Alma

Alma


XXIV. La Comunidad del Agujero

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Alma caminaba con paso seguro, intentando progresar hacia el centro de la ciudad. Calculaba, simplemente, que cuanto más al centro, más oportunidades tendría de encontrarse con los Descarnados. Sólo necesitaba uno, un pequeño encuentro para comprobar lo que quería saber, y con eso sería suficiente. Una moto en la que iban dos personas llegó rugiendo por la avenida que venía siguiendo, pasó a unos metros de donde ella estaba y viró bruscamente a un lado para pasar junto a una pareja de ancianos. Al superarlos, el chico que iba detrás extendió el brazo con el casco en la mano. El casco golpeó a la anciana en la cabeza y la lanzó un metro hacia atrás. Alma cerró los ojos instintivamente, pero el sonido penetró en sus oídos a pesar de la distancia, un sonido grave y retumbante. Cuando volvió a abrirlos, el hombre corría hacia su esposa con paso tembloroso y los brazos extendidos. La moto desapareció calle arriba con el tubo de escape vomitando un sonido horrible y cruel.

Alma no tuvo que esperar para conocer el desenlace. Ella, la anciana, estaba ya de pie, al lado de su cuerpo caído, mirándose con incredulidad.

Había visto ya la escena unas cuantas veces, y siempre era lo mismo. Unos instantes de confusión seguidos por una expresión anonadada a medida que la Verdad se abría camino en su Yo esencial. La Verdad de las cosas. Entonces comprendían; la mayoría comprendía, y seguía su camino.

La anciana lo hizo. Comprendió, o mejor dicho, recordó… y sonrió ligeramente. Luego miró con dulzura a su marido, que estaba arrodillado en el suelo, a su lado, incapaz de emitir sonido alguno, pareció cimbrear ligeramente y desapareció sin dejar rastro.

Alma siguió su camino.

Los motoristas pudieron haberla elegido a ella como víctima, eso, sin duda. Podían haberla golpeado en la cabeza arrancándola de su proceso vital en un solo instante. Fin. Si hubiera sido así, habría comprendido, antes de morir, que su teoría sobre los Descarnados era incorrecta, porque si era cierta… si era cierta conseguiría atravesar todo el espantoso caos en el que se había convertido la ciudad para conseguir su objetivo. Si su teoría era cierta, lo haría. Sin duda. Cualquier otra cosa, simplemente, no tendría sentido.

Caminó como una Helena de Troya, entre el sufrimiento de la ciudad, para conocer su destino.

Habían pasado dos horas y media y no había ni rastro de la doctora ni de la encantadora pareja de amigos. Alfred estaba nervioso.

Se fue corriendo al canal de chat y aporreó el teclado con manos sudorosas.

<BigAl>: ¡No tengo vehículo! ¿Puede alguien recogerme?

Ninguna respuesta.

Probablemente, era demasiado tarde para que alguien estuviera todavía junto al ordenador; todo el mundo debía de haber salido y estar ya en camino. Si los teléfonos móviles funcionasen, sería otra cosa; habría podido contactar con alguien para que lo recogiese, pero sin ellos… estaba solo, perdido y varado en dique seco.

Pensó durante unos instantes.

Tenía que ir. Tenía que estar en el punto de encuentro en el plazo de tiempo acordado porque era importante. Era importante de veras. Y ahí fuera, en la calle, había un montón de vehículos. Se dijo que en tiempos de necesidad cualquier cosa era admisible. Se dijo que había circunstancias especiales.

Suspiró, abrió una ventana en el navegador de internet y escribió: HACER UN PUENTE, ARRANCAR UN COCHE SIN LLAVES.

La zona por la que estaba cruzando parecía de otro tiempo, como si algo, de repente, la hubiera envejecido. Era por el color de las cosas. El asfalto parecía más claro, como enfermizo, las fachadas estaban deslucidas de manera que las grietas y las imperfecciones llamaban mucho más la atención, cubiertas de una pátina de algo parecido a un tinte sepia. Los cristales parecían ahumados, y los pocos árboles que adornaban las medianas en las avenidas eran feos y grises, como estructuras de piedra burdamente esculpidas.

Y la calle…

Allí estaban los cadáveres de la gente que había intentado huir, desmadejados y dispuestos en montones, arrojados al suelo en su carrera por la vida, sin que hubieran tenido nunca ninguna oportunidad. Era como si fueran muñecos que un niño hubiera dejado tirados por todas partes después de una tarde de juegos.

No sólo había cadáveres. Los Descarnados habían sido caprichosos y erráticos en su hambre, y por todas partes había gente confusa. Algunos corrían hacia un lado, otros lo hacían en sentido contrario. Una mujer «se llama Susan, es irlandesa, y pinta ángeles con alas», se encontraba tirada en el suelo con un zapato en la mano, el cabello rubio caía despeinado sobre su rostro anegado en lágrimas. A su lado, un caballero con una fea herida en la frente caminaba con las llaves del coche en la mano, describiendo inesperados giros bruscos como si no recordase dónde había aparcado. A poca distancia, una visión espantosa: una señora mayor arrastraba un bebé con la mano derecha, como si fuera un juguete roto en manos de una niña. A juzgar por la laxitud de la cabeza y los brazos, estaba muerto, eso seguro.

La miró y pareció establecer una conexión instantánea. La voz de sus pensamientos la impactó, nítida y rápida como una bala.

Fue mi decisión, ¿no? Mi decisión. Y no hay errores. Nada de lo que haga puede estar mal, porque… no hay… errores.

Alma sacudió la cabeza con pesar. Ya no podía hacer nada por aquel bebé, cualquiera que hubiera sido su historia, y por muy terrible que resultase, intentó concentrarse en lo que estaba haciendo. Cuanto antes supiera, mejor. Mientras captaba los pensamientos confusos de alguien más (cuando éramos pequeños y jugábamos entre los cadáveres se nos daba whisky antes de cortarnos las piernas) se dijo que tendría que tener cuidado en lo sucesivo, levantar sus escudos psíquicos si no quería inundarse de la basura mental de toda aquella gente en estado de shock, de su drama, su hostilidad y su profunda tristeza.

Por lo demás, no captó allí ningún rastro vital o energético de la gente que había sido arrancada de este mundo: nada, ninguno. Era como si toda la actividad a la que estaba tan acostumbrada se hubiera marchitado. Pensó que los Descarnados no se nutrían sólo de lo obvio, de las almas eternas de aquéllos a los que atacaba, sino de todo lo demás, todo lo que los ojos, normalmente, no quieren ver. Los ecos, las energías. Todo.

Se sentía horrible. Para una persona normal era duro enfrentarse a la visión de tantos cadáveres, pero ella, más que nadie, supo que la realidad era aún peor. «La muerte de las muertes», se repitió, con el corazón congelado.

Estaba sudando a pesar del frío. Tuvo que recordarse que aquel helor no venía provocado por circunstancias climatológicas, y por lo tanto no se percibía en la piel, sino dentro, muy dentro.

Un disparo en una calle cercana le hizo dar un respingo y la empujó a continuar andando. Y lo hizo durante un buen rato mientras el tiempo parecía dilatarse y contraerse sin que tuviera ninguna noción o control sobre él. Por todas partes veía lo mismo, y a veces era aún peor: había estallidos de violencia, gente que se enzarzaba en disputas sin que pudiera explicarse el motivo. Alguien iba registrando los cadáveres y mirando el contenido de sus carteras y bolsillos: relojes, cadenas, pulseras, teléfonos móviles y dinero en efectivo. Un hombre llegó hasta ella envuelto en una gruesa película de sudor, y cuando pasó a su lado, dijo:

—¡Eh!, ¿puedes… puedes sentirlo, eh? ¿Puedes? Es lo que siempre decía… ¡Yo siempre lo decía, y ahora está por todas partes!

Alma se volvió para verlo alejarse, con los brazos levantados mientras gritaba: «¡Por todas partes, por todas!».

Caminó mirando hacia el cielo y preguntándose en qué dirección debía seguir a continuación. Estaba por entonces cerca del barrio de Chapeltown, donde se asentaba la población negra de Leeds. Lo cierto era que no tenía ni idea; no sabía si se alejaba o se acercaba a los Descarnados, y era en verdad difícil saberlo, incluso con sus extraordinarias percepciones. Cuando trató de cerrar los ojos para, simplemente, sentir, no sirvió de nada. No sólo había demasiadas interferencias por los pensamientos y sentimientos a flor de piel de los supervivientes, por todas partes recibía la misma tristeza, honda y terrible, y el mismo desánimo funesto, como si toda la ciudad hubiera quedado impregnada. Así que caminó al azar tomando una calle u otra, movida por algún extraño sexto sentido, diciéndose a sí misma, de nuevo, que si tenía razón… Bueno, si tenía razón, no tardaría en encontrarse con algún Descarnado. Pronto.

Entonces, algo llamó su atención.

Las sombras.

No había muchas, porque el cielo era un nubarrón oscuro que se desplazaba a cierta velocidad hacia el nordeste, pero por doquier, los edificios conformaban esquinas tenebrosas, también debajo de los vehículos y en muchos otros lugares, como las que proyectaban sutilmente las personas que deambulaban por todas partes. Y éstas chirriaban ante su percepción estrictamente mundana de las cosas, como cuando se examina una lámina que tiene mal la perspectiva y ésta parece, de una manera apenas insinuada, protestar ante la vista.

Porque no estaban bien.

Apuntaban, de una manera algo forzada, hacia un punto determinado, al final de la calle, algo hacia la izquierda. A veces, hasta las líneas rectas que debían proyectar formas uniformes se torcían inesperadamente en algún punto, provocando un efecto visual curioso.

«Van hacia ellos —pensó, abriendo mucho los ojos, en los que asomaba un destello de comprensión—. Es por allí».

De pronto, un grupo de jóvenes salió inesperadamente de uno de los portales, riéndose y a la carrera. La escena, enmarcada en ese entorno de pesadilla, parecía tan fuera de lugar que Alma se detuvo unos instantes, sorprendida. Los jóvenes iban haciendo bromas y dándose codazos, como si salieran de clase o se estuvieran preparando para ir a una fiesta un viernes por la noche. Uno de ellos saltó sobre el capó de un coche y luego volvió a saltar otra vez hacia el suelo, levantando los brazos en el aire. El coche empezó a protestar con su alarma sonora: BIP BIP BIP BIP.

No tardaron en cruzarse con ella. Alma no quería ser motivo de su atención, quería pasar desapercibida y que se olvidaran, pero se habían colocado justo delante. Entonces los miró de soslayo y se quedó inmóvil, intentando componer una expresión neutra y desaparecer de la escena, de sus pensamientos.

Las risas se fueron diluyendo hasta desaparecer. El que iba delante se quedó plantado, contrariado, mirándola a la cara.

«Los ojos —pensó Alma de repente, apretando los dientes—. Son mis ojos».

Bajó la cabeza.

A veces se le olvidaba.

—Hostia —exclamó alguien—. Mirad qué ojos tiene esta tía.

—Los he visto… —dijo alguien más.

—¿A ver? ¿Qué ojos? ¿Qué les pasa?

—Son raros de cojones…

—Eh, tía… ¡enséñanos los ojos!

Alma suspiró largamente, pero levantó la cabeza. No tenía sentido no hacerlo a esas alturas, sería como una provocación. Eran seis, y no tendrían más de veinte años, todos vestidos con ropa informal.

—¡La hostia! —soltó uno de los chicos.

Se quedaron callados.

De pronto, un pequeño detalle en la camiseta de uno de ellos llamó su atención. Era vieja y raída, de un negro desvaído, con las letras MAY THE 4TH BE WITH YOU, pero había algo más. Sobre la tela negra no se notaba, pero en contraste con las letras blancas se percibía claramente que se trataba de una sustancia densa, roja y pegajosa.

También estaba en el antebrazo de uno de ellos, subiendo en espiral como las cintas de una alpargata romana.

Alma recibió un ramalazo de súbita comprensión.

«¿Qué habéis hecho, chicos? ¿Qué…?».

Y la información llegó, claro, como la de la mujer que arrastraba el bebé muerto.

—¿Qué son esos ojos, tía? —preguntó uno de ellos.

—Esta tía es una de esas cosas raras —soltó alguien en voz baja.

Alma no dijo nada, pero bastó ese comentario para que se animara a empezar a andar de nuevo. Intentaba, simplemente, pasar entre ellos. Si lo hacía con la suficiente seguridad y determinación, el efecto psicológico quizá fuese suficiente para que la dejaran ir.

No lo fue.

Empezaba a sentir que estaba dejándolos atrás cuando se le echaron encima.

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