Horror

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El cuarto de goma

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ROBERT BLOCH

Una persona civilizada se considera capaz únicamente de actos civilizados, deplora el resto de actos aunque en secreto teme que un día pueda, sólo pueda, ser impulsada a cometer uno de esos otros actos. Es, de forma muy literal, una pesadilla viviente que casi todos nosotros logramos confinar a la oscuridad de nuestros sueños. Pero las mejores intenciones no siempre conducen a los mejores resultados.

Robert Bloch es autor de decenas de novelas y relatos en los géneros de la fantasía siniestra, la ciencia ficción, el suspense y el misterio. Su novela más reciente es el éxito editorial Psycosis II.

Emery insistió en que no estaba loco, pero, a pesar de todo, lo metieron en el cuarto de goma.

Lo sentimos, amigo, le dijeron. Sólo temporalmente. Tenemos problema de espacio, esto está abarrotado, lo trasladaremos a otra celda dentro de un par de horas, le dijeron. Es mejor que estar en la celda grande con todos los borrachos, le dijeron. De acuerdo, ya ha llamado a su abogado pero tómese las cosas con calma hasta que él llegue aquí, le dijeron.

Y la puerta se cerró estrepitosamente.

Allí estaba él, atrapado casi en un extremo de los bloques de celdas, solo en una pequeña habitación. Le habían quitado el reloj de pulsera y la cartera, las llaves y el cinturón, incluso los cordones de los zapatos, de modo que no pudiera causarse daño alguno a menos que se mordiera las muñecas. Pero eso habría sido una locura, y Emery no estaba loco.

Lo único que podía hacer era aguardar. No había nada más que hacer, no había opciones, nada en cuanto te metían en el cuarto de goma.

Para empezar, el cuarto era pequeño: seis pasos de largura y otros tanto de anchura. Un hombre normalmente activo podía recorrer de un salto la distancia que separaba las paredes, aunque tendría que tomar carrerilla. Y era absurdo intentarlo, porque él acababa de rebotar, sin hacerse daño, en el grueso muro acolchado.

Las paredes, carentes de ventanas, estaban acolchadas por todas partes, desde el suelo hasta el techo, igual que la puerta. El almohadillado era sin costuras, para que fuera imposible rasgarlo o arrancarlo. Incluso el suelo estaba acolchado, aparte de un cuadrado de veinticinco centímetros en el rincón izquierdo del fondo que debía servir de retrete.

En lo alto, una bombillita brillaba tenuemente detrás de la red protectora, seguramente alejada del suelo. El techo que rodeaba la luz también estaba acolchado, probablemente para amortiguar los ruidos.

Sala de confinamiento, así la llamaban, pero normalmente era una celda acolchada. «Cuarto de goma» era el término popular. Y quizás ese término de la jerga no fuera tan popular si más personas se viesen enfrentadas a la realidad.

Antes de darse cuenta de lo que hacía, Emery empezó a ir de un lado a otro. Seis pasos hacia delante, seis pasos hacia atrás, lo mismo una y otra vez, igual que un animal en una jaula.

Eso era exactamente: no una habitación, una simple jaula. Y si permaneces demasiado tiempo en una jaula te transformas en animal. Desgarras, arañas, te golpeas la cabeza en las paredes y pides a gritos que te saquen de allí.

Si no estás loco al entrar, te vuelves loco antes de salir. El truco, naturalmente, consiste en no permanecer allí demasiado tiempo.

Pero ¿cuánto tiempo era demasiado tiempo? ¿Cuánto tiempo tardaría en llegar el abogado?

Seis pasos adelante, seis pasos atrás. El grisáceo y esponjoso acolchado ahogaba sus pasos y absorbía la luz de la bombilla, dejando las paredes en sombras. También las sombras podían hacer enloquecer. Igual que el silencio, y la soledad. Soledad entre sombras y en silencio, como estaba cuando lo encontraron en la habitación…, la otra habitación, la de la casa.

Fue como una pesadilla. Quizá se sentía eso cuando se estaba loco, y en ese caso él debía de haber estado loco cuando sucedió aquello.

Pero no estaba loco ahora. Estaba totalmente cuerdo, completamente dominado. Y allí no había nada que pudiera causarle daño. El silencio no daña. ¿Cómo era aquel dicho? La violencia es oro. No, nada de violencia. ¿De dónde había salido eso? Un desliz freudiano. Al diablo con Freud, ¿qué sabía él? Nadie lo sabía. Y si él guardaba silencio nadie lo sabría nunca. Aunque lo hubieran encontrado, no podrían demostrar nada. No si él guardaba silencio, si dejaba hablar a su abogado. El silencio era su amigo. Y también las sombras eran sus amigas. Las sombras ocultan todo. Había sombras en aquel otro cuarto y nadie podía haberlo visto con claridad cuando lo encontraron. Creyeron verlo, les diría.

No, se había olvidado: no debía decirles nada, sólo dejar hablar al abogado. ¿Qué le ocurría, estaba enloqueciendo a pesar de todo?

Seis pasos adelante, seis pasos atrás. Sigue andando, guarda silencio. Mantente lejos de esas sombras de los rincones. Las sombras eran cada vez más oscuras. Más oscuras y más densas. Algo parecía moverse allí, en el rincón derecho del fondo.

Emery sintió que se tensaban los músculos de su garganta, y él no podía controlarlos. Sabía que iba a chillar de un momento a otro.

Y entonces se abrió la puerta a su espalda y con la luz del corredor la sombra desapareció.

Buen detalle que no hubiera chillado. En ese caso ellos habrían estado seguros de su locura, y todo se habría echado a perder.

Pero puesto que la sombra había desaparecido, Emery se tranquilizó. Cuando lo sacaron al corredor y le dejaron en la sala de visitas estaba de nuevo muy calmado.

Su abogado le aguardaba allí, sentado al otro lado de la enrejada barrera, y nadie más iba a oírles.

Eso dijo el abogado. Nadie nos oye, puede explicarme todo.

Emery meneó la cabeza y sonrió porque él no era tan tonto. La violencia es oro e incluso las paredes tienen oídos. Quiso advertir a su abogado que le estaban espiando, pero eso parecía una tontería. Lo sensato era no mencionarlo, tener cuidado y decir las cosas apropiadas.

Explicó al abogado lo que todos sabían de él. Era un hombre decente, tenía trabajo fijo, pagaba sus facturas, no fumaba, no bebía, no era desordenado. Trabajador, responsable, pulcro, limpio, sin antecedentes policiales, no era un pendenciero. Mamá siempre se enorgullecía de su hijo y estaría orgullosa de él ese día si viviera aún. Él siempre se había preocupado por su madre, y al morir ella siguió preocupándose de la casa, la cuidó, se cuidó de él mismo tal como su madre le había enseñado. Así pues, ¿a qué venía tanto alboroto?

Supongamos que usted me lo explica, dijo el abogado.

Ésa era la parte difícil, hacer comprender al hombre, pero Emery sabían que todo dependía de ello. Habló muy despacio, eligió las palabras con sumo cuidado, se aferró a los hechos.

La segunda guerra mundial tuvo lugar antes de que él naciera, pero era un hecho.

Emery conocía muchos hechos de la segunda guerra mundial ya que había leído muchos libros en la biblioteca en vida de su madre. Mejora tu mente, decía ella. Leer es mejor que ver tanta violencia por televisión, decía ella.

Por la noche, cuando no podía dormir, pasaba horas leyendo, sentado en su cuarto. La gente que trabajaba con él en la tienda lo llamaba ratón de biblioteca pero a él no le molestaba. Los ratones de biblioteca no existían, él lo sabía. Había gusanos que comían microorganismos de la tierra, pájaros que comían gusanos, animales que comían pájaros, personas que comían animales y microorganismos que comían personas…, como los que comieron a su madre hasta matarla.

Todo lo que existe (gérmenes, plantas, animales, personas) mata otras cosas para sobrevivir. Se trata de un hecho, un hecho cruel. Emery aún recordaba los chillidos de su madre.

Después de la muerte de ella Emery leyó más. Fue entonces cuando realmente se interesó por la historia. Los griegos mataron a los persas, los romanos mataron a los griegos, los bárbaros mataron a los romanos, los cristianos mataron a los bárbaros, los musulmanes mataron a los cristianos y los hindúes mataron a los musulmanes. Los negros mataron a los blancos, los blancos mataron a los indios, los indios mataron a otros indios, los orientales mataron a otros orientales, los protestantes mataron a los católicos, los católicos mataron a los judíos, los judíos mataron al Redentor en la Cruz.

Amaos los unos a los otros, dijo Jesús, y lo mataron por ello. Si el Redentor hubiera vivido, el Evangelio se habría extendido por el mundo entero y no habría existido violencia. Pero los judíos mataron a Nuestro Señor.

Eso explicó Emery al abogado, pero no profundizó. Vaya al grano, dijo el abogado.

Emery estaba acostumbrado a esa clase de reacción. La había escuchado otras veces cuando intentaba explicar cosas a las mujeres que conoció tras el fallecimiento de su madre. Mamá no aprobaba que él fuera con chicas y Emery solía enfadarse por ello. En cuanto ella murió los compañeros de trabajo le dijeron que la compañía femenina le sería provechosa. Sal de tu caparazón, le dijeron. Por eso consintió participar en salidas de dos parejas y entonces averiguó que su madre tenía razón. Las chicas se reían de él cuando comentaba hechos.

Era preferible permanecer en su caparazón, igual que un caracol. Los caracoles sabían protegerse en un mundo donde todos matan para vivir, y los judíos mataron al Redentor.

Hechos, dijo el abogado. Exponga hechos.

Y Emery le habló de la segunda guerra mundial. Ahí empezó la verdadera matanza. Banqueros judíos de todo el mundo financiaron las guerras napoleónicas y la primera guerra mundial, pero estos conflictos no fueron nada comparados con la segunda guerra mundial. Hitler conocía los planes de los judíos y trató de impedirlos; por eso invadió otras naciones, para librarse de los judíos tal como había hecho en Alemania. Los judíos habían planeado una guerra para destruir el mundo, para tomar el poder. Pero nadie lo comprendió y al final los ejércitos financiados por los judíos ganaron la guerra. Los judíos mataron a Hitler igual que mataron al Redentor. La historia se repite, y también eso es un hecho.

Emery explicó todo esto con enorme paciencia, sin recurrir a otra cosa que no fueran hechos, pero por la mirada del abogado dedujo que todo era inútil.

Y Emery regresó a su caparazón. Pero en esta ocasión llevó al abogado con él.

Le explicó cómo era su vida, solo en su casa, que en realidad era un gran caparazón que lo protegía. Demasiado grande al principio, y demasiado vacío, hasta que Emery comenzó a llenarlo con libros. Libros sobre la segunda guerra mundial, debido a los hechos. Pero cuanto más leyó tanto más comprendió que casi todos los libros no contenían hechos. Los vencedores escribían los relatos y, puesto que habían ganado los judíos, sólo escribían mentiras. Mentían acerca de Hitler, del partido nazi y sus ideales.

Emery fue una de las pocas personas capaz de leer entre mentiras y distinguir la verdad. Podía encontrar recordatorios de la verdad fuera de los libros, y él recurrió a esos recuerdos y empezó a coleccionarlos. Atavíos y banderas, cascos y medallas de acero. También las cruces de hierro eran recordatorios: los judíos destruyeron al Redentor en una cruz y ahora trataban de destruir las mismas cruces.

Entonces comenzó a entender lo que ocurría, cuando fue a las tiendas de antigüedades donde vendían esa clase de objetos.

Había otras personas en esas tiendas y todas miraban a Emery. Nadie pronunciaba palabra, pero todos observaban. A veces él creía oír murmullos cuando estaba de espaldas y daba por hecho que los mirones tomaban notas.

Eso no era producto de su imaginación, porque al cabo de poco tiempo algunos compañeros de trabajo le hicieron preguntas sobre su colección: las fotos de los líderes del partido, las esvásticas, las insignias y las fotografías de niñas que ofrecían flores al Führer en mítines y desfiles. Difícil creer que esas niñas fueran ya mujeres cincuentonas. A veces Emery pensaba que si conocía a una de ellas podría arreglarse con ella y ser feliz; como mínimo ella lo entendería porque conocía los hechos. En cierta ocasión estuvo a punto de poner un anuncio para tratar de localizar a una de esas mujeres, pero pensó que podía ser peligroso. ¿Y si los judíos la buscaban? Lo cogerían a él también. Eso era un hecho.

El abogado de Emery meneó la cabeza. Su cara, al otro lado del enrejado, adoptó una expresión que disgustó a Emery. Era la expresión de la gente cuando va al zoo, cuando contempla los animales a través de barras o alambradas.

Fue entonces cuando Emery decidió que debería explicar el resto al abogado. Era un riesgo, pero si deseaba que creyeran en él, su abogado debía conocer todos los hechos.

Y le habló de la conspiración.

Los secuestros de toda índole que ocurrían en la actualidad formaban parte de la conspiración. Y los terroristas que actuaban tapándose los ojos con gafas de esquiador también formaban parte del plan.

En el mundo actual, el terror luce gafas de esquiador.

Algunas veces se llaman árabes, pero sólo para confundir a la gente. Ellos fueron los responsables de las bombas puestas en Irlanda del Norte y de los asesinatos de Latinoamérica. La conspiración internacional judía era responsable de todo ello, y detrás de unas gafas de esquiador hay un rostro judío.

Se esparcen por todo el mundo, provocando miedo y confusión. Y también habían estado allí, tramando, maquinando y espiando a sus enemigos. Mamá lo sabía.

Cuando él era pequeño y hacía una travesura mamá solía decirle que se portara bien. Pórtate bien o el judío te cogerá, decía mamá. Emery pensaba que ella intentaba asustarlo, pero ahora comprendía que su madre estaba diciéndole la verdad. Como cuando ella lo sorprendió masturbándose y lo encerró en el armario. El judío te cogerá, le dijo. Y estuvo solo a oscuras, vio que el judío atravesaba la puerta, empezó a chillar y su madre lo sacó justo a tiempo. De lo contrario el judío lo habría cogido. Emery sabía ahora que ése era el medio que empleaban para conseguir reclutas. Cogían a los hijos de otras personas y les lavaban el cerebro, los educaban para ser terroristas políticos en países del mundo entero (Italia, Irlanda, Indonesia, el Oriente Medio) de forma que nadie sospechara los hechos reales. Los hechos reales, la responsabilidad de los judíos, preparar otra guerra. Y cuando las demás naciones se destruyeran unas a otras, Israel dominaría el mundo.

Emery estaba hablando en voz más alta en ese momento, pero no se dio cuenta hasta que el abogado le rogó que se calmara. ¿Qué le hace pensar que esos terroristas van detrás de usted?, preguntó el abogado. ¿Alguna vez ha visto un terrorista?

No, le explicó Emery, ellos son demasiado listos para eso. Pero tienen espías, sus agentes están por todas partes.

El rostro del abogado estaba enrojeciendo y Emery reparó en el detalle. Le explicó por qué hacía tanto calor en la sala de visita: los agentes judíos estaban en acción de nuevo.

Las personas que Emery vio al comprar banderas, esvásticas y cruces de hierro habían sido enviadas a las tiendas para espiarle. Y los compañeros de su trabajo que se mofaban de su colección también eran espías, y sabían que él había averiguado la verdad.

Los terroristas llevaban ya varios meses detrás de él, planeaban matarle. Intentaron atropellarlo con sus coches al cruzar la calle, pero él se salvó. Hacía dos semanas, al encender el televisor, se produjo una explosión. Parecía un cortocircuito pero Emery no era tan tonto; habían querido electrocutarlo sin conseguirlo. Él era demasiado listo para llamar a un reparador, ya que ellos querían precisamente eso: enviar uno de sus asesinos en lugar del técnico. Las únicas personas que en la actualidad hacen visitas a domicilio son los asesinos.

Durante dos semanas Emery se las apañó como pudo sin electricidad. Entonces debieron de poner los aparatos en las paredes. Los terroristas poseían aparatos para calentar cosas y por la noche él escuchaba un zumbido en la oscuridad. Buscó por todas partes, dio golpes en las paredes y no encontró nada, pero sabía que los aparatos estaban allí. A veces el calor aumentaba tanto que acababa empapado de sudor, pero él no intentaba apagar la calefacción. Les demostraría que podía soportarlo. Y no pensaba salir de la casa, porque eso era lo que ellos deseaban. Ése era su plan, obligarlo a salir para poder atacarlo y matarlo.

Emery era demasiado listo para eso. Tenía suficientes alimentos enlatados y otras cosas para resistir y era más seguro no moverse. Cuando sonaba el teléfono, él no contestaba; seguramente alguien de la tienda llamaba para preguntarle por qué no iba a trabajar. Eso era lo único que debía hacer: volver al trabajo para que pudieran asesinarlo en el camino.

Era preferible esconderse en su dormitorio con las cruces de hierro y las esvásticas en las paredes. La esvástica es un símbolo muy antiguo, un símbolo sagrado, y lo protegía. Igual que la gran fotografía del Führer. Saber que estaba allí era suficiente protección, incluso a oscuras. Emery no podía dormir ya debido a los ruidos de las paredes; al principio fue un zumbido, pero poco a poco fue captando voces. No sabía hebreo, y sólo con el tiempo supo qué estaban diciéndole.

Sal, asqueroso ario, sal y muere.

Se presentaban todas las noches, igual que vampiros, con antifaces de esquiador para ocultar sus caras. Llegaban y musitaban,

sal, sal, estés donde estés. Pero él no salía.

Algunos libros de historia afirmaban que Hitler era un loco, y quizás eso fuera cierto. Si lo era, Emery sabía el porqué. Porque también el Führer debió de oír las voces y comprendió que ellos lo acosaban. No era extraño que insistiera en hablar de la respuesta al problema judío. Ellos estaban corrompiendo la raza humana y Hitler tenía que frenarlos. Pero ellos lo hicieron arder en un búnker. Mataron al Redentor. ¿No puede entenderlo?

El abogado contestó que no y dijo que quizás Emery debía hablar con un médico y no con él. Pero Emery no quería hablar con un médico. Esos médicos judíos formaban parte de la conspiración. Lo que él debía decir a continuación era estrictamente confidencial.

Pues dígamelo, por el amor de Dios, repuso el abogado.

Y Emery dijo que sí, que se lo explicaría. Por el amor de Dios, por el amor del Redentor.

Hacía dos días se quedó sin latas. Tenía hambre, mucha hambre, y si no comía, moriría. Los terroristas querían matarlo de hambre pero él era demasiado listo para eso.

Decidió ir al supermercado.

Antes miró a hurtadillas por todas las ventanas, pero no vio a nadie con gafas de esquiador. Eso no significaba que salir fuera seguro, por supuesto, porque los judíos también empleaban gente ordinaria. Lo único que podía hacer era arriesgarse. Y antes de salir se puso en el cuello una cruz de hierro con cadena. Serviría para protegerle.

Cuando anochecía, Emery fue al supermercado, calle abajo. Era absurdo ir en coche, porque los terroristas podían haber colocado una bomba, y por eso fue andando.

Se sintió extraño al estar en la calle de nuevo, y aunque no vio nada sospechoso temblaba de pies a cabeza cuando llegó al supermercado.

Allí había grandes tubos fluorescentes y ninguna sombra. Emery no vio espías y agentes por allí, aunque naturalmente ellos eran lo bastante listos para no dejarse ver. Emery confiaba en volver a casa antes de que ellos actuaran.

Los clientes tenían aspecto de personas normales. El problema es que nunca se puede estar seguro en estos tiempos. Emery cogió latas con la máxima rapidez posible y se alegró de llegar al final de la cola de la caja sin más problemas. La empleada lo miró de una forma extraña, quizá porque no se había afeitado o cambiado de ropa desde hacía días. De todos modos pudo salir, aunque empezaba a dolerle la cabeza.

Era de noche cuando salió del supermercado con la bolsa llena de latas, y no había un alma en la calle. Otro logro de los terroristas: hacer que la gente tuviera miedo a pasear sola por la calle. ¿Ve lo que han conseguido? ¡Todo el mundo se asusta de estar fuera por la noche!

Eso le dijo la niña.

Se hallaba de pie en la esquina del bloque cuando Emery la vio: una monada, quizá de cinco años, con unos ojazos color castaño y cabello rizado. Y estaba llorando, mortalmente asustada.

Me he perdido, dijo la pequeña. Me he perdido, quiero que venga mi mamá.

Emery lo comprendió. Todo el mundo anda perdido en estos tiempos, todo el mundo quiere alguien que lo proteja. Pero no existe ya protección, no con esos terroristas al acecho, a la espera de su oportunidad, escondidos en las sombras.

Y había sombras en la calle, sombras junto a la casa de Emery. Él quería ayudar pero no podía arriesgarse a estar hablando en la calle.

Siguió andando, subió los escalones del porche y no vio que la pequeña lo había seguido hasta que abrió la puerta. Una niña llorando, diciendo por favor, señor, lléveme con mi mamá.

Sintió deseos de entrar y cerrar la puerta, pero comprendió que debía hacer algo.

¿Cómo te has perdido?, le preguntó.

La niña dijo que estaba aguardando en el coche delante del supermercado mientras mamá iba de compras, pero como no volvía salió del automóvil para buscarla en la tienda y ya no estaba allí. Luego creyó verla calle abajo y echó a correr, pero era otra señora. No sabía dónde estaba y ¿querría él llevarla a casa, por favor?

Emery sabía que no podía hacer eso, pero la niña se puso a llorar otra vez, escandalosamente. Si había alguien cerca oiría a la pequeña. Emery le dijo que entrara.

La casa tenía un olor raro por la falta de ventilación y hacía mucho calor. Estaba a oscuras, además, con todas las luces apagadas debido a los terroristas. Emery trató de explicarse, pero la niña lloró con más fuerza porque la oscuridad la asustaba.

No te asustes, le dijo Emery. Dime el nombre de tu mamá y la telefonearé para que venga a recogerte.

Ella le facilitó el nombre (señora Rubelsky, Sylvia Rubelsky)…, pero desconocía la dirección.

Era difícil oír con claridad a causa del zumbido de las paredes. Emery agarró la linterna que guardaba en la cocina para los apuros y fue al salón para buscar el apellido en el listín.

No había ningún Rubelsky. Emery probó con apellidos similares: Rubelski, Roubelsky, Rebelsky, Rabelsky… Nada. ¿Estás segura?, preguntó.

Entonces la niña dijo que no tenían teléfono.

Curioso; todo el mundo tenía teléfono. La pequeña dijo que no importaba, que si él la llevaba a la Calle Sexta le señalaría la casa.

Emery no estaba dispuesto a ir a ninguna parte, y menos a la Calle Sexta. Pertenecía a un barrio judío. Y pensándolo bien, Rubelsky era un apellido judío.

¿Eres judía?, preguntó.

La niña dejó de llorar y miró a Emery, y sus ojazos castaños se abrieron cada vez más. Esa forma de mirar aumentó el dolor de cabeza de Emery.

¿Qué estás mirando?, le dijo.

Esa cosa que lleva en el cuello, contestó ella. Esa cruz de hierro. Es como la de los nazis.

¿Qué sabes tú de los nazis?, preguntó él.

Mataron a mi abuelito, dijo ella. Lo mataron en Belsen. Mamá me lo explicó. Los nazis son malos.

De pronto la verdad brotó como un fogonazo, un fogonazo que hizo palpitar la cabeza de Emery.

Ella era uno de ellos. La habían dejado en la calle como un cebo, sabiendo que él la dejaría entrar en su casa. ¿Qué pretendían?

¿Por qué lleva cosas feas?, dijo ella. Quítese eso.

Tenía la mano extendida hacia la cadena, la cadena con la cruz de hierro.

Era como en aquella antigua película que Emery había visto hacía tiempo, la del Golem. Aquel enorme monstruo petrificado cobra vida en el ghetto judío, luciendo la estrella de David en el pecho. Una niña arranca la estrella y el Golem cae muerto.

Por eso habían enviado a la niña, para arrancarle la cruz de hierro y matarlo.

De eso nada, dijo él. Y abofeteó a la pequeña, no con fuerza pero ella se puso a llorar. Emery no podía soportarlo, le puso sus manos en torno al cuello sólo para que dejara de llorar, hubo una especie de crujido y luego…

¿Qué ocurrió luego?, preguntó el abogado.

No quiero hablar de eso, dijo Emery.

Pero no podía contenerse, estaba hablando de eso. Al principio, al no encontrar el pulso a la niña, pensó que la había matado. Pero no había estrujado con fuerza, la muerte debió de producirse cuando la niña tocó la cruz de hierro. Eso significaba que su suposición era correcta, que la pequeña era uno de ellos.

Pero él no podía decirlo a nadie, sabía que la gente jamás creería en unos terroristas que enviaban una pequeña judía a su casa para matarlo. Y él no podía tolerar que encontraran así a la niña. Qué hacer, ése era el problema. El problema judío.

Luego lo recordó. Hitler averiguó la respuesta. Emery sabía ya qué debía hacer.

Hacía calor allí y todavía más abajo. Allí la llevó, abajo, donde estaba funcionando la caldera de la calefacción. Un horno de gas.

Oh, Dios mío, dijo el abogado. Oh, Dios mío.

Y de pronto el abogado se levantó, se acercó a la puerta que había al otro lado del enrejado y llamó al vigilante.

Vuelva aquí, dijo Emery.

Pero el hombre no le hizo caso, continuó musitando algo al vigilante. Y después llegaron otros agentes por el lado del enrejado que ocupaba Emery y lo agarraron por los brazos.

Les pidió a gritos que lo soltaran, que no escucharan al abogado judío… ¿No comprendían que él debía de ser uno de ellos?

En lugar de prestarle atención lo llevaron por el corredor hasta el cuarto de goma y lo metieron allí de un empujón.

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