Ana

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Segunda parte. Las manos » 26

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El agua hirviendo de la máquina sonó con fuerza. A continuación salió un chorrito de líquido humeante sobre el vaso de cartón. Los dedos firmes del hombre introdujeron una bolsa de té en su interior, la aplastó ligeramente con una cucharilla de plástico, dejando que el agua se tiñera de un color rojizo. Óscar Iturbe daba la impresión de ser un tipo metódico y paciente, alguien difícil de alterar. Su puesto como fiscal en el Juzgado de Violencia sobre la Mujer no era el mejor sitio para lanzar una carrera al estrellato. Puede que me equivocara, pero me daba la impresión de que aquel rubio no era el típico funcionario que se conformaba con dejar pasar los años e ir escalando peldaños lentamente. Se llevó el vaso a la comisura de los labios y dio un trago pequeño, casi imperceptible. Era un buen momento para abordarlo, no había nadie más en aquella esquina del primer piso frente a la máquina de cafés y, en cualquier caso, no tenía otra opción. La juez nos había expulsado a Concha, a Sofía y a mí de la sala, y había hecho un receso de treinta minutos. El caso continuaría con la declaración de Felipe sin nuestra presencia, todo recaía en manos de la Fiscalía, o sea, de aquel hombre.

—¿Sin azúcar? —pregunté.

Iturbe me miró, no le sorprendió que lo abordara, supongo que incluso lo esperaba.

—Prefiero amargo —respondió—. ¿Quieres?

—No, gracias. A mí, por el contrario, me encanta el azúcar, soy muy dulce aunque no lo parezca a primera vista.

Sonrió amablemente. Me fijé en el corte perfecto de su pelo, su dentadura blanca y simétrica, el traje y la corbata impecables, los zapatos impolutos que parecían recién salidos de la tienda. Confirmé mi impresión inicial: una mezcla entre vendedor de El Corte Inglés y ejecutivo de cuentas de una cadena multinacional. Desde luego, no respondía al prototipo de funcionario gris. Traté de animarme pensando que quizá era uno de esos optimistas, alguien que de verdad quería hacer bien su trabajo.

—No te preocupes por la declaración —dijo amable—. Yo me encargaré, estoy acostumbrado.

—Los dos sabemos que no va a funcionar —respondí—. Resano le va a dar la custodia a ese cabrón si no hacemos algo.

—El caso no es muy sólido —titubeó Iturbe dándome la razón sin dármela—. Y si me permites que te lo diga, no ayuda mucho que insultes y amenaces al demandado en mitad del tribunal.

—Lo admito. En eso tienes razón. No he podido evitarlo.

—Ya, bueno, Resano es una persona justa, haré todo lo que pueda.

—Me la tiene jurada —dije, había decidido contarle mi pequeño secreto—. Esa juez me odia desde que me acosté con el gilipollas de su marido.

Iturbe sonrió, ahora sí que le había sorprendido.

—¿Te acostaste con… Adolfo? —preguntó bajando el tono de voz entre fascinado y divertido con aquella revelación.

—Fue hace tiempo y no estoy orgullosa de ello. Simplemente ocurrió. Son cosas que pasan.

—Ya, ya, pero es que Adolfo…, no me lo puedo creer.

—Yo tampoco, la verdad.

—No es bueno mezclar el placer con el trabajo, abogada —dijo sonriendo, y me guiñó un ojo.

Lo prometo: aquel rubiales me guiñó un ojo. Tal vez quería hacerse el simpático. O incluso ligar conmigo, estoy segura de que en aquel edificio Iturbe debía hacer estragos entre las funcionarias. Me alegraba por él. No obstante, lo he dicho y lo repito: aquel muñeco no era mi tipo. No quiero dar una impresión equivocada ni parecer lo que no soy, reconozco que tengo un muy amplio abanico de tipologías masculinas por las que podría sentirme atraída, pero lo cierto es que con alguien como él no tenía ni para empezar. Y lo que era más importante, estaba allí para ayudar a Concha, no para entablar una relación de alguna clase con aquel fiscal ni con ningún otro.

—Tienes que llamar a declarar a la niña —solté sin previo aviso.

—¿Perdona?

—La única oportunidad que tenemos es que la juez escuche a la niña, la hija mayor del matrimonio, se llama Jimena, la conozco muy bien y te garantizo que dirá lo que tiene que decir. Yo no puedo citarla porque me han echado de la sala y también porque si hago yo la petición ambos sabemos muy bien que Resano la denegará.

—Una menor en la comparecencia, no sé, no lo veo claro, es mejor esperar al juicio para eso.

—Escucha, no tenemos tiempo, Jimena no es una niña pequeña, tiene trece años ya, Resano accederá. Si no declara hoy, ese cabrón se quedará con la custodia, con la casa y con todo. El juicio puede tardar mucho. No es justo. Y sobre todo, es indecente que un maltratador se salga con la suya.

—Suponiendo que decidiera hacerte caso y llamarla, que es mucho suponer, no habría tiempo, la comparecencia está en marcha, la juez tiene que decidir esta misma mañana.

—No te preocupes por eso —dije señalando mi teléfono móvil—. Una colaboradora puede recogerla en el colegio y traerla aquí en menos de veinte minutos.

Había puesto a Ronda sobre aviso desde el día anterior. No quería recurrir a la niña, pero aún menos quería ver que Felipe se quedaba con la custodia durante semanas o meses.

—¿La madre está de acuerdo con la petición? —preguntó Iturbe.

Medité mis palabras. Tuve la impresión de que la respuesta podía determinar la decisión de Iturbe.

—Lo estará. Escucha, por favor, digamos que la Fiscalía considera que para tener un verdadero enfoque objetivo de los hechos es imprescindible escuchar a la niña. La juez no se negaría aunque los abogados o los padres no estuvieran de acuerdo.

—Me arriesgo a que la juez se tome a mal una petición de última hora. Y tengo que verla a diario.

—En ocasiones hay que arriesgarse, ¿no te parece?

El guaperas chasqueó la lengua, aquella situación no le gustaba.

—Resumiendo —dijo—, quieres que solicite la declaración de una menor sin el consentimiento expreso de sus padres. Sabiendo que a la juez no le gustan las sorpresas ni los retrasos. Quieres que confíe en que la niña tiene buen criterio y va a arrojar luz sobre lo que verdaderamente está ocurriendo en el seno de su familia, y que su testimonio no le afectará ni le hará sentirse culpable por tener que explicarles a unos extraños lo que ocurre en su casa. Y además pretendes que haga todo eso ahora mismo.

Así dicho, no sonaba tan bien como en mi cabeza.

—Esa es un poco la cosa.

—Y yo ¿qué gano? Sigo sin ver qué ventajas tiene para la Fiscalía hacer semejante petición, y en concreto para mi persona.

La pregunta me dejó descolocada por un instante, no me lo esperaba.

—La posibilidad de que se haga justicia. Eso ganas.

Iturbe volvió a sonreír, definitivamente aquel hombre ganaría el premio a míster Fotogenia Judicial si se lo propusiera. Dio un nuevo trago a su té, parecía estar alargando su decisión a propósito. Me había costado mucho convencer a Concha de que presentara la denuncia, no pensaba dejar que todo se fuera por la borda sin intentarlo al menos.

—Lo haré con una condición —dijo al fin.

—Te recuerdo que estamos en el mismo bando.

—Lo único que quiero es que a cambio me hagas un favor.

—¿Qué tipo de favor?

—Eso aún no lo sé. Tarde o temprano me plantaré delante de ti y te pediré algo. Ahora mismo no tengo ni idea de qué será, pero tienes que prometerme que cuando llegue el momento me ayudarás, anteponiendo mis intereses a los tuyos.

Después de todo, el rubiales también tenía un lado oscuro.

—Está bien, te debo una —musité.

—Me debes un favor importante. Y cuando te lo pida, no podrás negarte. Sea lo que sea —insistió.

No me hacía ninguna gracia, pero no tenía más remedio que aceptar.

—Sea lo que sea —dije.

Nos dimos la mano, sentí su piel fría y tersa y pensé que aquel fiscal era mucho más de lo que parecía a primera vista. Después del apretón de manos, había quedado claro que volveríamos a vernos, una ligera inquietud recorrió mi cuerpo al pensar qué podría llegar a pedirme.

—Voy a solicitar la exploración de la niña —dijo apurando el té—, siendo mayor de doce años, supongo que Resano no pondrá demasiados problemas. Encárgate de que la recojan y la traigan lo antes posible. Ayudaría que la madre esté de acuerdo, o al menos que no se oponga.

—Yo me encargo —dije.

Iturbe tiró el vaso a una papelera y se encaminó con decisión hacia la sala. Estaba segura de que conseguiría persuadir a Resano.

Yo marqué de inmediato un número en el móvil. A los pocos segundos escuché la voz de Ronda al otro lado del teléfono:

—¿Cómo ha ido? —preguntó.

—Aún estamos en ello. Necesito que vayas ahora mismo al colegio de las niñas, recojas a Jimena y la traigas. En cuanto cuelgue contigo, llamaré al centro para que no te pongan problemas.

—Salgo para allá —contestó ella sin hacer más preguntas—. Por cierto, ya sé que no es el momento, pero Gerardo no ha llegado aún y no contesta al móvil, pensé que querrías saberlo.

—Gracias, Ronda, ya nos ocuparemos de eso más tarde. Ahora ponte en marcha.

Colgué el teléfono y me dirigí a la habitación contigua, donde debían estar esperando Sofía y Concha. Sabía perfectamente que mi amiga se iba a negar a que su hija acudiera al juzgado a declarar. También sabía que yo le había prometido que, en la medida de lo posible, lo evitaríamos. Pero era nuestra última oportunidad. Para ser sincera, ni siquiera estaba segura de lo que diría Jimena cuando le preguntara la juez, simplemente confiaba en que dijera la verdad.

Mientras caminaba, marqué el número directo del colegio Santo Ángel. Lo tenía preparado por si era necesario. Después de tres tonos, escuché una voz masculina aflautada, supongo que sería el recepcionista.

—Santo Ángel, dígame.

—Buenos días —dije—. Verá, necesito hablar con la directora Romero.

—Ahora mismo la directora está ocupada, si es tan amable de dejarme sus datos, le pasaré el mensaje para que le devuelva la llamada en cuanto le sea posible.

—Es muy urgente. Soy la abogada de Concha Andújar y necesito hablar ahora con la directora Romero.

Tras un silencio incómodo, mi interlocutor reaccionó:

—Le paso.

Me dejó en espera. Doblé la esquina con el móvil en la mano, allí estaban Concha y Sofía. Me acerqué decidida hacia mi amiga, les hice un gesto para que aguardaran antes de hablar. Hasta que escuché una voz en el teléfono.

—Buenos días, soy la directora Romero, me han dicho que es un asunto urgente.

—Así es —respondí elevando el tono de voz para que, además de ella, también pudiera escucharme la propia Concha—. Le agradezco enormemente su tiempo. Le suplico que espere un segundo, voy a pasarle con la señora Andújar.

Alargué la mano con el teléfono hacia Concha, tapando el altavoz. Ella retrocedió un paso de forma instintiva, oliéndose que aquello no le iba a gustar.

—Tienes que ponerte al teléfono —dije—. Es la directora del colegio Santo Ángel, necesito que autorices a Ronda para que recoja a Jimena y la traiga aquí.

El rostro de Concha se transfiguró.

—Te dije que no…

—Escúchame antes de negarte —la corté con firmeza—. Estamos a punto de perder la custodia y de que Felipe se quede con las niñas, con la casa y con todo. La única opción es que Resano escuche a la niña. Me has ocultado tu historia con Ale durante meses, incluso cuando lo detuvieron por asesinato. Sabes de sobra que me lo tendrías que haber contado y sin embargo no ha salido de mi boca ningún reproche. Ahora te pido que actúes con un poco de cordura y hagas caso a tu abogada. Jimena ya no es ninguna cría, es una adolescente hecha y derecha, sabe distinguir entre el bien y el mal, sabe perfectamente lo que es bueno para ella misma. Necesitamos que Resano se lo oiga decir en voz alta. No lo hagas por ti, hazlo por tus hijas. Te estoy hablando muy en serio. Si no coges este teléfono, ese cabrón de marido que te ha amargado la vida va a seguir haciendo lo que le dé la gana. Por favor.

—Me habías prometido que no declararían.

—Te había prometido que lo intentaría. Solo Jimena, las pequeñas ni se enterarán.

Con temor, sin mucho convencimiento, Concha cogió el teléfono. Tuve que hacerle un último gesto de ánimo para que las palabras salieran de su boca.

—¿Mari Luz? —preguntó.

La directora debió contestarle y ella le explicó que una compañera de trabajo iba a recoger a Jimena en un rato. Mientras terminaba de hablar, crucé una mirada con Sofía.

—¿Crees que Resano escuchará a la niña? —me preguntó.

—Si se lo pide la Fiscalía, creo que sí.

—No sabía que fueras amiga del rubio —dijo Sofía con cierto sarcasmo.

—Querida Sofía, eres una buena abogada, pero hay muchas cosas que no sabes. No importa, ya las irás aprendiendo.

—Como eso de insultar al demandado delante del tribunal, es una táctica novedosa para mí.

—Lo reservo únicamente para los lunes por la mañana. Deja de decir chorradas y haz algo útil, acércate a la sala y averigua qué ha pasado, si la Fiscalía ha hecho ya la solicitud de exploración de la menor, y sobre todo si Resano ha accedido. No perdamos ni un minuto.

—Sí, será mejor que tú no aparezcas —respondió, y se marchó directa hacia la sala.

Tal vez la dejaran asomarse, una cara bonita y dulce puede ser más persuasiva que muchos argumentos de peso.

Concha me devolvió el móvil y las dos nos quedamos allí de pie esperando que ocurriera algo.

—Nada está saliendo como yo tenía previsto —se lamentó Concha.

—Eso mismo podría decir yo de los últimos años de mi vida —respondí lacónica.

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