Ana

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Tercera parte. Fantasmas del pasado » 43

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Envuelta en una manta sobre el sofá del salón, observé a mi primer exmarido con desconfianza. Abrí la hoja doblada que traía consigo. Era una página de prensa fotocopiada, con fecha de varios años atrás. El titular decía: «Miguel Ortiz, célebre empresario de la noche madrileña, muere a los treinta y dos años». No había oído hablar del tal Ortiz en mi vida.

—Se arrojó desde un octavo piso —dijo Ramiro.

—Lo siento por él —murmuré tapándome con la manta.

—El caso lo llevó un compañero de la brigada —relató—. Al parecer se barajaron varias hipótesis. Cuando se lanzó al vacío, su mujer y sus hijos se encontraban en la casa, fue todo muy desagradable. Dejó a su familia comiendo tranquilamente en el salón, salió a la terraza y saltó. Se partió el cuello del impacto y murió al instante. La esposa tardó unos minutos en darse cuenta de lo que había pasado, la televisión estaba muy alta y no lo oyó saltar, ni tampoco los gritos de los vecinos, la pobre mujer estuvo llamándole un buen rato y quién sabe si metiéndose con él por no responder, sin sospechar que su marido estaba ocho pisos más abajo, estampado contra el asfalto. La investigación descartó rápidamente otras opciones, era un caso claro de suicidio, por lo visto andaba deprimido y en terapia.

Estaba a punto de perder la paciencia. No tenía ninguna razón para hablar con Ramiro; de hecho, mientras las palabras salían por su boca, solo podía pensar en que tenía delante al hombre que me había arruinado la vida, o más bien tenía delante lo que quedaba de él. Entre la mezcla de sensaciones que luchaban en mi interior (rabia, ansiedad, desconsuelo, angustia, irritabilidad), hubo una que sobresalió entre el resto, algo muy parecido a la tristeza. Cómo era posible que hubiera depositado en las manos de aquel ser egoísta y mezquino toda mi existencia, cómo era posible que él hubiera traicionado del modo en que lo hizo todo lo que habíamos construido juntos, y lo más importante, supe que ya nunca volvería a creer en nada y en nadie, y eso me produjo una angustia que se concentraba en algún lugar de mi pecho y que estaba a punto de convertirse en lágrimas. Lo que me faltaba, echarme a llorar delante de él, no lo iba a permitir, en el fondo soy una llorona reprimida, es algo que hago en muy contadas ocasiones, pero cuando abro el grifo soy imparable. Me esforcé por reconducir esas emociones y me concentré en su boca, que seguía contándome la apasionante historia del tal Ortiz.

—Lo que realmente le destrozó la vida al tipo —dijo Ramiro concluyendo su narración— fue el juego. Estaba endeudado hasta las cejas, lo había perdido todo en el casino y seguía apostando a crédito, sobre todo a la ruleta y al black jack.

Ahora sí había conseguido despertar mi interés.

—Ortiz había recibido amenazas del casino de Robredo, en el informe se reflejan coacciones por parte del grupo de Santonja, pero esa vía de investigación quedó sepultada entre otras muchas cuestiones más o menos turbias en relación con la vida personal y profesional del joven empresario.

—¿Por qué no investigaron a fondo esas amenazas?

—No lo sé, Ana, no pareció interesarle a nadie seguir por ese camino. Además, la familia quería pasar página cuanto antes, sus padres habían muerto años atrás y los suegros eran ultracatólicos y estaban forrados, son propietarios de varias fábricas de tabaco en Tenerife y Las Palmas; no quisieron saber nada más. Se llevaron a la joven viuda y a los nietos a vivir con ellos muy lejos de Madrid. No hubo denuncias, y supongo que la Policía le dio carpetazo: un tipo se había arruinado jugando y después se había tirado por la ventana, caso resuelto.

Eché un vistazo al recorte de prensa. La noticia no hablaba de suicidio, se limitaba a un recuento de los triunfos profesionales de Ortiz mencionando varios locales y restaurantes emblemáticos, donde había conseguido reunir a lo más granado de la sociedad, desde actores, cantantes y futbolistas hasta políticos y grandes empresarios, y daba también algunos detalles de su vida amorosa hasta que se casó con la hija pequeña de una conocida familia canaria de la industria tabaquera. Había una foto algo borrosa en la que se veía a un chico bien parecido, media melena, ojos expresivos, camisa blanca con varios botones desabrochados, sonreía como si se fuera a comer el mundo, y en el pie de página se podía leer: «Miguel Ortiz durante la inauguración de la sala de fiestas Romanella».

—¿Qué quieres que haga con esto? —pregunté molesta. No me gustaba que fuera justamente Ramiro quien me trajera esa información.

—Si quieres, puedo investigar un poco. Suponiendo que esto sea lo que parece, tal vez te puede servir de ayuda. Podrías establecer una pauta de conducta delictiva en Gran Castilla, utilizarlo como prueba argumentativa, no lo sé, tú eres la abogada. Por no hablar de que, si existe este precedente, lo más probable es que haya otros casos similares. Quizá podría remover un poco el árbol a ver si caen más frutas podridas.

—No quiero que remuevas, ni que investigues, ya tengo mi propio equipo. Se lo pasaré a Eme, por si podemos sacar algo en claro de esto.

—Con todos mis respetos, tu equipo no me llega ni a la suela de los zapatos.

—Ya, bueno, tal y como yo lo veo, hay algunos problemas añadidos —dije doblando con cuidado la hoja—. Primero, que ya no estás en el cuerpo de Policía, y por lo que yo sé, no eres muy querido entre tus excompañeros; te recuerdo que no solo me traicionaste a mí, dejaste vendida a un montón de gente. Segundo, te estás muriendo, apenas puedes sostenerte de pie y cualquier día te vas al hoyo. No parecen las mejores credenciales para andar por ahí fisgoneando, no pasas desapercibido que se diga. Y en tercer y último lugar, a lo mejor no lo has entendido, pero no quiero verte, no quiero escucharte, no quiero saber nada de ti, si te estoy escuchando ahora es única y exclusivamente en beneficio de mis clientes, nada más.

Me dio la sensación de que sus ojeras se habían hecho más intensas en estos pocos días, como si crearan unos surcos de una muerte cada vez más próxima. Estaba sudando, aunque no hacía calor ni mucho menos, imagino que la medicación hacía de las suyas.

—Puedo ayudarte —musitó casi como una súplica.

—¿Por qué me traes esto ahora, Ramiro? ¿De dónde lo has sacado? El otro día apareces con el culebrón de tu enfermedad, y ahora de pronto eres mi salvador, no creo en las casualidades, y tú tampoco. ¿Qué está pasando aquí?

—Aunque te parezca raro, todavía me quedan algunos amigos en la Policía, no todo el mundo me odia. Cuando supe que estabas con el tema del casino hice algunas llamadas y rescaté el caso de Ortiz, recordaba vagamente que se había comentado en la comisaría en su momento. Eso es todo. Te lo repito: si me dejas, puedo ayudarte. Por favor.

—Esta conversación ha terminado —zanjé poniéndome en pie a duras penas.

La manta se deslizó sobre el sofá, dejando ver la ropa pegada a mi cuerpo, ya me había secado, pero aun así el vestido se había quedado ajustado como una segunda piel.

Ramiro también se levantó.

—Antes he mirado —dijo.

—¿De qué hablas?

—Antes, cuando saliste de la piscina y me ordenaste que me diera la vuelta —explicó—, no lo hice del todo, no pude evitar observarte. Desnuda. Casi me desmayo. Cada día estás más hermosa. Te haría el amor ahora mismo si la química no me hubiera destruido ahí abajo.

Esa sí que era buena. A pesar de todo, Ramiro seguía siendo el mismo conquistador de antaño, no podía evitarlo. Me había visto desnuda muchas veces en los buenos tiempos, de hecho casi podría asegurar que pasábamos más tiempo sin ropa que con ella cuando estábamos juntos. No había nadie en el mundo que me conociera mejor que él en el plano sexual, y en otros muchos aspectos si vamos al caso. La manera en que me había tocado, las cosas que me había hecho sentir, la pérdida de control que había sido capaz de vivir en sus manos, la entrega mutua y absoluta y compulsiva que habíamos compartido era incomparable con ninguna otra relación de toda mi vida. Eso estaría ahí siempre, y ni siquiera su comportamiento devastador podría borrarlo.

—Aunque fueras el último hombre sobre la faz de la tierra, y aunque ese fuera tu último deseo antes de expirar, no volverás a ponerme una mano encima. Jamás. Tenlo por seguro. Has terminado aquí esta noche. Ya conoces el camino de salida.

Le señalé la puerta con el bastón. Reconozco que disfrutaba blandiendo aquel trozo de madera de olivo en mis manos, utilizándolo no solo como soporte, sino también como una especie de vara de mando. Podía ser una lisiada, pero tenía mi bastón.

—El jodido Ramiro Sare en mi casa —exclamó una voz que venía del piso superior.

Ambos vimos a Concha bajando por las escaleras, somnolienta, sonriendo con cinismo, satisfecha de habernos descubierto en el salón de su chalé.

—Me habían dicho que estabas de vuelta —dijo mi amiga, que se acercó para observarnos mejor—. Estás hecho un asco, la verdad.

—Ramiro ya se iba —tercié.

—¿Has venido a celebrar que aún estamos vivos, aunque sea por poco tiempo? —le preguntó ella sin contemplaciones.

—Ten cuidado con tus deseos, Concha Andújar, ya sabes: podrían convertirse en realidad —respondió él—, podría desplomarme aquí mismo y estirar la pata, te aseguro que es un plan tentador, no tengo muchas opciones por ahí fuera, no solo estoy con un pie en la tumba, la cosa es que además estoy sin blanca.

—Menuda novedad. Es lo mínimo que te podía pasar —dijo ella sin perder la compostura. Después se dirigió a mí—: Debes estar peor de lo que yo pensaba si has invitado a venir a media noche a mi casa a este ejemplar.

—Me he invitado yo solo —terció Ramiro—. Digamos que he entrado sin llamar. Por cierto, deberíais tener más cuidado con la puerta exterior, podría colarse algún indeseable.

—Ya veo —murmuró Concha tratando de hacerse una idea completa de la situación. Miró hacia el jardín, vio rastros de agua en la puerta—. No habréis estado follando en la piscina…

—Posiblemente nos hubiéramos ahogado de haberlo intentado —dije moviéndome alrededor del sofá, apoyando con fuerza mi bastón sobre la tarima carísima del salón—. Ramiro ha venido a traerme un regalo por los viejos tiempos, eso es todo. Me lo ha dado y ya se siente un poco mejor, puede que incluso piense que ha compensado en parte el mal que hizo años atrás. Ahora se marcha. Fin de la historia.

—Dime una cosa, Ana —dijo Concha—. ¿Cómo podemos elegir tan mal a los hombres tú y yo? ¿Tenemos algún tipo de maldición por algo que hemos hecho en otras vidas? ¿O es simplemente que nos ponen los desgraciados y malnacidos en general?

—Te veo en forma, Concha —dijo Ramiro—, estoy pensando que después de todo tal vez será mejor que me vaya.

—Estás tardando —confirmó ella—. Ah, por si se te ocurre volver, la próxima vez que te vea en mi casa, o en casa de mi amiga, te atizaré con algún objeto pesado en la cabeza. Lo digo de verdad.

—Lo tendré en cuenta —respondió Ramiro, y me miró antes de salir—. He cambiado, Ana. Ya no soy el mismo.

Fue lo último que dijo. A continuación salió al jardín y se fundió de nuevo con las sombras, de donde había salido unos minutos antes.

—Me ha traído información sobre un viejo caso de Gran Castilla —le aclaré a Concha—, supongo que se siente en deuda, no lo sé, puede que quiera enredarme otra vez, o puede solo que quiera morir en paz, cosa que por mucho que se esfuerce no va a conseguir, arrastra una mierda de karma tan grande que no podría limpiarlo ni aunque se pasara el resto de su vida haciendo obras de caridad.

—No tienes que darme ninguna explicación —aseguró ella encaminándose al mueble bar de la esquina—. Me voy a poner una copa. ¿Quieres algo? Ah, y antes de que digas algo sobre tu promesa de no beber, mejor nos lo ahorramos, las dos sabemos lo que hay.

—En cuestión de promesas sobre alcohol y hombres, no soy de fiar —dije—. Ponme lo mismo que a ti, cualquier cosa me va bien.

Concha sacó una botella de ron añejo y sirvió dos vasos anchos, dejando que el líquido cayera muy despacio sobre el doble fondo de cristal. El sonido familiar, reconocible, me reconfortó.

—¿Serías capaz de acostarte con Ramiro después de todo? —preguntó Concha sin mirarme, terminando de servir.

—Sería capaz de muchas cosas que me harían daño y de las que inmediatamente me arrepentiría, ya lo sabes —respondí—. Mejor no preguntes.

—Cambiemos de tema —dijo moviendo la cabeza—. ¿Qué ha pasado con Jimena? Desde que has hablado con ella esta tarde, se ha encerrado, está aún más arisca que de costumbre.

Agarré el vaso y di un trago corto. Noté el sabor fuerte, agradable, bajando por la garganta.

—Puede que no te agrade escucharlo —respondí—. Le he dicho a tu hija que Felipe te pegaba. Para ser sincera, a ella tampoco le ha gustado oírlo.

El rostro de Concha se contrajo, la expresión de su rostro cambió en décimas de segundo.

—¿Por qué lo has hecho?

—Porque alguien tenía que hacerlo. Ya no es una niña, y si va a ponerse en tu contra, tiene que entender lo que está ocurriendo.

—Eres una abogada brillante, incluso al treinta por ciento de tu capacidad, que es aproximadamente el porcentaje al que calculo que te encuentras, eres mejor que cualquier otro que haya conocido —dijo muy seria apartando el vaso que no había llegado a coger—. Ahora bien, no tienes ni idea de educar a una hija. No juegues con Jimena, ha sufrido mucho, y sigue haciéndolo. En muchos aspectos es una mujer, en otros continúa siendo una niña ingenua, indefensa e influenciable. Lo último que necesita es meterse en medio de la guerra entre su padre y yo. Quiero que ellas tres se queden fuera de todo este asunto, es lo único que quiero, te lo he dicho desde el principio, y por lo que se ve no terminas de entenderlo.

—Eso no es lo único que quieres, Concha. Con todo el derecho del mundo, quieres muchas más cosas; para empezar, quedarte con tus hijas. Lo respeto y voy a pelear por ello, lo estoy haciendo. Y no me digas que Jimena se debe quedar fuera, porque sintiéndolo mucho está metida hasta el cuello. Puede que yo no entienda lo que supone educar a una hija, pero sé que pretendes lo mismo que la inmensa mayoría de las madres: protegerla, esconderla dentro de una burbuja y que no sufra. Me temo que ya es demasiado tarde para eso, más vale que te vayas haciendo a la idea, ni ahora ni en el futuro vas a poder evitar que la vida la golpee, lo único que puedes hacer es estar ahí y darle las mejores armas para que aprenda a valerse por sí misma. No llenes esta casa y esta familia de silencios, de mentiras, de dolor soterrado que nadie se atreve a mencionar, te aseguro que sé muy bien lo que es eso, no lo hagas.

Dudó un momento, estaba claro que me había entendido muy bien. Tuviera o no razón, yo sabía de qué hablaba.

—¿Qué quieres que haga?

—Que le cuentes a tu hija mayor lo que te ha pasado y lo que sientes, sin exagerar lo más mínimo, pero sin esconderlo. ¿No te das cuenta de que Felipe cuenta con tu silencio desde el primer día que te puso la mano encima? Sabía que te avergüenzas y que no le denunciarías, igual que ahora sabe que no lo hablarás directamente con Jimena. Aunque no está aquí, su presencia sigue siendo insoportable, joder. No permitas que se salga con la suya. Te juro que no vas a estar sola.

—No sé si voy a poder.

—Sí que vas a poder —dije convencida. Conocía a Concha, era perfectamente capaz—. Te he visto hacer cosas mucho más difíciles. Te va a costar, pero vas a ser honesta con tu hija, y sobre todo contigo misma, aunque te duela, aunque no encuentres las palabras.

—Menuda mierda.

Ahora sí agarró el vaso y dio un pequeño trago. Luego otro. Y otro más. Otra vez los ojos enrojecidos, esa expresión sombría. Se acabó la copa y se sirvió otro ron.

—Me encantaría, pero no creo que sea buena idea emborracharnos con las niñas arriba —advertí—. Nunca pensé que yo diría algo semejante.

Nos olvidamos de la botella y salimos al porche. Estuvimos hablando más de una hora sobre Felipe y los malos tratos, me repitió muchas de las cosas que ya sabía sobre su relación, y también me dio algunos detalles que ignoraba. Fue una especie de ensayo de la conversación que mi amiga pensaba tener con Jimena al día siguiente. Se sintió mal durante la mayor parte del relato, pero la ayudó a ordenar sus ideas, o al menos eso me dijo.

También hablamos un poco de Ale, intentando alejar la amargura de la conversación, sin conseguirlo del todo, por supuesto, centrándonos en los datos objetivos de sus encuentros con él que podrían salir a relucir tarde o temprano. Todo se reducía a una docena de citas en distintos hoteles, en algunas de las cuales ni siquiera habían practicado sexo. Mi hermano estaba desquiciado y solo pensaba en el dinero que debía, según Concha. Después salió a colación su historia con un cliente (casado igual que ella) con el que había tenido una aventura sin importancia años antes. Si Jimena lo sabía, o al menos lo sospechaba, era posible que llegara a oídos de Palmira, era mejor que estuviésemos preparadas. No quería que nos pillaran por sorpresa en el tribunal.

A las dos y veinticinco de la madrugada subí a un taxi en la puerta del chalé. No tenía ninguna gana de quedarme a dormir allí.

—¿Adónde vamos, señora? —me preguntó el conductor con acento del sur.

Me fijé en él someramente, era un chico que rondaba los treinta, corpulento, perfectamente rasurado, grandes manos, largas patillas, muy moreno y con los ojos verdes. Mi perdición. Tomé aire y eché cuentas mentalmente, llevaba casi seis meses sin echar un polvo. El baño en la piscina y todo lo demás me había puesto en contacto con mi cuerpo, por así decirlo.

Qué diablos, era Sábado de Gloria, el mejor día del año.

—Si te parece bien —respondí—, podríamos aparcar en un sitio retirado y discreto y follar un rato en el coche.

El chico emitió una risa nerviosa. Me echó un vistazo a través del espejo retrovisor con el gesto confundido.

—Estoy hablando completamente en serio.

Aunque mi cuerpo no estaba al cien por cien, y tendría que esforzarme para encontrar una postura en aquel vehículo, estaba dispuesta a sacrificarme. El chico me revisó de arriba abajo, se detuvo primero en la máscara transparente que cubría mi rostro, después pareció más interesado en mis tetas y en mis piernas, y se encogió de hombros.

—Mola la careta —dijo dando su visto bueno.

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