Agnes

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Cuando me desperté de nuevo ya era casi mediodía. Agnes seguía durmiendo. Yacía boca arriba y se había tapado con la manta hasta la nariz. Se despertó cuando me levanté y mientras estaba en la ducha entró en el baño, se reclinó en el lavabo y dijo:

—No puedo creer lo que hicimos esta noche, y eso que cada segundo lo hacen millones de personas en todo el mundo.

Agnes se encerró en el baño para ducharse. Cuando salió, ya completamente vestida, le pregunté si mi presencia le causaba vergüenza.

—No —dijo—, siempre cierro con llave, aun cuando estoy sola en casa. En el piso de mis padres el cuarto de baño no tenía llave. A veces utilizaban el váter mientras yo me duchaba.

Me afeité y Agnes salió a comprar zumo de naranja y pan para tostar en la tienda de abajo.

—El dependiente no me ha quitado la vista de encima —dijo al volver—. Se habrá acordado de habernos visto juntos anoche. Cuando pagué se lamió los labios y me guiñó un ojo.

Preparé café y huevos y puse a tostar el pan tierno. Mientras desayunábamos Agnes se interesó por mis libros. Se los enseñé. Los fue hojeando y dijo que era una lástima que no entendiera el alemán.

—Seguro que te pirras por saber de puros y de bicicletas —dije.

—Me gustaría saber cómo escribes. Las frases son largas, ¿verdad?

Me avergoncé un poco de lo que hasta el momento era la magra producción de mi vida. Enseñé a Agnes un pequeño libro de relatos cortos que había publicado muchos años atrás, y le hablé de algunos proyectos literarios que guardaba en el cajón. En efecto, hacía unos años había comenzado a escribir una novela, pero nunca había pasado de las primeras cincuenta páginas. Agnes me pidió que le contara el argumento, y mientras traté de resumir lo poco que aún recordaba, de repente me pareció ridículo seguir con esas ideas a mi edad.

—Ya lo he dejado —dije—, hace años que lo dejé. En algún momento tienes que hacerte cargo de que…

—No debiste abandonar, el comienzo suena interesante.

—Nunca logré dominar mis temas. Todo me resultó siempre artificial. Me embriagaba con mis propias palabras. Era como cantar sin fijarse en la letra, como escuchar solamente la melodía. Como en esas óperas italianas que nadie entiende.

Desayunamos en silencio.

—¿Por qué te has traído tus libros a Chicago? —preguntó Agnes—. ¿Los lees?

—No, no los leo nunca. Casi nunca.

—¿Todavía te acuerdas de los contenidos? ¿Entiendes de puros?

—Más o menos. Cuando cojo uno de estos libros no lo hago para consultarlo. Me recuerdan la época en que los escribí. Son una especie de memoria cifrada. Los vagones de lujo siempre me harán pensar en ti y en Chicago.

—Suena como si ya nos hubiéramos separado.

—No, perdóname, no lo dije con esa intención.

—Mi tesis también estará en la biblioteca —dijo Agnes—. Me gusta la idea de que todos los que en algún momento tengan que ver con las simetrías de los grupos simétricos topen con mi nombre.

Salimos juntos hacia la biblioteca.

—¿Conoces Stonehenge? —preguntó Agnes mientras caminábamos.

—Estuve una vez —dije—. Fue horrible. Hay una autovía que pasa justo al lado, y todo el recinto parece una enorme feria de pueblo. Las piedras apenas se ven con tantos puestos de souvenirs.

—Yo no he estado nunca, pero he leído una teoría. Es de una mujer, no recuerdo su nombre. Dice que las piedras no tienen significado astrológico ni mitológico, sino que las colocaron los hombres prehistóricos para dejar una huella, para dar una señal. Temían hundirse en la naturaleza, desaparecer en ella. Querían dejar algo que indicara que alguien había estado allí, que allí habían vivido seres humanos.

—Bastante trabajo para una mera señal.

—Lo mismo pasa con las pirámides, quizás también con la Sears Tower… ¿Has estado alguna vez en los bosques de por aquí?

—No. Nunca he salido de la ciudad.

—Son interminables. Todos los árboles tienen la misma altura. Uno se pierde si se aparta del camino. Podrías desaparecer sin que nadie te encontrara jamás.

—Siempre y en todas partes hay alguien que pasa en uno u otro momento —dije.

—De chica me hice scout —me contó Agnes—. Mi padre se empecinó, aunque yo odiaba eso de estar con todas las demás chicas. En una ocasión tuve que apuntarme a un campamento en los Catskills. Pernoctamos en tiendas y cavamos un hoyo que nos servía de retrete. Construimos un puente de cuerdas, y una de las chicas se cayó desde lo alto. Era la hija de nuestro vecino. Siempre la había odiado. Era mala alumna, pero hábil con las manos y a menudo ayudaba a mi padre en el jardín. Él la trataba como si fuera su hija y siempre decía que le hubiera gustado tener una niña así. Primero creímos que la caída no le había afectado. Se llamaba Jennifer. Después, una mañana, dos o tres días más tarde, la encontramos tendida en la tienda. Estaba muerta. Fue espantoso. Todas gritaban, y una de las instructoras tuvo que ir a pie hasta el pueblo más cercano. Luego llegaron unos hombres con una camilla y se llevaron a Jennifer. Regresamos en autobús y las otras lloraron durante todo el trayecto. Yo era la única que no lloraba. No es que estuviera contenta de que Jennifer hubiese muerto pero tampoco estaba triste. Además, me alegraba de poder volver a casa. Después, todos estaban furiosos conmigo, como si la hubiera matado yo. El peor fue mi padre. Nunca lo había visto llorar antes. Creo que si hubiera muerto yo, habría llorado menos, si es que hubiera llorado.

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