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Persoa non grata

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PERSONA NON GRATA

Yo vivía en esa época en un primer piso de la calle Cerviño, con un árbol inmenso que tapaba casi toda la ventana del living. Lo que recuerdo de aquel día es el viento, y el ruido del árbol. El viento, el ruido del árbol y después la radio, que hablaba de un ataque terrorista al regimiento de La Tablada.

Hay mujeres”, dijo alguien en la radio. Tomaban ese dato como la confirmación de que no era una de las tantas crisis militares de Alfonsín. Después comenzaron a aparecer nombres conocidos: un grupo del MTP había intentado tomar el cuartel. Entre los atacantes había un cadete del diario. Hasta ese momento la relación del MTP y el diario era básicamente financiera; cada tanto el abogado Jorge Baños o el sacerdote Puigjané escribían alguna columna. Nunca, en aquel año, discutí periodismo o política con ellos. Varios ex integrantes del ERP estaban en la empresa: Hugo Soriani, un ex vendedor de camisas Chemea que manejaba la administración con Alberto Elizalde —aquel que se apropió de la marca—, Julio Mogordoy, en la distribución. Un abogado de trayectoria mediocre que con los años se creyó William Randolph Hearst, Jorge Prim, había entrado al directorio por amistad con Francisco Pancho Provenzano y luego el propio Sokolowicz, entre todos —básicamente Soriani y Prim— manejaban los aportes. Nadie pensó que algo así podía pasar. Escribí el 24 de enero, al día siguiente, lo que aún sigue siendo mi hipótesis de lo que en realidad pasó: o locura autónoma del grupo o una operación de inteligencia del Ejército, al que le servía reavivar viejos fantasmas. El Informador Público y otros medios vinculados a los servicios comenzaron a publicar notas en las que se nos adjudicaba la “autoría ideológica” del hecho. Aquellas noches fueron una sola: Sokolowicz y yo nos mudábamos de hotel en hotel. Alberto Dearriba, nuestro cronista en el Congreso, me citó entonces en La Biela con un mensaje: el Ejército nos quería ver.

—Mañana, en La Plata —dijo.

A Fernando y a mí.

—Pero me dicen que si tienen una sola mancha no vengan, porque no salen.

A la mañana siguiente Juan Carlos “El Chueco” Mazzón, un operador político de Manzano, nos llevó hasta una base de inteligencia militar. Nos atendió un coronel de apellido italiano. Sokolowicz y yo frente al escritorio del coronel, Mazzón detrás de nosotros. En esos momentos de tensión, por increíble que parezca, mantengo la tranquilidad: era como un juego de inteligencia. El coronel bromeaba:

—Debe ser un amigo torturador que tengo —decía, antes de atender una llamada.

Tenía un sobre con decenas de fotos de La Tablada, me las exhibía preguntándome a quiénes conocía. La mayoría eran fotos de cadáveres irreconocibles. Cuando reconocía a alguien, el diálogo seguía:

—¿Y cómo se conocieron?

Y así.

Sokolowicz estaba enmudecido.

Estuvimos allí poco más de una hora. En un momento el coronel se levantó y nos acompañó hasta la puerta del despacho:

—Esta no es una confesión en la que yo soy un cura que los absuelve —me dijo, estirando la mano para saludar—. Por otro lado, Lanata, usted sabe que la institución le ha hecho la cruz.

Con un año y medio de vida, el diario se quedó sin financiación. A esa altura la circulación oscilaba los treinta mil ejemplares —habíamos vendido un promedio de veinticinco mil el primer año— y recién en el quinto llegó al punto de equilibrio. Pero manejar un proyecto “progresista” en la Argentina no era fácil: los mismos que no se animaban a ir a las asambleas en otros medios, en Página se sentían a diez minutos de la llegada al socialismo. Un día frente a un paro de toda la redacción sacamos el diario entre cuatro o cinco personas. Quiero decir: escribimos el diario, y me preocupé particularmente en no pegar cables de las agencias de noticias, sino en escribir las notas. La reacción de la redacción al día siguiente fue inolvidable: no podían creer que el diario saliera igual. Página fue, creo, el primer diario en el que se publicó, en una página doble, una columna de la Comisión Interna llamando a un paro y una mía explicando por qué no estaba de acuerdo. En medio de otro conflicto estuve a punto de publicar el staff completo con los sueldos de cada uno: ellos ganaban bastante más que los lectores, y quería mostrarlo. Finalmente alguien me convenció de no hacerlo. Todos los estereotipos enfermos de la izquierda fueron aplicados: asamblea durante el cierre por las persecuciones en Albania, paro de un par de horas en solidaridad con los compañeros de la zafra, etc. Incluso un paro de varios días porque una empresa que tercerizaba la fotocopiadora había despedido a una empleada. En el periodismo —donde después del día 28 el empleado es efectivo y, si se lo despide, cobra trece sueldos— la discusión gremial generalmente está entre tomar rehenes o fusilarlos. Mi experiencia en el área empezó años antes: ya me había declarado “persona no grata” la Comisión Interna de Tiempo Argentino por cubrir, para El Porteño, la toma del diario vinculado, en esos años, a la Coordinadora radical:

TIEMPO ARGENTINO. LO QUE EL DIARIO SE LLEVÓ

Noviembre de 1986

Fueron días que transcurrieron entre la bruma de la confusión, la derrota y la utopía. Los distintos grupos empresarios y políticos que manejaron el diario simplemente transcurrieron. Los trabajadores —a contramano de los tiempos— pusieron en discusión la posibilidad de la autogestión de los grandes medios.

El general Galtieri miraba la habitación con cara de niño tonto y extrañado. Sobre la media tarde, las cosas comenzaban a moverse: los muebles perdían las definiciones del contorno y él mismo se elevaba hasta el olvido de la noche. Se sirvió otro whisky y recordó de inmediato que debía firmar unos papeles. Esa mañana acababan de destituirlo y el despacho contiguo había sido discretamente vaciado.

—Bignone, Bignone —se repitió en voz baja mientras trataba de dibujar su firma. Bignone había estado en el directorio de Bridas. Bueno, él también era amigo de Bulgheroni, qué joder. Por algo ahora le pedían que firmara el traspaso del diario. El escritorio se movía casi imperceptiblemente y Galtieri se preguntó si todavía su firma serviría para algo. Uno de los papeles se deslizó hasta su bota izquierda:

—¡Papeles de mierda! —lo pateó.

—Todos quieren tener un diario, ¿se da cuenta? —preguntó desde atrás un joven trajeado y con voz condescendiente. No lo había visto entrar. Galtieri asintió con un gesto de desdén.

—Y este ya tiene su historia —seguía el joven mientras cerraba un maletín—. Usted sabe que el Negro Massera no lo quería largar por nada. Y antes lo de los Graiver… Mire… —Galtieri, sin escuchar, posaba su mirada sobre un pisapapeles—, lo mejor que podemos hacer es dejárselo a esta gente. Ya bastante costó. No sé si miró que hubo dos rechazos anteriores: el de la mina esa del Chaco y el del dueño del diario El Sol, de Santiago del Estero. Firmó los rechazos, ¿no? Perdón: general, ¿ya firmó todo?

—Sí, sí.

—Nos vamos, entonces.

Dos días más tarde Alejandro Bulgheroni, presidente de la petrolera Bridas, miembro del directorio de Texaco, propietario de Papel del Tucumán y una de serie de empresas medianas (químicas, helicópteros y navegación), subía a su oficina con la licitación adjudicada: se había ganado pagando un millón de dólares, el 10% del valor del diario.

—Páseme con los alemanes y con Burzaco —le dijo a su secretaria echándose sobre el sillón.

Los días más felices

El hombre que conduce ahora por Libertador no puede explicarse por qué los domingos se convierten en días tristes para casi todo el mundo. El sol ocupa los asientos y Raúl Burzaco piensa que los domingos se siente más cerca de Dios. Como si pudiera respirarlo, vivirlo. Y más ahora, cuando detiene el auto en Salguero y se dispone a subir en un edificio colonial. Todo marcha bien. Supo en la semana que fue aprobado el presupuesto en Alemania y que el diario comienza a tomar cuerpo.

—¿Tiempo Argentino? —pregunta Thomas Leonhardt, ex oficial de las SS y representante en el país de capitales alemanes: Bayer, Siemens, Osram.

Tiempo Argentino —repite Burzaco, confiado.

—No está mal —dice Carlos, el hermano de Thomas Leonhardt.

—La idea —recomienza Burzaco, con voz alta y tomando dominio sobre la reunión— es lograr un diario empresario, por supuesto con buena información política. Sería algo parecido… —mira hacia la biblioteca y luego hacia el grupo— al diarioYa, de Madrid. En un par de semanas podemos tener el… arte, el diseño del arte.

—¿Pensó algo con respecto a las elecciones? —interviene Bulgheroni.

Burzaco sonríe.

—¿Alguien cree que pueda perder el peronismo?

Los meses siguientes fueron devorados por el proyecto. Burzaco convocó a Ricardo Cámara, hombre del peronismo de derecha, antes en Siete Días, y luego a los que serían los principales jefes de sección: Ernesto Schoo en Cultura, Claudio Lozano en Política. Fue luego Cámara quien decidió el resto de las incorporaciones: sus contactos con Guardia de Hierro fueron acercando varios periodistas.

Todo cerraba perfectamente: Bridas evitaba el cobro del papel a través de Papel del Tucumán, una de sus empresas, y los alemanes aportaban al funcionamiento periodístico. Tiempo Argentino se disponía a ganarle mercado a La Nación yClarín. El diario tiraba unos 100 mil ejemplares, y la prosperidad parecía acompañarlo al punto de que algunos negocios “personales” se desarrollaban sin demasiadas trabas. Bridas “vendía” el papel a 580 dólares la tonelada, al doble del precio del mercado. Los rezagos de papel de bobina (que en los demás diarios se rebobinan para su uso posterior) eran en este caso vendidos a una empresa vinculada con uno de los “sectores” del diario: así, el administrador, Sergio Macera, podía mes a mes venderle a su padre el papel de rezago. Algo similar ocurría con los insumos gráficos y la papelería comercial: las hojas de papel pautado se encargaban a proveedores externos. Otros proveedores, no tan externos, proveían coches, remises, intermediaban en la distribución. Sergio Núñez, abogado de los Leonhardt, vendía paralelamente al diario un sistema de fotocomposición con nombre acorde: “Cometa”. Los días más felices serían peronistas y luego de la elección seguramente se podrían conseguir subsidios.

Ahora, qué hacemos

La noticia de la derrota electoral de Luder cayó sobre Burzaco como una amenaza divina. Las semanas siguientes el diario fue ofrecido a peronistas de cualquier sector: Cafiero, Lorenzo Miguel, Guardia de Hierro. Todos se negaron a comprarlo. Los alemanes, en tanto, no se mostraban demasiado preocupados por la prosperidad de la empresa, y no iban a ser los hermanos Leonhardt quienes los llamaran para preocuparlos. Bulgheroni, redundante, olvidaba Tiempo temporariamente ante un nuevo caramelo: la posibilidad de convertirse en uno de los empresarios de Alfonsín.

A kilómetros del diario, el futuro parecía más próspero. Lo era, al menos, para Luis María Cetrá, quien en su frigorífico de pollos en General Rodríguez festejaba el triunfo de los radicales. Contrario a la costumbre empresarial de apostar a las dos campañas, Cetrá se había jugado en la interna con De la Rúa. Lo atraía ese porte serio, casi farmacéutico del candidato. “Un hombre así no puede hacer un mal gobierno”, pensaba antes de las internas. Después, con el triunfo de Alfonsín, Cetrá prefirió ampliar la mira. Sin embargo jamás habría pensado que sobre mediados del 85 cambiaría los pollos por el periodismo. Y no pensaba que fuera cierto hasta que traspuso las puertas de Lafayette 1910 con su abogado, García Laredo, para interesarse en la compra de Tiempo Argentino.

—Usted comprenderá que nosotros necesitamos un diario —Cetrá asentía complacido mientras le hablaba Enrique “Coti” Nosiglia, líder de la Coordinadora Capital— y que necesitamos también gente de confianza que lo administre. Yo, le voy a ser sincero, Cetrá, no leo el diario ni miro televisión —agregaba Nosiglia desajustándose la corbata— pero hay gente de confianza y de vocación democrática que me dice que usted parece ser el hombre indicado para manejar esto.

Para manejar esto. Las palabras le rebotaban mientras subía con Burzaco al primer piso del diario. Había que arreglar detalles, lograr que a la brevedad la auditoría norteamericana tuviera en claro todas las cuentas. Y discutir los términos del acuerdo: la Coordinadora tendría un 15% del paquete, y el resto seguiría repartiéndose entre Bulgheroni y los alemanes. Pero no se pondría dinero hasta que el diario fuera racionalizado. Los norteamericanos decían que el diario tenía exceso de personal, había que reducirlo a 250 personas y había 570. “Hay que lograr un equilibrio de personal similar al de La Opiniónen la última época”, recomendaban los auditores. Cetrá subía las escaleras hacia el primer piso tratando de memorizar los términos del acuerdo. Llegó algo agitado pero sonriente: si todo marchaba bien, se podría controlar el diario sin invertir un peso. Era cierto, la Coordinadora estaba dispuesta a autorizar créditos. Pero eso tiene que ver con la política.

Interregno. Se preguntaba dónde había aprendido esa palabra; quizá en el colegio secundario. Quería decir… quería decir el tiempo entre un reinado y otro. Claro, interregno. Pensó que era una lástima que en el colegio no le hubieran enseñado lo más importante de los interregnos: los juegos de presión y las movidas difíciles. Los cambios en un diario eran parciales y lentos. Cada nueva persona era una batalla ganada. Tuco y Tico, así habían bautizado en el diario a los Leonhardt. Cetrá sabía desde su llegada que Nosiglia quería sacárselo de encima. Y también a Burzaco, lo que en aquel momento parecía más difícil. Por lo menos desde la Nochebuena del 85 le habían prohibido escribir editoriales. Y también se había podido echar 50 colaboradores. Las movidas del interregno. Sobre comienzos del año comenzaban a ser más favorables. El radicalismo comenzaba a mover su gente en la estructura del diario: Jorge Palacios (ex gerente periodístico de Radio Belgrano durante la gestión Divinsky, alguna vez cercano al MID), Fernández Canedo (ex asesor de Jesús Rodríguez), Claudio Polosecki (antes miembro del PC, ahora ligado a la Coordinadora, quien ingresaba al diario para hacerse cargo de un proyecto informativo de Canal 11, manejado por Moreau), Eliseo Álvarez (ex jefe de prensa del ministro Aldo Neri). Los avances podían justificarse: a esa altura la Coordinadora había logrado un crédito del BID para la compra de nuevas rotativas.

Luego se logrará una moratoria en las deudas previsionales del diario, y otros créditos no tan importantes en los bancos Provincia, Shaw y en mesas de dinero. Con el pasar de los meses, y movida la pieza más importante del interregno (la salida de Burzaco, a quien se le pagaron tres millones de dólares por la marca Tiempo Argentino) la única preocupación de Cetrá pasa a ser la racionalización. Paralelamente, sin embargo, autoriza la contratación de Maradona para comentar el Mundial: 60 mil dólares y un periodista para que le escribiera los artículos. Ganado el campeonato, Maradona no cumple una parte del contrato: prefiere ir a festejar a Clarín. Semanas más tarde Tiempo se “vengaría” con la crotoxina. Son los primeros en tener la noticia y en montar el show. Cetrá se despreocupa de los asuntos periodísticos: necesita 100 despidos. Lo plantea y sale de vacaciones a Las Leñas.

Casa tomada

La noche del jueves 25 de septiembre Julio Torres Cabanillas, jefe de información general, salía del diario con destino a algún café del centro. En la vereda cruzó un par de palabras con uno de los gráficos. El tema era necesariamente el de las elecciones en el gremio, que habían terminado esa noche. “¿Habrá ganado Subiza?” Uno de los integrantes de la comisión interna del diario presidía una de las listas: Roberto Gasparini, hombre del peronismo de derecha. La tercera lista había sido fruto de una división: Eduardo Jozami, junto a sectores del peronismo renovador y la izquierda, enfrentaba a Carlos Subiza, hombre del PI a cargo de una lista pluralista. “Subiza está presionado por la Coordinadora.” “Jozami está enganchado con las 62.” “Gasparini había entregado el conflicto” en el diario La Época. Durante toda la semana el tema de la elección había sido excluyente. La cuarta lista estaba compuesta también por gente de Tiempo: Nelson Marinelli y el pelado De la Fuente, del Partido Obrero.

“Cuando se dividen, gana la derecha o la gente no vota.” Algo de eso estaban comentando cuando Torres levantó la vista hacia el primer piso del diario. A contraluz se amontonaban cajas con expedientes. O cajas, al menos, ya que la luz no era demasiada y era insólito aquello de que en la administración alguien estuviera trabajando hasta la madrugada. Miró la hora y era tarde incluso para extrañarse. Subió a su auto y se perdió por Vélez Sarsfield rumbo al Congreso.

—Buen día, señor —dijo entre irónico y respetuoso uno de los empleados de limpieza el viernes 26 por la mañana, saludando a Carlos Leonhardt. Después siguió frotando con el escobillón y preguntándose qué harían los jefes desde tan temprano.

Jorge Palacios, jefe de redacción, llamaba al sindicato para averiguar el resultado de las elecciones. Leonhardt se había encerrado en su despacho desde la media mañana. El diario estaba desierto. Después de aquella frase comenzó la avalancha. Los delegados subieron al despacho de Leonhardt ante la boca abierta de la secretaria. Alguien había dicho: “Se llevaron los legajos”. Leonhardt guardaba la compostura y anunciaba el cierre.

—No se puede seguir.

—¿Qué dijeron?

—Que cerramos, que no se puede seguir.

Con el correr de la tarde se les fue perdiendo confianza a los relojes. Nadie sabía muy bien cuándo había comenzado todo, y la realidad se iba cayendo encima de los que llegaban. El diario cerraba. Junto al tiempo desapareció la geografía: los límites de secciones y oficinas fueron desapareciendo tras los grupos que conformaban corrillos en toda la redacción. Algunos se sentaron a la máquina y trataban de actuar el periodismo como si nada sucediera. Había que sacar el diario de mañana. Entrando a la cuadra, Julio Torres entendió qué contenían las cajas del primer piso.

—Expedientes, son expedientes de todo el personal. ¿Para qué les sirven? Con una computadora mandan quinientos telegramas en veinte minutos.

Los alemanes querían que la Cordi pusiera su parte. Son alemanes pero no boludos, viejo. Se llevaron varias bobinas de papel. Los datos se cruzaban, se anulaban, aparecían. Alguien arrancó de una pared el afiche del Superconcurso. Esa noche Tiempo entregaba en Martínez 100 mil australes en efectivo y centenares de premios. Se televisaría el domingo por Canal 13 con la conducción de Juan Alberto Badía, que cobraba seis mil australes por el trabajo. Esa noche el tiempo de la televisión gambeteaba de lejos la realidad. En el estudio televisivo de Goar Mestre unas cincuenta personas compartían la ansiedad de la entrega. Si en ese momento alguien hubiera entrado al estudio diciendo que el diario cerraba, todos habrían reído pensando en una broma de mal gusto. Esa noche en Martínez, el diario joven de cada día entregaba al ganador de los 100 mil australes un cheque de plástico inmenso. El cheque real le sería entregado el lunes en el diario. César Sorkin, ex director de Siete Días, y uno de los encargados de la publicidad, miraba complacido a Sandra Mihanovich. El concurso había andado sobre ruedas.

—¿Ahí hay una radio? —le preguntaban desde el diario a Silvia Triñanes, que cubría la nota del concurso.

—Si llega a haber una radio, que no pongan ni locos Radio Mitre que le está dando manija al cierre del diario. ¿Cómo, no sabías nada? Parece que cierra, que no se enteren los del premio que se arma flor de despelote.

Sorkin aseguraba en voz baja que se trataba de una confusión. El diario no podía cerrar, y menos cuando Badía —qué bien que lo dijo— presentaba impecable la entrega de los relojes. Sesenta relojes. Y ninguna flor, pensó Silvia Triñanes y se volvió al diario.

En la redacción de Tiempo el ambiente era excitado y confuso. Algunos decidieron refugiarse en el comedor, la comisión interna planificaba desde uno de los despachos la tensión de los próximos días. Otros se empecinaban en el cierre.

Julio Torres se peleaba con uno de los títulos de tapa.

—¿Qué ponés?

—Nada, esto del basurero nuclear en Gastre. Tienen que ser tres líneas. ¿Sabés algún sinónimo de “basurero”?

—Repositorio.

—Horrible.

Intentó las tres líneas: Anuncian creación de basurero nuclear.

Sobraba. No entraba “nuclear”. Otra vez.

En Gastre: anuncian creación de basu

Sobraba de nuevo. De nuevo. Tres líneas y el diagramador que insiste en tres líneas. ¿Dónde se fue todo el mundo?

Repositorio nuclear en el sur.

Quedaba corto. Faltaba una línea. “Repositorio” suena a supositorio. Ahora habrá que salir a buscar otro laburo.

La CNEA anunció la creación de un

Muy largo. Cierra el diario. Se llevan los expedientes. Nos rajan a todos.

En Gastre: anuncian instalación de un basurero nuclear.

Instalarán repositorio en el sur. Parece un telegrama. Cierra el diario, la reputa que lo parió, cierra el diario.

El sábado 27 Thomas Leonhardt salió de Tiempo Argentino pero dispuso antes, en algún lugar visible, un comunicado sin firma que daba cuenta del cierre. Pasó por delante de la decena de personas que se habían quedado allí a pasar la noche y no volvería sino hasta tres días después. El diario quedaba a cargo del personal de seguridad. La noticia ya había trascendido a todos los medios. La comisión interna vivía en estado deliberativo y las asambleas con todo el personal se multiplicaban.

—El diario no está tomado, estamos manteniendo la fuente de trabajo —diciéndolo en la asamblea, el pelado De la Fuente sabía que la diferenciación no era ociosa. La posible intervención de la policía o de la guardia de infantería se tambaleaba en el futuro. Por otra parte, estaba claro que el Ministerio de Trabajo intercedería a favor de la empresa. Esa tarde, luego de una reunión, se decidió seguir sacando Tiempo Argentino. Había algunos problemas con la distribución del diario en el interior, pero podrían evitarse. Había papel para seis o siete días de edición normal.

Esa noche el diario pudo cerrarse más temprano que nunca. A las doce salían los camiones para distribuir los 48 mil ejemplares del domingo.

El tema del conflicto ocupaba las páginas dos y tres. Se lo relataba prudentemente. Luego de la edición se imprimió el primero de una serie de ocho boletines: el Tiempo de los Trabajadores, que se distribuiría en el gremio y los medios. Por la noche llegó la guardia de infantería sin orden del juez.

—¡Y Tiempo no se va y Tiempo no se va! —coreaba la redacción mientras se resistía al desalojo con una sentada. Antes de la una de la mañana Tiempo Argentino estaba en los kioscos del centro.

La clase obrera va al paraíso

—¿Cuántos dijiste?

Nueve avisos que se recibieron para la edición del lunes. Era demasiado bueno y era cierto. Los espacios de publicidad no habían sido levantados, contra lo que podía suponerse. La felicidad se parecía demasiado a ese momento. Alguien comentó que el domingo, en la cancha de boca, Gatti dio la vuelta olímpica con una bandera de Tiempo. Los llamados y la solidaridad se multiplicaban. Paralelamente, se desarrollaba el juego político: Manzano había presionado a Tróccoli y Suárez Lastra para que aparecieran los Leonhardt. Comenzaban las reuniones en el Ministerio de Trabajo, en habitaciones separadas y con un intermediario que hacía las veces de correo: Gómez Isa, director de relaciones laborales.

A la una de la mañana del lunes, César Jaroslavsky, titular de la bancada radical de la Cámara de Diputados, llegaba al diario prometiendo que Carlos Leonhardt aparecería en media hora, si estaban dispuestos a dialogar. Veinte minutos más tarde, Leonhardt salía de la Comisaría 30.ª con destino a Tiempo. Allí había estado esperando la llamada de Jaroslavsky.

—Acá hay que agarrar las indemnizaciones.

—Hay que seguir con la toma, viejo, el costo político lo tienen que pagar los radicales.

Los diputados entraban y salían del diario con dobles discursos. Comenzaban también las negociaciones paralelas. Roberto Gasparini se reunía en un estudio de Paraná al 400 con los abogados de Leonhardt. Horas más tarde comenzaría una extensa reunión de nueve horas, de la que también participaría Gasparini —pero ahora junto al resto de la comisión interna— y que consagró un principio de acuerdo de siete puntos. El primero era definitorio: había que desalojar el diario.

Paralelamente, los medios bombardearon el conflicto. Magdalena Ruiz Guiñazú se preguntaba qué habría pasado si, en cambio de un diario, se hubiera tratado de una fábrica de galletitas. En una reunión de AEDBA (Editores de Diarios), Claríny La Nación votaban por la no-intervención en asuntos de la empresa privada.

De última, estos señores son unos irresponsables —aseguraban los representantes de los grandes diarios—, dieron aumentos por encima del convenio y ahora no les alcanza la plata.

Del diario ya habían desaparecido los periodistas del interregno. Pablo Giussani —uno de los columnistas, autor de alguno de los discursos del presidente— llamaba esa tarde para preguntar si “todo estaba bien”. Del otro lado del teléfono hubo una sonrisa. Acordó entonces enviar su columna como todas las semanas. Una hora más tarde llegaban cuatro hojas pautadas con un comentario sobre el último documento de las Madres. Giussani se preguntaba si el documento no desestabilizaba la democracia. La columna se discutió. La comisión interna decidió que la nota no saliera. Una semana más tarde Pablo Giussani volvía a La Razón a ocupar su columna.

Era confuso el sentimiento de poder sacar el diario, pero aún más lo era el de poder decidirlo. Periodistas de diez o más años de profesión, ex idealistas, burócratas, acostumbrados a vengarse en una línea, en lo críptico, en lo romántico, sentían que en esos días eran responsables de lo que pensaban. El diario, sin embargo, no había cambiado mucho. Era difícil, en un par de días, empujar algunos vicios y otras costumbres por la máquina del tiempo. Algunos comenzaban a pensar en la indemnización. Otros, simplemente, tenían miedo de la entrada de la policía. Una cosa es cubrir los golpes y otra recibirlos. La mayoría, sin embargo, se afincaba en el sueño. La noche del martes comenzaba la enésima asamblea. Se discutía si cesar o no la ocupación. Algunos hablaban cancelando el sueño.

Tenemos todo en contra, hay que ser realistas.

La asamblea era un retrato del país si este pudiera concentrarse en una redacción de cincuenta metros. La tibia inseguridad de las indemnizaciones sobrevolaba la asamblea. Hay que reconocer que se perdió, y dejarse de joder. Ellos tienen el poder. A mí me cuesta decir esto… de a uno, fue pasando toda la comisión interna. Avalaban la propuesta de siete puntos que se había elaborado con la patronal. Alguien volvió al sueño: “Compañeros, hay que decidir si se saca o no el diario”.

Eran las tres de la mañana y desde la redacción se escuchaba el motor de los camiones de distribución saliendo de la planta. El diario ya no salía.

Al piso miraban caras cansadas. Al piso miraban también algunos llantos. Nelson Marinello propuso aceptar los siete puntos pero no desocupar el diario. Nuevos discursos realistas.

Estamos cansados de los revolucionarios de café.

Una periodista de unos cuarenta años, vestida de jogging, seguía la asamblea parada sobre uno de los escritorios. Bajó la vista pensando que había perdido de nuevo. Al otro día habría una marcha del gremio en solidaridad, y se proponía desocupar el diario saliendo hacia la marcha.

“Loco, están entregando el conflicto”, comentó indignada una periodista y la asamblea se llenó de chistidos. Alguien recordó la reunión de Gasparini en el estudio de la calle Paraná. El resto de la comisión interna medía cada palabra, como si le costará seguir diciendo: tenemos que votar. Si no había más oradores… finalmente el sueño no se resquebrajó: la asamblea votó una propuesta conjunta, quedarse y empezar a negociar. Eran las cinco de la mañana del miércoles.

Intervalo

La jueza Silvia Funes Montes de Delich, ex esposa del actual secretario de Educación, sale al mediodía del miércoles con destino a Tiempo Argentino. Debe hacerse efectivo el desalojo. La guardia de infantería llegará minutos más tarde tapeando la entrada y dejando 200 personas dentro de la redacción y el desalojo suspendido. A las primeras horas de la tarde la esquina de Lafayette al 1900 se llena de periodistas. Muchos vienen de la marcha del gremio. Se sientan sobre la vereda y la calle, y todo parece un festival de rock custodiado por la policía. La Unión de Trabajadores de Prensa convoca a un paro general del gremio, y los resultados son asombrosos: se llega a parar en Radio Nacional, que desde los últimos veinte años no se plegaba a un conflicto, y adhieren medios que no están en la jurisdicción de la UTP: Radio Universidad de La Plata y Canal 2.

Esa tarde el diario es un desfiladero de diputados, políticos, dirigentes. Los tragaluces laterales, que dan a la redacción, son el único conducto de comunicación con los doscientos de adentro. Se pasan alimentos, bebidas, cartas, salen tubos de teléfono, alguien al pasar piensa que la escena es similar a la de una cárcel tomada.

Nosiglia, Alfonsín y Suárez Lastra están reunidos en Olivos. Jaroslavsky se agrega a la reunión, y saldrá horas más tarde con destino al diario. A las seis de la mañana del jueves el Ministerio de Trabajo dicta la conciliación obligatoria. Por un período de veinte días se concretarán reuniones entre la empresa y la comisión interna. El diario se desocupa al mediodía del jueves 2. Al salir, alguien recuerda los trecientos despidos posteriores a la toma de Ford.

La nota de El Porteño sobre Tiempo hizo que la comisión interna del diario me declarara persona no grata; al poco tiempo la toma terminó, el diario cerró y los empresarios, como siempre, cayeron parados.

Otras dos experiencias similares, gracias a Dios, pude vivirlas desde afuera: el despido de sesenta personas de Páginacuando ingresó al diario el Grupo Clarín (yo me había ido meses antes, aunque pude ver y escuchar, cuando se discutió en el directorio aquella posibilidad, a Prim, Soriani y Tiffenberg asegurando que “nunca iban a avalar despidos masivos”) y el cierre de Crítica, un año después de mi renuncia al diario. En este último mi experiencia fue peor: vendí una casa para entrar como inversionista, luego fui licuado por las pérdidas y terminó licuando mi parte Antonio Mata, ex presidente de Aerolíneas. Mata había entrado a Crítica poco antes de la salida a la calle del diario: tenía la obsesión de negociar con Néstor la habilitación de Air Pampas, una aerolínea privada de cabotaje. Hoy Mata está detenido por maniobras fraudulentas con el Grupo Marsans, en España. Precisamente por diferencias con Mata y con su adlátere local, Carlos Matheu, terminé yéndome de Crítica un año antes de su cierre. La historia de Crítica ya estaba marcada: a los pocos meses de estar en la calle entró a mi oficina Artemio López, titular de la consultora Equis, una encuestadora paraoficial.

—Vengo de verlo a Néstor en Puerto Madero —me dijo. Kirchner ya no era presidente y tenía allí su centro de operaciones.

—¿Y?

—Dice que te va a fundir.

Y, quizá por primera vez, Néstor mantuvo su palabra: los ministros llamaban por teléfono a nuestros pocos avisadores para pedirles que levantaran las campañas pautadas. Alfredo Coto —que había pautado hasta fines de aquel año— me llamó para ofrecerme el efectivo sin que los avisos fueran publicados.

—No puedo aceptar, Coto. Eso sería extorsión.

Una vez fundidos y conmigo afuera, el gobierno intentó una compra indirecta a través del Grupo Olmos gestionada por uno de nuestros redactores, Alejandro Bercovich. También la comisión interna propició diálogos con Szpolski y otros grupos oficiales. Finalmente ninguno prosperó y la mayoría de la redacción fue absorbida por los medios K que estaban en la calle. Al día de hoy, seis años después, algunos militantes sostienen como lugar común mi responsabilidad en el cierre del diario, aun siendo público que me fui un año antes. Frente al dato cierto, lo que se me exige es ser responsable de “haberlos levado allí”, como si se hubiera tratado de un grupo de menores necesitados de un tutor y defraudados por él. Mientras trabajaba para este libro, encontré un texto que relata los hechos de Crítica de manera realmente objetiva. Está firmado por Ángel Casco (que presumo seudónimo, ya que no encontré más de dos o tres artículos escritos por él) en bonk.com.ar, Trabajos Prácticos, editada por Huili Raffo. Me puso feliz encontrarlo. Lo que sucedió con Página y luego con Crítica, básicamente, molesta por la miseria de algunas personas pero también por el silencio del resto: todos los que me golpean el hombro para decirme “qué injusto, Jorge” no fueron capaces de escribir una palabra que lo rectificara, ni con su nombre real, ni con seudónimo. Aquí la nota del 15 de octubre de 2012:

SOBRE EL CIERRE DE CRÍTICA DE LA ARGENTINA

Y LA RESPONSABILIDAD REAL DE JORGE LANATA

La historia del cierre del diario Crítica tiene muchos lugares oscuros. Lo que voy a contar es algo así como una introducción. Queda una gran cantidad de preguntas por responder, como por ejemplo si hubo entre la comisión interna del diario y el gobierno nacional algún acercamiento previo.

Es consenso entre los periodistas “progres” que Jorge Lanata “se dio vuelta”, “se vendió”, etcétera. Basta con revisar sus columnas desde el inicio de su carrera hasta hoy para darse cuenta de que los cambios en sus ideas son los lógicos de cualquier persona a lo largo de poco menos de treinta años. Fue él quien estuvo al lado de Hebe de Bonafini cuando la titular de Madres de Plaza de Mayo rechazó las indemnizaciones que el gobierno de Carlos Saúl Menem propuso y finalmente dispuso para las familias de los desaparecidos (una de las grandes causas de disgusto entre Hebe y Carlotto, por ejemplo). Lanata sigue pensando igual, y su enfrentamiento con Bonafini proviene simplemente de lo mismo de lo que la acusa Osvaldo Bayer —alguien a quien difícilmente se puede colocar en el lugar de “vendido”—: de haber hecho de una causa justa y nacional la bandera de una corriente interna de un partido político. Hebe con Boudou, Hebe con Moreno, Hebe con Miceli son imágenes que contradicen aquella lucha. De todos modos, son cosas que pasan en el devenir político: lo que es cierto es que Lanata, respecto de los principios y las causas, no cambió de opinión.

En los primeros tiempos del diario Crítica, e incluso antes, era menester que aquellos llamados a la magna tarea —incluso algún ganapán a quien Martín Caparrós, equivocadamente, endulzó el oído diciéndole que era “el mejor periodista de la Argentina”, algo que no es porque, además, la categoría no existe— dijeran “me convocó Lanata” o, más familiarmente, “me convocó Jorge”. Hay algo de divorcio mal digerido, de ego atravesado en el “odio a Lanata” de muchos de quienes formaron parte de esa redacción. Sin embargo, estas también son debilidades humanas. El primer punto que quiero aclarar aquí es por qué “Jorge” no tiene nada que ver con el cierre del diario.

Es cierto, como dijo varias veces, que se equivocó en el plan de negocios. Pero es mucho más cierto que los primeros en desertar del barco y vender sus acciones a Mata fueron los abogados encabezados por Gabriel Cavallo, quien además dedicó un emotivo mail a la redacción explicando su partida. A partir de allí, los únicos sostenes económicos del diario eran Lanata, el farmacéutico amigo del poder Marcelo Figueiras (que hizo una enorme fortuna por vender Tamiflú al Estado nacional y a China en plena crisis de gripe A; de su responsabilidad en el cierre hablaremos luego) y Mata. Se dependía de la publicidad más que de la venta en kioscos.

Poco a poco, en la medida en que la pauta oficial raleaba, o bien enviaban avisos que no se pagaban, los inversores fueron volcando dinero al diario. Es cierto que Lanata perdió en el diario una propiedad valuada en 600 mil dólares, y es cierto también que, para sostenerlo, fue vendiendo sus acciones en el diario a Mata poco a poco, hasta que quedó en minoría.

El interés de Mata era tener un diario para atacar a Ricardo Jaime y sacarle finalmente la licencia para que la línea aérea Air Pampas pudiese operar en el país. Es cierto también que el diario atacó con ferocidad —y pruebas, esto también es cierto— a Jaime. Mata calculó mal y jamás tuvo la licencia, pero eso es otra historia. Lo que sí es importante es que cuando Lanata se vio sin poder en el diario, decidió dejar la dirección periodística. Para entonces, el diario prácticamente no le pertenecía. Permaneció unas pocas semanas como editorialista, hasta que nuevos roces con Mata y los suyos lo obligaron a irse definitivamente.

El día en que cayó la noticia, un año antes del cierre del diario, hubo una asamblea improvisada donde muchos querían parar el diario. Fue la primera vez que se amenazó con dejar de salir, aunque primó la cordura: que el director periodístico de una publicación dejara su cargo no era razón para dejar de trabajar. El diario salió a la calle.

Para poner en blanco sobre negro: cuando Crítica cerró definitivamente, Lanata no tenía la menor acción en el diario. No tenía la responsabilidad en el pago de los salarios, y de hecho el diario continuó un año entero más. Hubo idas y vueltas. El segundo de Jorge, Guillermo Alfieri, quedó interinamente a cargo hasta que más presiones sobre la línea editorial lo obligaron a su vez a renunciar.

La dirección final recayó nominalmente en Daniel Capalbo, hasta entonces responsable de la web. Pero convocó antes a los prosecretarios de redacción y a los editores para pedir que la auténtica dirección fuera responsabilidad de un comité, que se constituyó con un voto de confianza hacia Capalbo. Lo que sucedió entonces fue que, para muchos, la salida de Lanata mejoró el diario. De hecho, después del lógico sacudón por la salida de quien había puesto su nombre, apellido y estilo en cada ejemplar, la circulación se recuperó y Crítica vendía la misma cantidad de ejemplares que en su primer año. Ocasionalmente, un poco más. Nunca suficiente, también es necesario decirlo.

Cuando algunos periodistas hoy purísimos defensores del proyecto nacional y popular culpan a Lanata por “haber dejado familias en la calle”, mienten a sabiendas. Es cierto que Lanata no expresó luego solidaridad alguna cuando el diario dejó de salir y se estableció un plan de lucha. Pero mal podría haberlo hecho cuando en gran medida eso correspondió a una jugada del gobierno para que dejase de salir. No debería culpárselo por estar enojado al menos con una parte de la redacción, especialmente con la comisión interna.

Las deudas a colaboradores, los pagos parciales de salario, la extensión de las negociaciones por recomposición salarial comenzaron con Mata, no con Lanata. La primera comisión interna se formó unos meses después de comenzar a salir el diario, y la primera negociación por aumento salarial se resolvió, con Lanata, en una semana. Sí había problemas, tensiones, salidas y entradas de periodistas, como en cualquier medio y mucho más cuando se trata de un proyecto tan grande y ambicioso. No vienen al caso y no fueron en ningún modo causa de nada: la comisión interna sabe que la primera negociación y la única que se llevó adelante con Lanata fue rápida, razonable y exitosa.

La segunda comisión interna sólo tuvo, respecto de la primera, el cambio de un integrante. Básicamente, los trabajadores le dieron un voto de confianza a quienes ya habían pasado un año representándolos; de hecho, no hubo lista opositora. El arranque de esa comisión llevó a una negociación más difícil, trabada, compleja, con constantes idas y vueltas al Ministerio de Trabajo. En esto, seamos justos, la responsabilidad de los representantes de los trabajadores fue ínfima: simplemente la empresa (Mata) no quería saber nada con recomponer un salario afectado ya por la “inexistente” inflación que el propio diario se encargaba de difundir y que estaba por encima del número feérico que disponía y dispone mes a mes el INDEC intervenido.

Respecto de Figueiras, el farmacéutico quiso en algún momento, cuando ya el diario había dejado de salir, quedarse con el diario en lo que en los Estados Unidos se llama un “hostile takeover”, en criollo, comprándole a Mata lo que había por chaucha y palito. Pero además quería que el diario cambiase su línea editorial para volverlo amigo del gobierno. Se decía y se repetía en asambleas que, de darse esa condición, el diario cobraría no sólo la pauta adeudada (aún en parte al cobro mientras continúa el proceso de quiebra de Papel 2.0) sino que se aseguraba más ingreso gracias a la amistad de Figueiras con el gobierno del FPV, a cuyas campañas siempre ha aportado dinero.

La responsabilidad de la comisión interna en el cierre del diario no es en absoluto menor, pero hay aún muchos puntos oscuros que —nobleza obliga— sólo se intuyen y son improbables más allá de los recuerdos de quienes formaron parte de las asambleas y oyeron. Para resumir algo, digamos que negociaron constantemente con el gobierno que apareciera algún “inversor” para hacerse cargo del Titanic antes de que terminase de hundirse. El primero en aparecer, incluso antes de que estallara el conflicto, fue Sergio Szpolski, quien quería tener el diario para darle al gobierno un medio todos los días. No lo logró aunque hubo muchas conversaciones bajo cuerda. Finalmente, Szpolski logró sacar el propio diario, Tiempo Argentino, tomando como base a muchos redactores de Crítica, curiosamente o no, varios que estaban muy de acuerdo con el Gobierno.

Más tarde aparecieron los hermanos Olmos, abogados mendocinos relacionados con la UOCRA y dueños del diarioCrónica. La idea era que los Olmos compraran Crítica, la sacaran y morigeraran apenas la línea editorial contra el gobierno, algo que de todos modos no iba a ser así. En las asambleas se hablaba de cuánta gente estaban dispuestos a tomar, con cuánta pauta oficial el gobierno iba a “premiarlos” si se hacían cargo de lo que ya se transformaba en un lastre político, etcétera. “Casi” estaba todo cerrado, hasta que Aníbal Fernández en persona —así se narró en asamblea— dijo que la propia presidente estaba en contra de que siguiera saliendo ese diario con ese nombre. Todo para atrás, cierre definitivo, pesar absoluto. Sin embargo, los Olmos compraron —presión del gobierno nacional mediante— BAE, languideciente objeto del grupo Szpolski, y contrataron a algunos periodistas tanto para ese diario como para Crónica. Lo curioso es que en BAE entró media comisión interna.

Pasaron muchísimas más cosas en el medio. Y es cierto que lo que la comisión interna quiso fue mantener la fuente de trabajo o, al menos, conseguir un destino laboral, sea de parte de quien fuese, para la mayoría de los trabajadores. Pero también que se enredó en un juego político (punto oscuro: a sabiendas o no) donde la muerte de Crítica era un triunfo no sólo para el kirchnerismo, sino para todos aquellos a quienes el diario incomodaba. Los deudores de pauta no eran sólo el gobierno nacional, el de la Provincia de Buenos Aires y el de Santa Cruz, sino también el gobierno de la CABA, de Santa Fe, de Rosario y un largo etcétera. Si bien es cierto que Mata no tenía derecho a suspender el pago de los salarios, como hizo en abril de 2010, porque no entraba esa pauta (su cálculo fue que el escándalo llevase al o a los gobiernos a pagar, cálculo imbécil de un almacenero con suerte) también es cierto que la deuda generada, que podría haber sostenido la publicación al menos un año (a Crítica el papel se lo vendieron siempre mucho más caro y solía importarlo de Chile) respondió a una estrategia conjunta de gobiernos aparentemente enfrentados en la superficie para que el diario dejase de existir.

Es decir: en todo este proceso, el que menos culpa tiene y ha tenido siempre, más allá de su evidente fastidio cuando, al cierre del diario, le preguntaban por qué no ayudaba a los trabajadores (como si fueran niños tontos que no sabían de los riesgos de ir a un proyecto como Crítica de la Argentina), es Jorge Lanata. Y todos en el medio lo saben, incluso aquellos colaboradores como Reynaldo Sietecase, que cuando comenzó la toma preventiva del local para evitar un vaciamiento, dejó de aparecer y sólo se preocupó por ver cómo cobrar lo que le debían. Lo menciono porque su actuación en aquellos malos tiempos borra con el codo cualquier reclamo principista que hoy pueda hacer con un Martín Fierro en la mano.

Imagino que habrá más, pero el esquema, el andamio, es este. Espero que les interese. Todo esto es verdad.

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