabes cuándo ceder.

La pantera seguía ronroneando. Angel la vigilaba con atención. ¡Y cómo raspaban sus dientes contra el borde de su bota! Meneando la cabeza, decidió que el tequila debía de ser más potente de lo que pensaba. De otro modo no se habría quedado sentado allí con una pantera adulta royéndole los pies.

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