El fracaso económico de Cambiemos y el recambio hacia 2019

El fracaso económico de Cambiemos y el recambio hacia 2019

Itai Hagman

Con la prudencia que obliga la volatilidad de la política argentina y asumiendo que cualquier hipótesis que se haga podrá ser puesta en cuestión por la realidad en los próximos meses, los hechos de las últimas semanas parecen tener una profundidad que nos obliga a repensar el escenario económico y político.

Asistimos al fracaso de la política económica del gobierno de Cambiemos. Del llamado “gradualismo”, que consistía en intentar aplicar un ajuste paulatino y reactivar la economía principalmente sobre la base de señales de confianza hacia los mercados. La desregulación cambiaria de diciembre de 2015, la quita de retenciones y apertura parcial del comercio exterior, el reingreso en el sistema financiero internacional luego del arreglo con los fondos buitres, fueron un conjunto de decisiones que buscaron generar el marco propicio para que la argentina recupere “confianza” de los inversores. No podría decirse que el gobierno no hizo los deberes.

Los fundamentos para apostar a este camino eran varios: cierta reticencia inversora asociada a la “inseguridad jurídica” que generaba la política económica del gobierno anterior; cuantiosos recursos ahorrados en divisas en el exterior, que podrían volver en un contexto más propicio (1); una necesidad de apoyo geopolítico por parte de las potencias occidentales al gobierno de Macri, para apuntalar un nuevo ciclo político en la región que clausure el período populista(2); la posibilidad de abrir nuevos mercados para la exportación por ejemplo con acuerdos de libre comercio con la Unión Europea; y, por último pero no por eso menos importante, el bajo nivel de endeudamiento externo que permitía apalancar todo este proceso con una inyección de divisas con las cuales financiar el proceso y emprender en simultáneo grandes proyectos de obra pública.

Los resultados no fueron los esperados. El segundo semestre de 2016 nunca llegó, la reactivación de 2017 fue mínima y generada más por la leve mejora del salario y el gasto público que por las virtudes del modelo de apertura y desregulación, y el 2018 terminó por quebrar las expectativas de cumplir con las metas económicas pautadas.

Los episodios de las últimas semanas pusieron al descubierto el riesgo de habilitar el mecanismo de bicicleta financiera en un contexto de volatilidad internacional. Jugaron con fuego y quemaron la casa. Luego de amasar el equivalente a 60 mil millones de dólares en Lebacs, de generar el déficit de cuenta corriente más alto desde la década de 1990 y financiar la fuga de capitales con deuda externa, el gobierno no pudo contener la corrida cambiaria. Perdió más de 9.000 millones de dólares de las reservas, subió la tasa de interés al nivel más alto de su gestión y tuvo que convalidar una devaluación que hasta el momento rondó 20% en dos semanas.

Si Cambiemos ya venía teniendo dificultades para mostrar credibilidad en el sendero decreciente de la inflación y en la creación de puestos de empleo genuinos, el escenario actual pateó el tablero y obliga a cambiar de estrategia. El salvataje solicitado al Fondo Monetario Internacional, aunque argumentado defensivamente para sostener el “gradualismo”, implicará un cambio hacia una política de ajuste mucho más agresiva. Los problemas no terminan cuando se frena la corrida cambiaria, por el contrario, las consecuencias de la devaluación y la suba de interés se sentirán en los próximos meses.

El “gradualismo” era cuestionado por derecha desde las usinas de pensamiento neoliberal que analizan la economía abstraída de los condicionamientos políticos y sociales, con modelos matemáticos abstractos. Pero el gobierno había optado por el “gradualismo” no por sensibilidad social sino porque evaluaba que no había condiciones políticas y sociales para aplicar una política de shock sin poner en riesgo su capital político, algo que fue corroborado por la sucesión de multitudinarias y diversas movilizaciones populares que presenciamos durante 2016, 2017 y los primeros meses de 2018. Como cualquier proyecto político con pretensiones hegemónicas, aspiraba a ganar las elecciones de medio término y reelegirse en 2019. Después de despotricar años contra el “populismo”, pusieron igualmente la “política” por delante de la “economía”.


Golpe de mercado y recambio “por arriba”


Frustrados los planes originales del oficialismo, la política económica se volverá más agresiva y eso obliga a organizar un posible recambio.

Ante una reelección no asegurada, el poder económico y los grandes medios de comunicación necesitarán hacerse de una opción que garantice la continuidad de la restauración neoliberal con otro rostro, en caso de una derrota de Cambiemos. Pretendientes sobran.

Esto es factible además porque la crisis de la política económica del gobierno no obedece a una insurrección popular ni a reiterados paros generales de la CGT. Más bien si alguna virtud política tuvo el macrismo fue justamente lograr lo que los gobiernos no peronistas nunca pudieron: disciplinar a una parte significativa de las direcciones del movimiento obrero, realizar concesiones a los movimientos sociales, construir consenso con los gobernadores. Paradójicamente es el mercado, y en particular el capital financiero, el mundo de pertenencia del propio gobierno y del equipo económico, el que le disparó el tiro de gracia a la estrategia gubernamental.

El plan de recambio desde arriba deberá ponerse en marcha ante una eventual dificultad de continuidad de Macri al frente del poder ejecutivo. No es un plan nuevo, ya que desde el triunfo de Cambiemos en noviembre de 2015 presenciamos un sistemático intento de generar una oposición integrada al consenso de restauración neoliberal. Pero indudablemente el año 2019 obliga a intensificar esa búsqueda política.

En las legislativas del año pasado este plan se vio frustrado por dos razones. Por un lado como resultado de la decisión de CFK de postularse para senadora de la provincia de Bs As y de conformar Unidad Ciudadana, erigiéndose como oposición antagónica al gobierno de Cambiemos. Aún a pesar de no haber ganado, el saldo más importante de su campaña fue plantar una bandera en la discusión sobre qué tipo de oposición es necesario construir en Argentina. ¡Imaginemos en qué distintas condiciones afrontaríamos hoy la crisis política del gobierno si se hubiera impuesto como opción alternativa Sergio Massa o cualquier variante similar!

Por otro lado, las fracciones del poder económico que orbitaban alrededor de la oposición -en particular del Frente Renovador, la apuesta política de los grupos económicos locales-, el año pasado parecían preferir negociar subordinadamente con el macrismo antes que apostar a una alternativa. Sin embargo las tensiones entre estos sectores y el gobierno recrudecieron en las últimas semanas y no sería descabellado que hacia 2019 vuelvan a la preferencia original.


¿Hay 2019? Sobre la convocatoria a la unidad


Existe una demanda genuina de unidad en vastos sectores de nuestro pueblo y en la militancia popular. La misma es fundamental para enfrentar ahora las consecuencias de esta crisis. Desde el poder se intentará explicar que las causas de los problemas se deben a la falta de un ajuste fiscal por parte del gobierno. Se preparará una salida “por derecha”, hacia una política más antipopular. Desde el campo popular debemos salir a disputar el relato sobre las causas de este descalabro económico, las políticas neoliberales del macrismo. Para convertir esta crisis económica en una crisis política del proyecto de Cambiemos, se requiere de la acción unitaria e inteligente de todas las organizaciones populares a través de movilizaciones, campañas e intervenciones en los medios de comunicación.

Si lo logramos, efectivamente el 2019 será una oportunidad, en donde en efecto sería un crimen no evitar un segundo mandato de Cambiemos que profundice el proceso de restauración neoliberal. Pero ese amplio frente a construir requiere dotarse de un programa claramente antineoliberal. La experiencia de 2015 nos muestra que el poder económico hace sus apuestas en todos los frentes. Por supuesto trabaja mañana, tarde y noche para alentar opciones políticas que estén a su servicio, como fue el caso de Cambiemos. Pero también trabaja para condicionar desde el interior los procesos nacional-populares, estrategia que creemos no estuvo ausente en el impulso de la candidatura de Scioli en 2015, en la constitución del Frente Renovador y en la conformación de un “opo-oficialismo” durante los primeros años de gobierno macrista.

La experiencia de Ecuador resulta también interesante para aprender, donde por muy poco se consiguió el triunfo de la Revolución Ciudadana frente a una oposición claramente neoliberal. Sin embargo a poco de andar, Lenin Moreno -el sucesor de Rafael Correa- realizó una dramática vuelta de campana, enfrentando a su predecesor y poniéndose al servicio de los intereses de quienes fueron derrotados en las urnas.     

Se planteará sin dudas un debate en el campo popular sobre esa construcción.

No faltarán argumentos para sostener la necesidad de apostar a una candidatura “moderada” o “menos desgastada y estigmatizada”, que pueda atraer al electorado independiente o desencantado de Cambiemos, reeditando los argumentos que fundamentaban la apuesta por Scioli en 2015. Pero vale la pena recordar que lo que no ha resultado en 2013 –con Insaurralde-, en 2015 –con Scioli- y en 2017 –con Randazzo- en Argentina, y también en el resto de la región, es justamente esa estrategia que no garantiza la victoria, y cuando la logra, nos expone ante los peligros de traición al mandato popular que la hizo posible.


Construir una nueva mayoría popular


Hasta hace pocos meses la imagen del gobierno parecía inexpugnable, a tal punto que propios y ajenos imaginaban (imaginábamos) un camino allanado hacia su reelección en 2019. En aquel contexto –muy distinto al actual-, discutíamos frente a la estrategia de quienes reducían la construcción de una alternativa política a la espera de una crisis terminal que llegaría de forma inevitable, rompiendo el “hechizo” de Cambiemos con su base electoral.

No se trataba de poner en discusión el carácter estructuralmente inviable del modelo económico del gobierno –idea que compartimos-, sino de sostener la convicción de que la política es ante todo disputa de sentidos, y que por lo tanto ninguna coyuntura económica de por sí garantiza el surgimiento de una alternativa victoriosa en 2019. En otras palabras, que ninguna coyuntura económica puede sustituir el trabajo de orfebrería política necesario para articular una nueva mayoría.

Esto se debe a que cualquier coyuntura económica siempre es interpretada en su magnitud, causas y consecuencias por las subjetividades populares.

No hay que olvidar que en las elecciones presidenciales de 1989, en plena hiperinflación, el candidato radical Angeloz perdió frente a Menem pero obtuvo la cifra no menor del 37 por ciento de los votos. Así como la suma de los votos de Menem y López Murphy en 2003 –ambos candidatos presidenciales neoliberales- superaron el 40 por ciento de los votos, cuando el infierno de 2001 aún podía verse en el espejo retrovisor.  

Muy distintas serían las consecuencias si en cambio se impone la idea de que esta crisis es el resultado inevitable de la aplicación de un modelo económico inviable, abriendo la posibilidad de cuestionar el intento de restauración neoliberal.

Si esto era así en el mejor momento de Cambiemos, mucho más es así en sus semanas más desangeladas. Por eso el desafío para que haya 2019 es sobre todo un desafío de carácter político.

El lema de construir una nueva mayoría popular es sugerente en este sentido, porque nos invita a la construcción de una propuesta que necesariamente va a ser heterogénea y diversa, integrada por distintas identidades y tradiciones políticas existentes, y que también puede ser enriquecida con un gran protagonismo de nuevos sujetos políticos emergentes del ciclo político anterior y fogueados en el proceso de resistencia al macrismo, como el feminismo y las organizaciones de trabajadores y trabajadoras de la economía popular.


Notas:

(1): El éxito del “blanqueo de capitales” podía ser visto como la convalidación de este supuesto.

(2): Desde la visita de Obama en Marzo de 2016 a la reciente de Mariano Rajoy en abril de este año.